Cyril 124

Me gusta rodearme de libros incluso cuando no los leo. Su sola presencia me tranquiliza. Están ahí como animales domésticos silenciosos y cariñosos. No exigen nada, no reclaman atención inmediata, pero su proximidad modifica el ánimo. Una habitación sin libros me parece incompleta, desolada, como si faltara algo esencial para que la mente pueda respirar. Los toco, los hojeo, los dejo abiertos, los cierro. Su contacto me reconcilia con el mundo.

Umberto Eco: «Una biblioteca privada no es una colección de lecturas hechas, sino de lecturas posibles. Los libros no leídos son más importantes que los leídos: representan el límite de nuestro saber. El bibliófilo vive rodeado de su ignorancia futura, y eso es saludable».

Y Alberto Manguel: «Una biblioteca es un autorretrato involuntario. En los libros que acumulamos está inscrita nuestra curiosidad, nuestra ansiedad, nuestras obsesiones. No es un archivo muerto, sino un organismo. Los libros envejecen con nosotros, cambian de lugar, adquieren marcas. Leerlos es también releer nuestra propia vida».

Cyril 123

«Leer no es simplemente adquirir conocimientos, sino aprender a pensar con rigor y a percibir las relaciones entre las ideas. Los libros educan porque obligan a la mente a sostener una atención prolongada, a seguir un razonamiento completo, a respetar la complejidad. Allí donde se prescinde del libro, la educación se empobrece y se vuelve fragmentaria», John Henry Newman.

«Educar es introducir a los jóvenes en un mundo que no han hecho, pero que deberán comprender para poder transformarlo. Los libros son los objetos privilegiados de esa transmisión, porque contienen el pasado de forma estable. Una educación sin libros es una educación sin memoria, y una sociedad sin memoria está condenada a repetir sin comprender», Hannah Arendt.

«Las redes digitales fragmentan la atención y recompensan la reacción inmediata. La lectura de libros, en cambio, cultiva la concentración profunda y la continuidad del pensamiento. No se trata de nostalgia, sino de neurociencia: los hábitos de lectura moldean el cerebro para la reflexión; los hábitos de navegación constante lo moldean para la distracción», Nicholas Carr.

«La lectura profunda que requiere un libro desarrolla procesos cognitivos —empatía, análisis crítico, inferencia— que no se activan en la lectura fragmentada de pantallas. Si la educación abandona los libros, no solo cambia el medio: cambia el tipo de mente que se forma», Maryanne Wolf.

«La verdadera educación consiste en el desarrollo interior del individuo, no en la mera adquisición de habilidades. Los libros son insustituibles porque ponen al lector en relación directa con una mente que piensa con profundidad y coherencia. Ningún otro instrumento logra esa intimidad intelectual», Wilhelm von Humboldt.

«La universidad que abandona los grandes libros abandona la idea misma de educación. Los libros no son información antigua: son conversaciones vivas con las mentes más exigentes de la historia. Ningún sustituto tecnológico puede reemplazar esa experiencia formativa», Allan Bloom.

Cyril 122

Las palabras no viven solo en los diccionarios: viven sobre todo en la mente. Y allí se cargan de asociaciones, de sonidos, de recuerdos, de ecos, de resonancias, flujos y reflujos. La belleza del lenguaje no es su corrección, sino su capacidad para captar ese flujo interior sin fijarlo del todo. Escribir bien es escuchar atentamente esa corriente eléctrica, o dimensión musical. La belleza del lenguaje consiste en resistir la banalidad, en negarse a decir las cosas del modo más pobre. Como seguir la rítmica del mar.

La belleza comienza donde termina la complacencia.

Cyril 121

Mi modo de vida me aísla de los otros, no por voluntad, sino por incompatibilidad. Vivo demasiado ensimismado debido a mi esquizofrenia. Todo lo que para los demás es natural, para mí es problemático. Así parezco extraño, pero no hago nada para parecerlo. La rareza no consiste en desviarse, sino en no poder acomodarse. El mundo exige una naturalidad, una salud, que no poseo.

Toda sensibilidad intensa o morbosa o enferma es vista como exagerada. La cultura llama ‘extravagante’ a quien se toma las cosas demasiado en serio, demasiado fuera del guion. Pero la rareza es a menudo una forma de rigor: no aceptar las convenciones emocionales prefabricadas.

Siempre he tenido la sensación de estar ligeramente fuera de sitio, como una silla colocada en una habitación que no es la suya. No hago acaso nada extravagante a propósito, pero mi simple manera de mirar y hablar parece excesiva. Me esfuerzo por ser sencillo, y sin embargo resulto complicado para los otros. Tal vez porque no sé fingir naturalidad. La naturalidad, en la mayoría de los hombres, es una costumbre aprendida; la mía es una torpeza honesta.

Me siento extraño incluso para mí mismo. Vivo como un testigo de mi propia vida, no como su actor principal. Esta distancia interior, que es mi tormento, es también mi condena social. El mundo exige afirmaciones; yo solo tengo escrúpulos y noches malas. Así me convierto en un ser lateral, inútil, excéntrico.

Cyril 120

George Steiner

«Cuando cierra una librería no desaparece solo un comercio, sino un punto de respiración del espíritu. Una librería es un lugar donde el pensamiento se ofrece sin exigir rendimiento inmediato. Su cierre indica que una ciudad ha decidido prescindir de la lentitud, de la dificultad y de la conversación con los muertos. Es una derrota discreta, pero profunda».

Jorge Luis Borges

«Siempre he creído que las librerías son una forma de paraíso modesto. Cuando una desaparece, el mundo se vuelve un poco más pobre, aunque nadie sepa decir exactamente en qué ha empobrecido. No se pierde solo un lugar: se pierde una posibilidad».

Alberto Manguel

«El cierre de una librería es una forma de amnesia urbana. Allí donde antes había diálogo, recomendación, azar, queda una superficie neutra. Las librerías enseñan a errar —a perderse entre libros—, y una ciudad que ya no permite ese extravío ha decidido reducir su imaginación».

Susan Sontag

«La desaparición de una librería no es un síntoma aislado, sino parte de una reorganización cultural más amplia: la sustitución de la experiencia profunda por el consumo rápido. El dolor que sentimos ante su cierre es la intuición de una pérdida que aún no sabemos medir».

Julien Green

«He pasado delante de una librería cerrada como se pasa ante una casa abandonada. Todo estaba en su sitio, pero la vida se había retirado. Sentí una tristeza sin objeto preciso, como si alguien hubiera muerto sin que yo lo conociera del todo».

(Para «Tipos infames»)

Cyril 119

Vivo en una aldea orensana de nueve personas; sé de la ciencia del equilibrio paciente. Aquí no nos engañan las palabras grandes. El que llega con teorías se va con humedad en el cuerpo y pocas certezas. Es un lugar que desarma al visitante por agotamiento. En la aldea todo se oye: el agua, la madera, los animales, el tiempo. La vida transcurre con una claridad brutal. Nada se oculta del todo porque no hay dónde esconderse.

Me gusta. Pero a veces, bastantes veces, sueño con Venecia. Allí donde cada idea es un oro ornamental, y la melancolía es elegante, y la belleza es una ceremonia casi museística. Sangre con regusto de vodka de luz que bebe un esteta. Donde las calles parecen copias de sí mismas. La ciudad da la impresión de haberse pensado demasiado a lo largo de los siglos, hasta volverse frágil, casi translúcida. Como caminar dentro de una fotografía demasiado perfecta. Un perfume orgulloso, más para citar que para oler.

La aldea. Una armonía demasiado menuda.

Cyril 118

Trump es el clásico psicópata extremo que no necesita violencia explícita para ejercer destrucción. Su forma de daño es fría, administrativa, sin dramatismo. Cosifica a los demás con la misma facilidad con la que otros cosifican objetos. No se percibe a sí mismo como cruel, porque la crueldad exige conciencia del sufrimiento ajeno, y esa conciencia no está disponible para él. No siente culpa, por lo tanto no se detiene. Vive en una superficie pulida donde la empatía sería una anomalía. Es el ciudadano ideal de un mundo que ha aprendido a funcionar sin sentimientos. Para ellos, el mundo es un tablero y las personas, fichas. No sufre, pero provoca sufrimiento con una constancia impecable.

Cyril 117

Autor: C. Valerius Catullus

Obra: Carmina

Lugar: Italia septentrional (atrib.)

Fecha: ca. 1695–1700

Encuadernador: Aurelius Valerius Corvinus (atribución tradicional)

Descripción física:

Volumen en octavo mayor. Encuadernación plena en piel humana finamente curtida, de tonalidad marfil ligeramente rosada, con oscurecimiento natural en bordes y nervios por oxidación del colágeno. Superficie extremadamente lisa, de grano casi imperceptible, con pátina sedosa adquirida por manipulación prolongada. Lomos sin título ni dorado. Guardas en papel verjurado italiano del siglo XVII, sin filigrana identificable. Cortes sin teñir.

Técnica de encuadernación:

Curtido al alumbre con posterior estirado en seco. Tensado uniforme sin marcas de cuchilla visibles. Costura sobre nervios ocultos. Adhesivos orgánicos de composición no determinada. Ausencia deliberada de decoración: no hierros, no gofrados, no rótulos.

Procedencia del material:

Según tradición manuscrita tardía (ms. anónimo, Mantua, s. XVIII), la piel procede de una joven fallecida antes del matrimonio. El encuadernador defendía la idoneidad técnica de este material por su finura, elasticidad intacta y “memoria no inscrita”. No existe documentación judicial ni eclesiástica concluyente que confirme o refute esta procedencia.

Estado de conservación:

Excelente para su naturaleza. Leve craquelado superficial compatible con envejecimiento natural. Elasticidad conservada. Ausencia de olores de descomposición; tenue aroma seco, próximo al pergamino antiguo.

Comentario histórico-crítico:

Esta encuadernación forma parte de un conjunto hoy disperso —o perdido— atribuido a Corvinus, que incluiría igualmente ediciones de Horacio y Virgilio. La elección del material no parece obedecer a provocación ni fetichismo, sino a una concepción radical del libro como cuerpo cerrado: texto latino clásico sellado por una piel humana “no escrita por la vida”, en palabras atribuidas al propio encuadernador.

La extrema sobriedad formal refuerza la hipótesis de una ética del oficio basada en la desaparición del gesto artesanal ante la materia.

Rareza:

Único ejemplar conocido de esta atribución. La mayoría de las encuadernaciones humanas documentadas del período son posteriores y de carácter médico o jurídico.

Cyril 116

Las cuatro y media de la mañana. Me empiezo a desregular. A habitar una habitación húmeda, una inutilidad viscosa; miedo, soledad, angustia, desesperación. Una desesperación como ruptura entre la razón y la energía vital, un miedo meticuloso: caminar de puntillas por un suelo repleto de trozos de vidrio, una soledad como un espejo empañado donde no me reconozco, una angustia igual a respirar a través de una pulmonía.

Se sigue pensando con lucidez, pero esa lucidez ya no sirve para nada. Es el momento en que comprender se vuelve una forma de tortura. Fuera hace mucho frío. Toso. Siento el calor de mi perra pegada a mi cuerpo como un milagro de transustanciación. Uno sobrevive demasiado conscientemente. Te miras como a un extraño y no logras establecer intimidad con lo que ves. Desajuste. Todo baja medio tono. Te da vértigo respirar. La gravedad no te sostiene.

No se puede continuar. Se continúa. Cruje la madera y suena la caldera. No poder continuar y continuar. Esa es la fórmula exacta. No por esperanza, no por voluntad, sino porque detenerse exigiría una energía que ya no se tiene.

Cyril 115

Nos invade algo así como una prosa periodística, trillada y funcional. No toda prosa elaborada es barroca, pero toda prosa literaria es elaborada. La elaboración no es ornamento: es trabajo innegociable sobre la materia verbal. Una frase elaborada es aquella que no podría haber sido escrita de otro modo.

La prosa funcional, mineral, eficiente y podada, suele esconder vacío conceptual. El estilo plano no garantiza claridad; a menudo garantiza que no hay nada que aclarar. Escribir “bien” con frases cortas es fácil cuando no hay conflicto sintáctico ni pensamiento en fricción. No es una prosa humilde, sino una prosa sospechosamente obediente.

La prosa periodística en la novela moderna introduce un ideal tácito, a saber, que el lector no tropiece, no relea, no se detenga. Eso es exactamente lo contrario de la literatura.

Cicerón: «No me satisfacen en absoluto aquellos discursos que, aunque correctos y claros, carecen de elevación y de ritmo. Decir lo justo y necesario puede bastar para informar, pero no para persuadir ni para conmover. La verdadera elocuencia no consiste en evitar el error, sino en alcanzar una forma tal que la frase misma parezca inevitable. Hay discursos que se entienden y se olvidan en el mismo instante; otros, en cambio, permanecen porque su estructura ha tocado algo más profundo que la mera comprensión. El oído juzga antes que el entendimiento, y allí donde el oído no halla placer, el espíritu se retira».

Y Vladimir Nabokov , en «Lectures on Literature»: «Llamar “simple” a una prosa es, con frecuencia, una manera educada de decir que no tiene estilo. La buena prosa no es transparente: es translúcida. Deja pasar la luz, pero conserva su color. El escritor que escribe como un periodista ha renunciado a la dimensión sensorial del lenguaje, que es donde comienza la literatura. Donde no hay juego verbal, donde no hay riesgo sintáctico, no hay arte».

Y también Quevedo: «Escriben algunos con tal llaneza, que más parece que cuentan que piensan. Confunden claridad con pobreza y brevedad con flaqueza. Yo no he tenido jamás por virtud decir poco, sino decir lo necesario con fuerza. La prosa que no aprieta no persuade, y la que no resiste no dura. Prefiero ser oscuro por exceso que transparente por inanidad».

El escritor que no oye lo que escribe, escribe para funcionarios del entendimiento, no para lectores.

La prosa eficaz, transparente, es una invención administrativa. Se escribe así cuando no importa lo que se dice, sino que se diga rápido y sin resistencia.