Tranquilidad

La tranquilidad es el estado más natural de la belleza, como lo es el mar, y la experiencia nos dice que las personas más hermosas son de carácter reposado y cortés.
Valgan, si valen, estas palabras. Estense tranquilos en casa, meditando, contemplando, pensando, leyendo. Gocemos de las líneas sin movimiento.

Aunque el general nos lleve al desastre es suicida no acatar sus órdenes en plena guerra

Leo en Burke: «Las mentes fuertes se caracterizan por la obediencia a la voluntad del Soberano del Mundo, la confianza en sus declaraciones y la imitación de sus perfecciones» Ese Soberano del Mundo» era el Dios de su religión anglicana. Trasponiendo la cita, ese soberano , en estos días aciagos, debe ser el Estado. Debemos confiar en sus designios, acatar sus órdenes, cumplir un papel de ciudadanos sumisos. La desunión es mezquindad. La rebeldía es mezquina. En griego usaban el sustantivo «areté», traducido generalmente y quizá de forma engañosa como «virtud». En tiempos de Homero el hombre que cumple la función o papel que le ha sido asignado tiene areté. La areté de un rey residía en su habilidad para mandar, la de un guerrero en su valentía, la de una esposa en su fidelidad, etc…En estos días de zozobra nuestra areté es la obediencia, nuestra areté es la disciplina, nuestra areté es suspender la crítica. Demostremos en nuestra vida cotidiana la grandeza de un Aquiles. Feliz confinamiento amigos.

Confinamiento

«Sin salir de la puerta se conoce el mundo / Sin mirar por la ventana se ven los caminos del cielo. / Cuanto más lejos se sale, menos se aprende» Lao Tsé.
Hagamos de la necesidad virtud y leamos «Viajes alrededor de mi cuarto» de Xavier de Maistre, instructivo y sabio. Múltiples ediciones y en pdf también.

Poderoso caballero…

Aquí yace Pompeyo Christian Sanctis
Pudo tener cualquier empleo en Barcino
Pero no lo hizo.
Caradura, pícaro, y empresario chusquero,
Empezó sin un chavo en el bolsillo,
Pero vendiendo mascarillas,
Deja a sus herederos cien millones
Y NUNCA JAMÁS HIZO CASO A NINGÚN FILÓSOFO.

Políticamente incorrecto

Si cultivas la memoria en lo mejor que se ha dicho y escrito y pensado, si te educas en el rigor del conocimiento y la ciencia, si te esfuerzas en controlar tus emociones y te habitúas a ser susceptible a los argumentos lógicos y al matiz, entonces no caerás en supersticiosos y populistas oscurantismos ideológicos, en dogmas ayunos de ideas y autocrítica, no te decantarás por groseras simplificaciones frente a la complejidad, ni tampoco por emocionalismos de bisutería. Esta educación y sociedad sin norte, que puso muros suicidas con las nobles lecciones del pasado, que relega las costumbres a la novedad inane de la moda, que no consiente la trascendencia de la excelencia y la virtud, que vive ciega al latido vivo del pasado, que escoge la tarjeta de crédito en lugar del pabellón de oro o la tela de Vermeer, donde no leer compensa y el gran arte es el borrascoso grafiti, no es que con sus aplausos al personal sanitario a las ocho demuestren virtudes homéricas o comunidad de eruditos, sino que convertidos en masa callejera iletrada (como también pueden ser masa digital o votante) indican el mismo infantilismo emocional igual al de esa niña pelirroja de diez años a quien le han puesto muy buena nota en la asignatura llamada Emociónate (que, pásmense, les aseguro que existen) Sin ilustración no hay pueblo sino populacho. Sin cultura, Giotto y un urinario son lo mismo, siempre que nos emocionen. Sin cultura, Operación Triunfo y Bach valen lo mismo, pues ambos a algunos emocionan. Auguro lo peor para la crisis económica de origen vírico (para la humanitaria DESEO lo mejor, obviamente) Las élites son narcisos relativistas e incompetentes con conciencias muy frágiles. Descarnados tiburones que abogan por el mal común. Ojalá toda esta nota sea una alucinosis.

Je acuse

PALABRAS PARA AL REY EMÉRITO. JE ACUSE.
Es usted gaseoso y consolidado en inopias. Su vida fue la fruslería y el rendirse a la fugacidad, la inmediatez, el latrocinio, la falta de exigencia, la ausencia de una corona moral, el desprecio al conocimiento y la virtud. Nació rey -el más hermoso destino- y se solazó en una astronómica -galáctica- mediocridad asumida, abajándose al lodazal de la cuadra de los cerdos. No supo aconsejar ni guiar. En algo de lo más vital de una nación, la patria, puso sus sucias manos. Se creyó más listo que nadie, inmune a sus pendencias. Creyó garantizada la eternidad y devino en charlatán crecepelos. Nunca asomaron en su liliputiense mente convicciones, ambición y rigor ético; sustituyó la virtud por una ridícula y risible ramplonería. No lega ni respeto, ni tolerancia, ni honradez, ni cultura. Despreció olímpicamente sus ventajas culturales (no así las financieras, eh pillín) Entreténgase con los balandros, los cochinillos, Tele 5 y las putas de lujo. Impío y sin piedad en el corazón, su egolatría morbosa le acusa. Fuiste un verdulero o bacaladero con suerte; espero te atufe el dolor a dinero.

Intelectual vs. humanista

Aunque desde un punto de vista estricto sería forzoso llamarme impostor, y pese a que uno de los motores de mi vida es el «studium generalis», tengo tantas lagunas que solo soy un despreciable intelectual. Si el coronavirus no me mata, mi pío deseo es convertirme en un humanista, y , si llego a anciano, en un poeta humanista. Atenas, Jerusalén, Roma, Florencia, como amalgama simbólica de civilización o destino. El espíritu de Atenas, la abstracción de Jerusalén, la experiencia de Roma, la belleza de Florencia, en el quintal de un poema. Píos -y temo- imposibles deseos.

Deseo de apocalipsis

DESEO DE APOCALIPSIS
De «El falso aristócrata»

 

 
El elitismo no es un privilegio, sino un deber.
En llanuras sombrías o junto a las playas turbias
se enfrentan ejércitos de ignaros:
obreros con su gorra en la mano,
burgueses jocundos en Ikea,
aristócratas salivando mortadela,
banqueros con liposucción;
ejércitos de ignorantes se enfrentan en la noche
con esa mente color negro babosa.
Vagos, filisteos y populacho
difuminando el crepúsculo de jojmá.
No existe ya la nostalgia por la grandeza pastoral,
las masas destruyen con virus la antigüedad,
nadie aspira a lo perfecto y maduro,
tampoco a la claridad de la luz propia
o al esfuerzo y la mira elevada.
Estos adolescentes perennes no advierten -nada saben-
que cultura sin tradición es destino sin historia
y que destino sin historia es cultura que no es cultura.
Sin afán de conocimiento el ego se agusana,
y eructa el Hades sobre ti,
y tu corazón es nido de huevas de ortiga.
La memoria es el camposanto de la verdad.
La vocación del intelecto es la concentración.
El silencio perpetuo es la historia de la ciencia.
Maestro y Señor del Mundo, destrúyenos con tu fuego.
Que se desintegre este falansterio democrático de inepcia.
Y residan solo evasiones de ruiseñor,
y el aire solitario sobre un mar delicado como hueso de colibrí,
o reinen verdes pinos en la quimera matinal,
o el cocuyo sea centinela de toda sensibilidad.
Pero acállanos, y no holle más nuestro pecado la tierra.

Día del padre

Una vez que me comporté muy indignamente con mi padre -prefiero no explicarlo, que todavía duele- éste me llevó a su despacho y más o menos me dijo «El afecto de un padre no es incondicional, y la rectitud pesa más que el amor, o, cuando menos, la inmoralidad deteriora el amor. Si no meditas y cambias -con dolor- te expulsaré de mi comunidad moral.» Mi padre educaba con guante de terciopelo en mano de hierro, con autoridad, rigor, y sin esas beaterías chill out o astrologías mamarrachas a lo Paulo Coelho de la pedagogía posmoderna. Sabía lo que tenía que hacer porque le sobraban convicciones y razones. Me eduqué en un ambiente que adoraba la cultura, exigente, respetuoso, honrado. Mi padre propendía a la intolerancia y una moderada falta de empatía, virtudes que compensaba mi madre (a la que sumaba una ironía inteligentísima). El esfuerzo y la diligencia para todos nosotros eran méritos casi sagrados, como cierto orgullo de clase burguesa que desdichadamente a veces se resolvía en un sarcasmo algo despreciativo por las clases subalternas. Mi vocación de escritor fue fuente -parcial- de conflictos, y mi propensión a la ociosidad y haraganería infinitamente mucho más sancionadas híspidamente. Pero su legado y forma, si pudiera transmitirlo a hijos que nunca tendré (soy hijo sin hijos), sería el mismo, excepto -seguro- el clasismo y la frialdad emocional (insistiré en algo ya dicho, mi mamá es mucho más cálida de lo que lo fue mi papá) Su memoria vive en mí mientras yo viva, una memoria que cada vez me hace más bien, una promesa de felicidad y serenidad, un aguijón de melancolía.