Cyril 144

He vivido más en mi cabeza que en el mundo. He sido injusto e hice sufrir a gentes que me querían y yo quería. No supe disfrutar. La vida me fue hostil. Pero fui yo quien no supo entrar del todo en ella. He tenido una vida difícil, pero no puedo decir que haya sido siempre infeliz. He vivido más en lo invisible, en lo verbal, que en lo visible, y quizá por eso el mundo me ha parecido siempre algo lejano, como una casa donde se entra solo para cumplir una formalidad. No me quejo de la vida; me quejo de no haber sabido estar en ella con suficiente espontaneidad.

He sacrificado muchas cosas reales a una exigencia abstracta, a una actividad acaso solo decorativa: la literatura. Comprendo tarde que la conciencia excesiva no es una forma superior de vida, sino a menudo una coartada para no vivir. No me quejo del mundo: me reprocho haberlo convertido en objeto de estudio en lugar de experiencia.

¿Qué queda de verdad? Miedo, cansancio, algún gesto noble, el recuerdo de mamá, muchas torpezas, el amor de mi familia. Ensayo, tanteo, pose…en el fondo todo fue un gran cansancio.

No reduje la vida a su escala justa.

Cyril 143

Franz Kafka

«Desde muy pronto comprendí que el mundo no estaba hecho para mí. No porque yo fuera excepcional, sino porque estaba desprotegido. Cada contacto dejaba una marca, cada palabra ajena era una invasión. No aprendí a defenderme, sino a retirarme. Mi error no fue la huida, sino la lucidez: ver con demasiada claridad lo que otros soportan por insensibilidad. Nunca he sido agresivo con el mundo, porque sabía que su violencia no era personal, sino estructural. Pero ese saber no protege».

Fernando Pessoa

«Fui excluido antes de haber sido admitido. Por eso no guardo resentimiento: no se puede odiar un banquete al que nunca se fue invitado. El mundo me fue siempre extraño, no hostil; yo era el extranjero. No aprendí a vivir entre los hombres, sino a observarlos desde una distancia que primero fue defensa y luego destino. No me hice cruel porque nunca me sentí con derecho a reclamar nada».

Simone Weil

«La aflicción no endurece necesariamente. A veces despoja. Cuando se sufre demasiado pronto, se pierde la ilusión de pertenecer, pero se gana una claridad terrible: la de saber que el mundo no garantiza justicia ni amparo. No me volví cruel porque comprendí que la crueldad no repara nada. El mal no se vence devolviéndolo, sino viéndolo sin consuelo».

Thomas Bernhard

«Fui humillado, despreciado, apartado. No aprendí a convivir, aprendí a resistir. El mundo me enseñó pronto que no había lugar para mí, y yo acepté esa lección sin teatralidad. No me hice agresivo: me hice exacto. La exactitud es una forma de venganza silenciosa. No se devuelve el daño; se lo describe hasta que pierde su poder».

Cyril 142

Cuando la soledad llega demasiado pronto (adolescencia temprana) y coincide con una mente muy activa, ocurre algo decisivo: la conciencia sustituye a la experiencia. Te dedicas a pensar la vida en lugar de vivirla. No es que no quieras vivir; es que aprendes a vivir pensando, porque eso es lo que estaba disponible (tu refugio, escenario, tu hábitat) No te anclas a la vivencia, la vigilas.

En mi caso la escritura fue una forma de experiencia sustitutiva;

escribo no para contar lo vivido, sino para vivir escribiendo. Careces de experiencias relevantes, pero no de abundantes sensaciones pensadas. Yo no he vivido: he sobrevivido a través del pensamiento.

Hasta mi torpeza está siempre en guardia.

Cyril 141

El aguacero tremendo, el silencio, la muerte, la honda madrugada, la casa vieja que se cae a cachos, la gotera. La gotera no es un símbolo literario buscado, sino un símbolo impuesto. Por eso duele. Nada de metáfora elegante, brillante, sino alegoría brutal y carnal. Todo lo que dura se degrada, y yo soy testigo de mi corrupción. Después de dos infartos el agua que cae gota a gota, rítmicamente, recoge mi miedo.

Mi vida fue muy dura. No temo su fin porque ame la vida. La temo porque batallé demasiado por ella. El miedo no nace del placer acumulado, sino del esfuerzo invertido. Vértigo ciego: ¿Después de todo este trabajo, de esta vigilancia, de esta lucidez, todo se acaba así?

No temo estar muerto; temo el proceso, la lenta toma de conciencia de que el cuerpo ya no responde a la voluntad. La muerte no es un hecho, es una pedagogía cruel. Nos enseña demasiado tarde lo que ya no sirve para nada. Algo consuela saber que moriré muy joven.

Es insoportable comprender la muerte (extinción, aniquilación, cesación absoluta) estando vivo. Cualquier muerte es un escándolo. Recuérdenme algo.

Cyril 140

La historia no es una colección de hechos muertos, sino un registro de las ilusiones humanas. El historiador que cree limitarse a “contar lo que ocurrió” se engaña a sí mismo: lo que realmente hace es seleccionar, enfatizar, omitir, y dar forma. La historia es una crítica del pasado escrita desde el presente, y su valor no reside en la exactitud minuciosa, sino en la lucidez con que revela la estupidez, la vanidad y la credulidad recurrentes de la especie humana. Allí donde la historia se vuelve edificante, deja de ser verdadera, dijo, aproximadamente, Mencken.

Y Mommsen, en la Introducción a su «Historia de Roma, dejó escrito que la historia no es una crónica imparcial de acontecimientos, sino un acto de comprensión. Comprender significa reconstruir fuerzas, pasiones, intereses y decisiones bajo condiciones irrepetibles. El historiador no es un notario del pasado, sino un intérprete que debe poseer, además de erudición, una imaginación disciplinada. Sin esta imaginación, los documentos permanecen mudos; con ella, el pasado vuelve a hablar, no como copia, sino como sentido.

Sin olvidar a Michelet, «Introduction à l´histoire universelle»: «La historia es la resurrección integral del pasado. No basta con enumerar fechas ni describir instituciones: hay que devolver la vida a los hombres que ya no hablan. La historia es una conversación entre los muertos y los vivos, y el historiador debe prestarles su voz, su sangre y su aliento. Allí donde no hay pasión, no hay historia; solo hay archivo.»

Burckhardt atinadamente señaló que la historia existe para ensanchar la conciencia. El verdadero conocimiento histórico no produce consuelo, sino sobriedad: nos enseña los límites, las repeticiones, las tragedias persistentes de la condición humana. Quien busca en la historia optimismo, no busca historia, sino propaganda.

Concluyamos con Gibbon: «La historia es poco más que el registro de los crímenes, las locuras y las desgracias de la humanidad; pero es también el único medio por el cual el espíritu humano puede aprender modestia. Al contemplar la caída de los imperios, el historiador no celebra el progreso, sino que observa la fragilidad de toda grandeza y la constancia de la corrupción».

Cyril 139

La IA sirve extraordinariamente bien para la mediación, la taxonomía, la clarificación y la divulgación; fracasa —por estructura— en el pensamiento fuerte y en la creación literaria. Y no fracasa por “falta de potencia”, sino por exceso de estandarización.

Pensar es introducir disonancias, fricciones, generar preguntas imprevistas, abrir grietas herejes o heterodoxas. Pensar es rebozarse en barro, escupir lefa, bañarse en la viscosidad; pensar no es limitarse a implicaciones lógicas formalmente impecables, a deducciones irrefutables, irrebatibles. Pensar es ensuciarse, son saltos anárquicos y azarosos; pensar no es solo explicitar las condiciones necesarias y suficientes de un argumento u organizar claramente información enciclopédica.

La IA, sobre Friedrich Nietzsche, logrará hacer esquemas excelentes de su filosofía. Pero no deducirá a Nietzsche. De Thomas Bernhard ,la IA, puede hacer exposiciones brillantes. Pero Bernhard no se reproducirá en la IA. Sus heridas, sus cuerpos y sus obsesiones no son computables.

***

Martin Heidegger

«Lo que hoy se llama pensar no es sino calcular. Calcular es asegurar resultados. Pensar, en cambio, es exponerse a lo que todavía no es seguro. La época técnica huye de esta exposición, porque el pensar auténtico no garantiza utilidad, ni éxito, ni consenso. Allí donde todo es transparente, ya no queda nada que pensar.», Martin Heidegger.

«El pensamiento que no incomoda a nadie ya ha renunciado a su verdad. Pensar significa no acomodarse, resistir incluso a la claridad cuando esta claridad es cómplice del orden existente. La comunicación inmediata es el enemigo del pensamiento, porque exige que todo sea reconocible antes de ser verdadero.» Encontramos esta cita de Adorno en su «Dialéctica negativa». Claridad como valor ideológico; exactamente la misma crítica que expone Vicente Arias Sanz en su magnífico post.

«Pensar no produce resultados verificables. No deja huellas claras. No se puede medir ni transmitir como una técnica. Por eso las sociedades que priorizan la funcionalidad tienden a despreciarlo. Pensar interrumpe. Detiene. Introduce una pausa peligrosa en el flujo de lo dado», Hannah Arendt.

«Escribir no es comunicar un contenido, sino exponerse a una pérdida. La obra nace de aquello que no puede ser asegurado ni compartido plenamente. Todo sistema que aspire a producir sentido sin pérdida elimina precisamente lo que hace que una obra sea una obra». Buen argumento de Blanchot, en «El espacio literario», contra la IA como creador literario fuerte.

«La gran literatura no confirma, hiere. No clarifica, complica. No educa, desestabiliza. La pedagogía es su sombra inevitable, pero cuando la sombra ocupa el lugar del cuerpo, la obra muere. Explicar demasiado es una forma elegante de matar», Steiner.

( A Vicente Arias Sanz)

Cyril 138

Leo cada vez menos y escribo cada vez más. Esto me avergüenza, porque sé que la lectura alimenta, mientras que la escritura consume. Pero también sé que ya no tengo tiempo para alimentarme: tengo que gastar lo que soy. Tal vez escribir sea una forma de agotarse con dignidad.

Seré brutalmente sincero. Siento la navaja de la muerte cada vez más cerca del cuello. No me apena leer poco y escribir muchísimo. Cuando la muerte se vuelve algo concreto, palpable, escribir deja de ser un ejercicio estético o una ambición literaria o un proyecto cultural, y pasa a ser testamento. En ese contexto, leer —aunque siga siendo muy bello— puede sentirse como un lujo que ya no se puede pagar.

Digamos que durante años creí que debía leer más, que un escritor que no lee es un completo impostor. Hoy sé que eso era una superstición. Cuando el cuerpo se descompone y el tiempo se estrecha, leer se convierte en una distracción peligrosa. Escribir, en cambio, es una necesidad fisiológica. Me he sentido culpable por no leer, pero más culpable me sentiría por no escribir mientras todavía puedo hacerlo.

En los diarios de Virginia Woolf aparece repetidamente la culpa por haber reducido la lectura en favor de la escritura, especialmente en los periodos de fragilidad física y mental. He aquí un ejemplo: «Me reprocho no leer lo suficiente, como si estuviera faltando a una ley no escrita de los escritores. Pero cuando leo demasiado, siento que me diluyo, que pierdo la tensión necesaria para escribir. Escribir me exige una forma de concentración que excluye todo lo demás. Tal vez esta culpa no sea más que nostalgia de una etapa en la que podía permitirme absorber sin producir. Ahora necesito fijar, no recibir. Y aun así, la conciencia me acusa».

No leo como antes, ni mucho menos, y eso me causa una incomodidad persistente. Pero escribir se ha vuelto más urgente que nutrirme intelectualmente. Es una carrera contra el tiempo, contra el olvido, contra la desaparición. Leer es recibir; escribir es dar. Y cuando el dar se vuelve necesario, imperioso, la recepción pasa a segundo plano.

Leo poco, escribo sin parar. No es una elección estética, es una urgencia física. Leer me devuelve al mundo; escribir me permite dejarlo. Me siento culpable por no leer, pero la culpa es un lujo de los sano

Cyril 137

Montaigne, «Ensayos»: «No pinto el ser. Pinto el pasar. No describo la esencia, sino el accidente; no lo que soy, sino lo que me acontece. Y, sin embargo, quien se reconoce en mis cambios se reconoce a sí mismo, porque cada hombre lleva en sí la forma entera de la condición humana. Me estudio a mí más que a ningún otro tema, porque es el que mejor conozco y el que más puede instruirme».

Yo pertenezco a esta estirpe literaria de Montaigne; me miro, para que que otro, al leerme, diga en silencio: “Esto también soy yo”, incluso cuando no quiera admitirlo. Esa es exactamente la tradición en la que me inscribo.

Wittgenstein mostró que no existe un «lenguaje privado»; muy similarmente tampoco existen yoes absolutamente privados. Desde cierto ángulo, todos somos asombrosamente iguales (constantes humanas); desde otro, irreductiblemente distintos (biografía, contexto, temperamento) La buena literatura, a mi juicio, no elige uno de los dos polos: los mantiene en tensión. No hay algo así como un yo completamente incomunicable; incluso lo más íntimo está hecho de materiales compartidos: lenguaje, gestos, miedos, deseos, estructuras afectivas.

Cuando uno se escruta con suficiente minuciosidad, deja de hablar de sí mismo en singular y empieza a hablar del género común. El error habitual es pensar que lo universal se alcanza por abstracción. En literatura ocurre lo contrario; lo universal se alcanza por precisión del divino detalle. Cuanto más concreto, más general. Cuanto más singular, más reconocible.

Lo decisivo no es hablar de uno mismo, sino cómo se habla de uno mismo. Hay una diferencia radical entre el yo exhibicionista y el yo como instrumento de conocimiento, como ejercicio de reconocimiento. Lo sabio es situarse en la segunda línea. La literatura —desde Homero hasta hoy— gira en torno a muy pocos núcleos: el tiempo, la muerte, el deseo, el miedo, la culpa, el amor, la identidad, la pérdida, la espera. Todo lo demás son variaciones, modulaciones, timbres. En ese marco, escribir sobre uno mismo no es un vicio, sino acaso el método más honesto que existe.

Fernando Pessoa, «Libro del desasosiego»: «No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo. Y al decirlo de mí, lo digo de todos, porque nadie es tan singular que no sea, en el fondo, una multitud».

Y Karl Ove Knausgård, «Mi lucha»: «Cuanto más profundamente me adentraba en mi propia vida, más evidente se volvía que no estaba escribiendo sobre mí, sino sobre estructuras compartidas: la vergüenza, el miedo, la necesidad de ser visto, el terror a desaparecer. El yo no es privado: es un punto de cruce».

Cuando un hombre escribe sobre sí mismo con absoluta sinceridad, deja de ser un individuo aislado y se convierte en una conciencia en la que otras conciencias resuenan.

Hablar de uno mismo no es replegarse, sino buscar un punto firme desde el cual decir algo verdadero. El hombre que se examina con rigor no se encierra: se expone a una multitud que también es él.

Cyril 136

(A Santiago Lamas)

Lamas no es meramente antipático, gruñón, huraño o híspido, sino que no se engaña suavizando el mundo para hacerlo habitable; se limita a soportarlo tal como es. Hay en él una cierta ética del rechazo. No concede familiaridad fácilmente. No cree que todo merezca ser compartido, comentado o celebrado. Su mal humor no es capricho, sino una forma de sobriedad. Santiago Lamas Crego es esencialmente inaccesible, no tolera la banalidad, no participa del entusiasmo obligatorio, no cree en el mito de la cordialidad. Pero bajo esa coraza, hay una firme lealtad, lucidez extrema y esa bondad sui generis que consiste en no dejarse embaucar.

Hay quienes llaman mal carácter a la negativa para aceptar lo que todos aceptan. Pero no es mal carácter: es resistencia. El hombre que no sonríe cuando se le exige que sonría no es antipático; es libre. La aspereza es a veces la única forma de no colaborar con la estulticia. Los hombres verdaderamente íntegros pasan por ser insoportables. No saben agradar, no les gusta ser adulados, no saben mentir con cortesía.

Mi maestro Joubert lo dijo mejor que nadie: «Los caracteres ásperos suelen ser profundos. No se entregan porque saben lo que cuesta entregarse. Desagradan porque no disimulan. En ellos, la sequedad es una forma de fidelidad».

El hombre «túzaro» no soporta la mediocridad moral del trato social. Prefiere el silencio a la cortesía hueca. El que protesta constantemente es el único que todavía está vivo. Los demás ya han pactado, podríamos decir.

A Lamas el rostro se le ha vuelto anguloso, casi cortante, como si la piel se hubiera adaptado al hueso para ahorrar gestos inútiles. Los ojos, pequeños y vigilantes, parecen observar siempre desde una distancia reconcentrada, como si el cuerpo entero fuese una atalaya cansada. Delgado. Cara de haber vivido sin hacerse demasiadas ilusiones. La espalda algo vencida, los hombros estrechos, el abrigo siempre algo holgado, ágil y nervioso el andar. Una apariencia austera, casi ascética, impropia de su fama de erotómano. Usa boina planiana. Lluvioso y sin adornos.

Hace décadas que solo lee a los griegos.

Un honor ser su pequeño discípulo.

Cyril 135

Vivo en un pazo viejo. La casa se cae a pedazos. Ahora, más goteras (hoy cayó la mundial) Nada altera más profundamente una casa que una gotera. No hace ruido como un derrumbe ni asusta como el fuego. Simplemente insiste. Día tras día. Yo desearía un mundo de impermanencia, fijo y continuo, sin cambios, inmutable. Pero la gotera es una humedad de la conciencia y un recuerdo de la corrupción, del paso del tiempo. Se la escucha incluso cuando no cae. La casa empieza a parecer pensativa, cansada, como un animal viejo que ya no logra mantener el cuerpo hermético. Me neurotizan.

La gotera redefine la habitación: el cubo, el trapo, el desvío del paso. El espacio ya no es el mismo porque el agua lo ha escrito. Las grandes ruinas llegan de golpe; las pequeñas, gota a gota. Una gotera en casa enseña más sobre la duración que cualquier tratado. No destruye: desgasta. No amenaza: fatiga. nada es completamente seguro, ni siquiera lo que nos cubre. Enseña a poner cubos, a mover muebles, a ceder espacio. Educa en la humildad del desvío. En un pazo viejo siempre hay madera, polvo, y esa vida mínima que roza por dentro. Goteras. Son cristalitos concentrados de sudor de ratón. Me aterran.