Cornaro 156

El discurso del Papa en el Congreso (oratoria sagrada adaptada a las cortes seculares) tuvo gravitas, dignitas y urbanitas (antítesis de la ordinariez parlamentaria moderna) Quintiliano hubiera apreciado especialmente la unión de docere, movere y delectare. El tono dominante fue el de la suavitas cum gravitate. No existió asomo de sarcasmo o ironía, ridiculización ni consignas. Y la emoción se reguló cuidadosamente.

Para Isócrates la política necesita educación moral. Alabaría la estructura periódica de las frases (largas, fluidas, con subordinadas perfectamente engarzadas) y el énfasis en «caminar con la humanidad» y el «respeto a la autonomía». Para Isócrates, este discurso encarnaría la sofrosine (moderación y sabiduría); juzgaría a León XIV con gran orgullo.

¿Por qué hace más de un siglo que casi no se oyen discursos así en los parlamentos? Por la desaparición de la educación retórica clásica y las humanidades en general. En el siglo XIX y principios del XX, los parlamentarios (como Emilio Castelar en España o Winston Churchill más tarde) se educaban en el canon clásico; hablar bien era una demostración de estatus intelectual. Hoy, la solemnidad se confunde a menudo con la pedantería o la hipocresía. El político actual prefiere sonar «cercano», «de la calle» o «auténtico», lo que degrada el lenguaje hacia lo coloquial. Los políticos actuales -acémilas astronómicos- no saben (ni estudiaron) griego ni latín, y en absoluto están familiarizados con Cicerón, Demóstenes o Quintiliano, ni con la literatura o filosofía clásica. La gran oratoria necesita tiempo y no zascas o emoción inmediata. Al perderse la formación en humanidades clásicas (retórica, latín, griego), los oradores han perdido las herramientas técnicas (las figuras de dicción, el ritmo del periodo) que hacían que un discurso sonara «elevado». Hoy todo son como hablas de mandriles.

Cornaro 155

«La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.

Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación», fragmento del discurso de León XIV en el Congreso de los diputados el 8/06/2026

Desearía glosar estos dos hermosos párrafos del extraordinario discurso de León XIV.

En catalán encontramos el verbo «enraonar», a saber, «hablar», «conversar», «dialogar», que etimológicamente significa «poner en razón», «introducir la razón». Ahí radica el quid del asunto: dialogar, incluso desde la convicción, implica dar cuenta y razón de tus ideas, escuchando atentamente las del adversario, sin humillarlo ni despreciarlo, sin lanzarle puñetazos verbales en lugar del civilizado y educado intercambio de ideas, donde, incluso, es posible que se modifique tu opinión debido a que, tras la reflexión, encuentres más impecable lógicamente o empíricamente, más convincente la opinión contraria.

En el parlamento se dirime o delibera como bestias que no bajaron de los árboles, caldeando innecesaria y morbosamente el ambiente. Las cosmovisiones son plurales, y muchas se han ganado el respeto aunque no coincidamos con ellas. Esta exhortación del Papa me parece compacta y definitiva, una llamada a lo mejor que hay en nosotros, aunque temo que inmediatamente será desoída por esa caterva de hooligans que nos gobiernan o bien fiscalizan el gobierno.

A propósito de la urgente necesidad del diálogo racional, no olvidemos a Habermas: «La deliberación democrática exige lo que llamamos la «fuerza sin violencia del argumento mejor». Cuando el lenguaje político se desnaturaliza y se convierte en mera propaganda o descalificación ad hominem, se destruye el espacio público. El insulto y la humillación del oponente son la renuncia explícita a la razón; es el síntoma de que se prefiere la dominación estratégica a la comprensión mutua».

Cornaro 154

El «totus orbis» de Francisco de Vitoria, ¡citado hoy en el Congreso por el Papa! E indirectamente se citó a Domingo de Soto, Melchor Cano o Bartolomé de las Casas cuando desarrollaron una visión de la persona humana basada en la ley natural.

Si se pregunta por las grandes escuelas filosóficas occidentales, suelen citarse la Academia de Platón, el Liceo aristotélico, el idealismo alemán o el empirismo británico. Sin embargo, muchos estudiosos consideran -y creo que con absoluta razón- que la Escuela de Salamanca merece figurar entre ellas porque fue capaz de generar ideas originales en muchos y diferentes ámbitos.

Conocemos algunos españoles mejor las aportaciones de la Ilustración francesa, del Renacimiento italiano o de la ciencia británica que muchas de nuestras propias contribuciones intelectuales. Nuestro legado suele estar infravalorado o crasamente ignorado incluso por los propios españoles.

Domingo de Soto, en «In octo libros physicorum Aristotelis», de 1545, ¿se «adelantó» a Galileo y Newton? ¿Fue el corpus de Juan de Salaya tan importante como el de Tycho Brahe? ¿José de Acosta acaso no demolió los mitos geográficos medievales de Aristóteles y Ptolomeo?

Marcelino Menéndez Pelayo escribió con amargura: «Hay un hecho indudable en nuestra historia contemporánea, y es el absoluto olvido, la desatención profunda, el sistemático menosprecio que los mismos españoles hacemos de nuestras cosas. […] Parecemos un pueblo de advenedizos, sin abuelos y sin historia; nos avergonzamos de nuestro pasado, y todo lo que no venga de París, de Berlín o de Londres nos parece bárbaro e indigno de científica consideración. No hay nación en Europa que de tal modo reniegue de sí propia; no hay raza que con tanto encarnizamiento destruya sus propios altares».

No todo lo nuestro es chabacano e inservible y en cambio lo ajeno esplendoroso. El esfuerzo de grandes hombres parace evaporarse el día siguiente a su muerte. Hay un desprecio soberbio hacia lo que se ignora ¿Siguen vigentes, mutatis mutandis, estas palabras de Cajal?: «Al carro de la cultura española le falta la rueda de la ciencia. […] España no es un país estéril para la verdad, sino un país de cultivadores indolentes o ignorantes. El defecto no está en la raza, sino en el ambiente; no en la falta de cerebros, sino en la falta de disciplina y de constancia. Preferimos el aplauso fácil del café o de la tribuna política al trabajo silencioso del laboratorio, y cuando surge entre nosotros una cumbre intelectual, en lugar de sostenerla, la rodeamos de la sospecha, la envidia o el más absoluto de los vacíos».

Creo que siguen vigentes.

Cornaro 153

Más allá de discrepancias amables en algunos puntos, me encantó el discurso del Papa, especialmente cuando pidió el uso de una racionalidad o deliberación no agresiva, el discrepar sin humillar, la observación sobre que la firmeza en las convicciones no conlleva salvajismo verbal hacia el oponente.

En mis libros uso a veces una estrategia con sofismas simiescos y bárbaros para ridiculizar algunos temas. Ese tipo de lenguaje menospreciador es conscietemente usado como forma de impactar y epatar. También a menudo señalo en mi pequeña obra esas añagazas, sátiras y trucos (inconsistentes lógicamente), a la par que me disculpo por ellas y pido benevolencia por los tropos literarios desmesurados.

Pero en mi vida real, en mi yo biográfico y no en el ficcional, propendo muy claramente a la bonhomía, y a dirimir y respetar argumentos, a inferir sin insultos. Desde Erasmo de Rotterdam, que fustigaba la estulticia de su época con una ironía feroz, pero consagraba su vida al humanismo conciliador, hasta los grandes polemistas ilustrados, desde mi muy enana altura, no estoy solo en esa tradición. El recurso del exceso retórico en la obra es legítimo si se ofrece como un espejo satírico; sin embargo el verdadero cimiento de Occidente no se forjó con el garrote y las mazas, sino con la palabra templada, a saber, el logos.

Recordemos a Aristóteles y su noción del intelecto agente (nous poietikos), esa chispa capaz de abstraer las verdades del mundo y transformarlas en conocimiento universal. Occidente es, en su raíz más noble, el triunfo de la deliberación sobre la fuerza bruta. Cuando el pensamiento clásico griego se funde con el humanismo y la tradición judeocristiana, lo que emerge es una convicción revolucionaria: el oponente político o intelectual no es un enemigo que deba ser aniquilado, sino un interlocutor necesario con el que se comparte la búsqueda de la verdad.

Karl Popper: «El racionalismo es una actitud en la que predomina la disposición a escuchar los argumentos críticos y a aprender de la experiencia. Es, fundamentalmente, una actitud que admite que «yo puedo estar equivocado y tú puedes tener razón, y, con esfuerzo, podemos acercarnos más a la verdad». Esta es la actitud que no renuncia a la ligera a la esperanza de llegar a una comprensión mutua mediante el uso de la razón y la argumentación. El hecho de que la actitud racionalista tenga más en cuenta el argumento que la persona que lo sustenta es de vital importancia. Nos lleva a la conclusión de que debemos reconocer a todo aquel con quien nos comunicamos como una fuente potencial de argumentos y de información razonable; establece, pues, lo que podría llamarse la unidad racional de la humanidad».

Felices palabras las de León XIV.

Cornaro 152

En 1740, tras un cónclave interminable de 255 votaciones, la Iglesia elevó al trono de San Pedro a Prospero Lorenzo Lambertini. Nacido en la nobleza boloñesa y doctorado en teología y utroque iure con solo diecinueve años, el nuevo Benedicto XIV no llegó a Roma para contentar a las masas ni para sobreactuar una falsa humildad. Llegó con la tradición tridentina en una mano y el rigor de la razón en la otra.

Inspirado por el espíritu muratoriano, Lambertini entendió que la fe no debía temer a la inteligencia. Su pontificado fue una lección magistral de cómo armonizar el dogma con la modernidad ilustrada. Bajo su dirección se acometió la reforma del Index librorum prohibitorum en 1757, un gesto de audaz apertura que —con el sabio asesoramiento del jesuita Boscovich— sacó de la lista negra de la censura las obras científicas de Galileo. Benedicto XIV demostró al mundo que la Iglesia podía dialogar de tú a tú con los gigantes de la ciencia sin perder un ápice de su autoridad moral.

Fue tal su altura teológica y diplomática que el mismísimo Voltaire, azote del catolicismo, le envió su obra Mahoma acompañada de una carta preñada de sincera adulación. El Papa, lejos de atrincherarse en el anatema, le respondió con una misiva de gratitud tan elegante que inspiró al filósofo francés a dedicarle un célebre dístico en latín, elogiando a Lambertini como la luz de Roma y la guía de la sabiduría paterna.

La figura de Benedicto XIV, inmortalizada hoy en San Pedro por la escultura de Pietro Bracci, destaca como el culmen del pontificado ilustrado. Un espejo incómodo en el que harían bien en mirarse quienes hoy gestionan los destinos de la Iglesia. Frente a la sólida erudición y el prestigio intelectual que doblegaron el orgullo de la Ilustración, el Vaticano actual ofreció el triste espectáculo de Francisco: un «Papa pop» devorado por la cultura del titular fácil, la devaluación doctrinal y una alarmante carencia de luces intelectuales. La historia demuestra que la Iglesia sobrevive cuando fascina a las mentes más brillantes de su tiempo; difícilmente lo hará rindiéndose al populismo analfabeto de la galería.

Cornaro 151

El artículo da en el clavo de una de las mayores tragedias de nuestra política actual: la rampante degradación del personal público. Coincido plenamente. Nos gobierna una guardia de corps de dóciles pelotas y mediocres asombrosos que custodian al presidente, pero erraríamos el tiro si pensáramos que esto es solo un problema de falta de luces o un bache ético. Es algo mucho peor: es un diseño sistémico.

Cuando un partido político se vacía de ideas, se vacía inmediatamente de mentes pensantes. Al líder actual ya no le interesan los consejeros con criterio propio que puedan ensombrecer su figura o discutirle una estrategia; busca ejecutores, subalternos cuya única y cotizadísima virtud sea la obediencia ciega, esa fidelidad perruna al aparato. La «bunkerización» de la Moncloa no es un accidente de tráfico en la gestión, es la consecuencia lógica de un ecosistema que premia el gregarismo siervo y purga el talento.

Decía el viejo maestro Norberto Bobbio que la democracia es, por definición, el gobierno del poder público en público. Lo que hoy vemos en las portadas —los audios ocultos de la UCO, los chalets, las maletas y los pactos de pasillo— es la perfecta radiografía de lo que él llamaba el «poder invisible» o la autocracia encubierta. Los partidos han dejado de ser canales de participación ciudadana para convertirse en agencias de colocación de clientelas encargadas de gestionar el botín del Estado. Cuando la supervivencia del líder depende de rodearse de perfiles manejables y carentes de moral, el fraude a la confianza pública es total.

Por eso, cuando Emiliano García-Page se asombra de la «falta de luces» de los corruptos y de la cantidad de huellas que han ido dejando por el camino, comete un error de diagnóstico. En un sistema de partidos hiperpersonalista y polarizado, al corrupto ya no le importa dejar rastro. Sabe perfectamente que la impunidad ya no se fía a la sofisticación del delito, sino a la capacidad del búnker de resistir el envite atrincherándose en la guerra de bloques.

Sustituir el criterio técnico por el servilismo político siempre sale caro. El impacto de meter a un «pelota» en un puesto clave rompe cualquier lógica de buen gobierno y destroza las capacidades administrativas del Estado. El panorama, desde luego, es desolador: un Gobierno que prefiere hundirse con los suyos antes que salvar la dignidad de las instituciones.

Cornaro 150

De Prada asume la vieja falacia de la apologética católica: que el pensamiento moderno, desde Descartes hasta el posmodernismo, es una masa homogénea de subjetivismo demente que odia la realidad. Olvida que la filosofía analítica nació precisamente para dinamitar el idealismo. Filósofos como G.E. Moore y Bertrand Russell demostraron que el mundo físico existe independientemente de la mente que lo piensa. No hace falta ser católico para afirmar que la realidad está ahí fuera; solo hace falta lógica.

Frente a la tiranía de las «narrativas», el primer Wittgenstein y Alfred Tarski blindaron los hechos con la teoría de la verdad como correspondencia. Si una ideología afirma que el lodo es oro, la semántica analítica no la trata como una ‘interpretación respetable’: demuestra de forma directa y MATEMÁTICA que es una proposición falsa. El realismo no es un monopolio de la fe. El acceso a lo real es una propiedad cognitiva que compartimos creyentes y ateos a través de la percepción y la memoria. Vincular la cordura de aceptar los hechos exclusivamente al catolicismo es una burda petición de principio que intenta borrar, de un plumazo, todo el realismo científico.

Cornaro 149

Dormí profundamente, y al despertar parecía otro hombre. El sueño había pasado por mi psique como un pincel con pelo de tejón y mango de bambú que dibujara un mar encalmado en julio. Dulce, dulcísimo cuando cae el sueño como la cellisca sobre el campo, amortiguando aristas y borrando caminos. Dormir bien es entregarse a la bóveda celeste con la confianza del niño que se duerme en el regazo de mamá, sabiendo que al despertar la luz será nueva.

Sí, dormí. Recuerdo que dormí. Dormí un sueño profundo, espeso, como si me hubiera hundido en el fondo de un pozo de lodo tibio. Un sueño sin fisuras, sin imágenes, sin el menor eco del mundo exterior. Si un sueño es así de perfecto, uno no solo descansa; uno se desarma por completo y se vuelve a armar de una manera ligeramente distinta, más limpia, más firme para el día siguiente.

«[…] en tanto que duermo, ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo, ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita el hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto», Cervantes.

Dormir es un maravilloso distraerse del universo.

Cornaro 148

Hay demasiadas noches de una lucidez tan febril que resultan aterradoras. El cuerpo está derrengado, los ojos arden con una sangre melancólica y fofa, pero los nervios vibran como el pizzicato de un violín tocado por los dedos gordezuelos de un psicópata. Nunca es un estado apacible, sino una guerra sorda. Te persiguen visiones, voces, payasos enanos, ratas, proyectos o miedos que al amanecer parecerán absurdos, diálogos enteros con personas que te han ofendido o a las que has dañado. Soy un insomne crónico.

Al asaltarte el insomnio durante décadas, las vértebras crujen y la espalda se deforma. El insomnio es una alteración que nos devuelve a la condición de bestias acorraladas. Uno persigue el sueño con una estrategia militar: ensaya posturas, regula la respiración, prueba a relajarse, intenta fijar en la mente la imagen fija de una bosque otoñal o de una melodía de Chopin, pero el cerebro, ese traidor infatigable, siempre encuentra una rendija por la que deslizar un pensamiento parásito, un recuerdo humillante de la infancia o de la adolescencia, o bien una preocupación trivial que lo echa todo a perder. El durmiente es un hombre libre; el insomne es el soldado cansado que se queda varado en la garita haciendo guardia.

Miro las ventanas que clarean vagamente con una angustia que no sé de dónde me viene ni adónde me lleva. El insomne no piensa: siente el paso del tiempo como una lija raspando sobre la piel. Sentado en el borde de la cama, entre las sombras de las cinco de la mañana, me sé solo en el universo. En el reino de los desvelados la cama se convierte en una cámara de tortura. El hombre que duerme vive en la inocencia; el hombre que no puede dormir es un monstruo de lucidez negra y pulmones de petróleo. Durante esas horas malditas, uno no piensa en nada concreto, o mejor dicho, piensa en la nada misma.

La noche avanza gota a gota. El reloj deja resbalar segundos como un grifo defectuoso deja caer agua. El sufrimiento es completamente real. Y así casi toda mi vida.

Cornaro 147

Hubo un tiempo, oh tempora…, en que el Parlamento era una extensión de la Academia y del ensayo literario; hoy, con una muy acusada -y lastimosa- frecuencia, no se diferencia nada de una extensión o reflujo gástrico de unas mentes de una mediocridad embarazosa. Guizot, Gladstone, Castelar etc… han sido insensiblemente sustituidos por seres raquíticos, ridículos, que no levanten un palmo del suelo, y de expresión zafia, tópica y liliputiense.

En el siglo XIX, los diputados solían ser hombres con la vida resuelta (abogados, historiadores, terratenientes) que sí, hacían política. Con el nacimiento de los partidos modernos, surge el llamado «político de aparato»: tipos que entran en las juventudes de un partido y hacen de la obediencia lacayuna su modo de vida. El mérito ya no se cifra en la brillantez intelectual o en la obra publicada, sino en la lealtad ciega a las siglas. El disidente culto es expulsado; el obediente gris (espeso y municipal) asciende.

El fin de la oratoria clásica coincide con la extensión del sufragio universal y la llegada de los medios de comunicación de masas. En un parlamento decimonónico, un discurso de tres horas cargado de referencias históricas e impecable en sus calidades lógicas, podía convencer a una cámara de notables. En nuestra política de masas, el mensaje debe ser un titular de diez segundos, una frase hecha para el telediario o un zasca para las redes sociales. La complejidad intelectual cotiza a la baja, o, simple y llanamente, desapareció ¿Conclusión? Una medianía pasmosa, casi irreal de alucinante. El regimiento de la cosa pública parece hoy ordenado por delirios tabernarios.

Muchos de los pensadores más lúcidos de los últimos 150 años vieron esto con absoluta claridad. Tres ejemplos, entre decenas que podría argüir:

«El desarrollo de la política moderna en una «empresa» hizo necesaria una división del trabajo […] El político profesional actual ya no es el líder espiritual de antaño, sino un funcionario de la oratoria o un empresario de votos. La maquinaria del partido, especialmente en las democracias parlamentarias, tiende a eliminar a los hombres de talento independiente y carácter firme para sustituirlos por caracteres maleables, individuos mediocres cuyo único mérito es la fidelidad al aparato y la capacidad de gestión burocrática. El resultado es el dominio de la «sin-talento-cracia», donde el líder es rehén de una burocracia partidista que teme la genialidad», Max Weber.

«El político actual ya no intenta escuchar la verdad, sino el eco de sus propias consignas en la masa. […] Lo característico del momento es que el alma mediocre, sabiéndose mediocre, tiene el valor de afirmar el derecho de la mediocridad y lo impone por dondequiera. En la política, esto se traduce en la desaparición de los grandes debates de ideas, sustituidos por una técnica de agitación donde las élites políticas ya no guían a la opinión pública, sino que la siguen arrastrándose tras ella, adoptando sus prejuicios y rebajando el lenguaje del Estado al nivel de la taberna», Ortega y Gasset.

«No ha habido ningún golpe de Estado. La mediocracia se ha instalado sin estridencias […] El político mediocre no debe ser incompetente, al contrario; debe ser capaz de hacer funcionar el sistema, pero sin cuestionar jamás sus premisas. Su lenguaje es la «lengua de madera» (la retórica vacía), un discurso que parece decir algo pero que está diseñado para no comprometerse con nada. Las élites políticas actuales son una colección de expertos en comunicación que no leen, que no tienen arraigo en la tradición humanista y cuyo único objetivo es la reproducción del poder mediante el consenso del centro gris. La política ha dejado de ser el arte del bien común para convertirse en una técnica de marketing», Alain Denault.

La decadencia avanza, incontenible.