Cornaro 136

Ambrosio escribe a Teodosio tras la matanza de Tesalónica: «No puedo ofrecer el sacrificio si tú pretendes estar presente. Lo que no me es lícito después de haber derramado sangre inocente, tampoco me es lícito hacerlo mientras permaneces en ese estado. La ley de Dios me lo prohíbe. […] ¿Cómo levantarás las manos aún manchadas de sangre? ¿Cómo recibirás con esas manos el santísimo cuerpo del Señor?», Epistula 51, PL 16, cols. 1161-1164.

Gregorio Magno insiste repetidamente en que los pastores deben corregir a los poderosos y no buscar su favor: «Hay quienes, deseosos de agradar a los hombres, temen decir libremente la verdad. El pastor que calla ante el pecado por miedo a perder el favor humano deja de ser pastor y se convierte en mercenario», Regula Pastoralis, II, 4; PL 77.

Jerónimo se mostró especialmente feroz contra los eclesiásticos que frecuentaban palacios: «Hay clérigos que buscan las casas de los ricos, que persiguen los saludos de los poderosos y consideran honor sentarse a la mesa de los príncipes. Han olvidado que los apóstoles siguieron a un crucificado y no a los triunfadores del siglo», Epistula 52 ad Nepotianum, PL 22.

Bernardo de Claraval advierte al papa Eugenio III: «Te rodean aduladores; y nada hay tan peligroso para quien gobierna como tener oídos acostumbrados a la alabanza. Aprenderás más de quien te reprende que de quien te aplaude», De consideratione, II, 13; PL 182

El pastor pierde autoridad moral cuando busca el favor de los gobernantes en vez de conservar la libertad de reprenderlos. León XIV se enfrenta al maniobrero y purulento Sánchez que querrá instrumentalizar ignominiosamente su visita. El presidente convierte todo lo que toca en un rastrero y hortera aquelarre masónico.

Cornaro 135

El lunes recibo en mi casa orensana los casi 90 libros que compré en librerías de viejo y de ocasión ¡Voluptuosidad del bibliófilo! ¡Emoción inconmesurable, erótica, o, mejor que el sexo! Lo que siento -entiéndase- no es solo afán de acumulación; es la pasión ciega del bibliófilo. Pues hay algo profundamente sensual —y sí, insisto, erótico— en el tacto del papel envejecido, el olor a humedad noble, a tinta de otra época y a misterio guardado. Entrar en una librería de viejo es ir de caza; recibir el botín en mi pazo orensano (vivo en una biblioteca y no en una casa) es coronar la conquista.

Coleccionar libros es una obsesión que roza la locura, un vicio que, una vez que se apodera de un hombre, ya no lo suelta. Las habitaciones se llenan, los pasillos se estrechan, las pilas de volúmenes amenazan con sepultar al morador. Pero el bibliófilo no ve desorden; ve una geografía del espíritu. No vive en una casa; vive dentro de un cerebro expandido, donde cada estante es una circunvolución cerebral y cada libro, un recuerdo o un sueño dispuesto a despertar en cuanto se abra su portada.

«La biblioteca debe contener lo que uno no sabe, no lo que ya sabe. Con los años, los libros leídos disminuyen frente a los no leídos, que nos miran con una mezcla de reproche y promesa. Una biblioteca no es un almacén de trofeos, es una herramienta de trabajo y de descubrimiento. Los libros no leídos son tan importantes como los leídos, porque nos recuerdan constantemente todo lo que nos queda por aprender, manteniéndose como un monumento a nuestra ignorancia, que es la única forma de mantenernos curiosos», Umberto Eco.

Hay un misticismo sagrado en el olor de las páginas amarillentas, un perfume que ningún estante de novedades modernas podrá jamás emular. El verdadero lector prefiere el polvo noble del pasado al brillo estéril del presente.

Pocos placeres hay en la tierra comparables al ritual de abrir una caja, extraer un libro, acariciar su lomo y susurrarle: «Salve; bene domum venisti».

Cornaro 134

Macbeth apuñala a Duncan mientras duerme. La obra termina con Macduff mostrando la cabeza ensangrentada del tirano. Malcolm es proclamado el nuevo y legítimo rey de Escocia, prometiendo restaurar la justicia y el orden en una nación que había sido desangrada por la ambición maníaca de un solo hombre.

Chile, pimienta, jengibre, mostaza y wasabi. Así, condimentado el Estado con cantidades brutales semi-venenosas, gobierna (o desgobierna) nuestro presidente ladino, marrullero y lagarto.

En su famoso soliloquio, Macbeth admite que carece de motivos reales para su conducta, excepto los de su ego patológico: «No tengo más espuela para pinchar los costados de mi intención que una ambición desmedida, que salta sobre sí misma y cae del otro lado». Más adelante, cuando el país cae en el caos por su tiranía, Macduff describe el estado de su patria de una forma que nuestra oposición atinadamente utiliza para describir la España actual: «¡Pobre patria, casi tiene miedo de conocerse a sí misma! No puede llamarse nuestra madre, sino nuestra tumba».

Y recuerden siempre, no olviden nunca, cómo acaba Macbeth.

Cornaro 133

Cuando hoy un laboratorio de microbiología en Lima colabora en tiempo real con un equipo en el MIT de Boston y otro en la Universidad de Kioto para corregir el borrador de un artículo científico (un erudito no comete la indecorosa afición de dormir), están haciendo exactamente lo mismo que hacían Poliziano, Budé, Erasmo, Juan Luis Vives y Nicolas-Claude Fabri de Peiresc hace quinientos años. Solo han cambiado las herramientas y la velocidad; el espíritu es casi idéntico.

Afortunadamente, la vieja Res Publica Litterarum sigue viva.

Cornaro 132

Cuando alguien vive aislado durante mucho tiempo, la mente se vuelve un sistema cada vez más cerrado sobre sí mismo. Para una persona vulnerable a la psicosis o a las ideas delirantes, ese encerramiento puede convertir cualquier pensamiento en una cámara de ecos torturantes que magnifican los síntomas.

El gran bibliófilo Aby Warburg hablaba de la biblioteca como una forma material del pensamiento. No era una acumulación de papel, sino un mapa visible de la mente. Quizá por eso me hace bien hojear los libros. No busco únicamente información; quiero hallar compañía, complicidad, continuidad. Un hombre acostumbrado a leer nunca está completamente solo. El libro funciona como un amigo que acompaña sin juzgar: un refugio de papel y tinta que amortigua la hostilidad del mundo exterior.

Séneca advierte que el mero aislamiento físico no sirve si la mente sigue en guerra consigo misma, pero ofrece la clave de la autosuficiencia: «Me preguntas qué debes evitar principalmente. Te lo diré: la multitud. Todavía no puedes confiarte a ella de manera segura. […] ¿Quieres saber qué es lo que te hace libre y te alivia de este peso? Que te vuelvas hacia ti mismo. Nadie puede vivir felizmente si solo se contempla a sí mismo y si todo lo refiere a su propia utilidad; debes vivir para el prójimo si quieres vivir para ti. Pero cuando estés solo, aprende a ser tu propio compañero. […] El sabio se basta a sí mismo para vivir bien, no para vivir solo. Si pierde a un amigo por muerte o exilio, soporta la pérdida con ánimo entero, porque tiene en su interior la fuente de toda alegría y todo consuelo. El hombre que se ha encontrado a sí mismo ya nunca está desamparado».

No me resulta fácil esta música cognitiva. Y también dificultosa, a veces, me parece esta observación de Marco Aurelio: «Los hombres buscan retiros en el campo, en la costa, en las montañas. Tú también sueles desear ardientemente tales cosas. Pero todo eso es de lo más vulgar, puesto que te es posible, a la hora que quieras, retirarte en ti mismo. En ninguna parte se retira el hombre con más tranquilidad y calma que en su propia alma, sobre todo quien tiene en su interior tales bienes que, si se inclina hacia ellos, de inmediato encuentra una perfecta quietud. Y denomino quietud a nada más que al buen orden interior. Concédete, pues, continuamente este retiro y renuévate».

Se hace empinada la soledad para la mente esquizoide. La esquizofrenia te aísla de una manera que ninguna otra enfermedad física puede hacerlo; abre un abismo entre tu mente y el resto del mundo social. Cuando estás en medio de un brote psicótico, el lenguaje de los demás no te llega, y tus propios intentos de comunicarte se convierten en lo que los médicos llaman «ensalada de palabras». Estás atrapado dentro de una casa de espejos distorsionados donde cada pensamiento se convierte en un perseguidor. La soledad se vuelve casi vertical, porque no puedes confiar en tus propios sentidos y, por lo tanto, no puedes confiar en nadie más. El aislamiento no es solo la falta de personas a tu alrededor; es la convicción aterradora de que estás viviendo en un planeta completamente diferente, cuyas leyes físicas y lógicas nadie más comprende.

Cuando la mente humana sufre y el lenguaje se quiebra, la lectura lineal puede volverse imposible porque exige una concentración que la enfermedad mental impide. Sin embargo, el libro como objeto (su peso, el olor del papel, la textura de las cubiertas, el sonido de las páginas al pasar) ofrece un anclaje sensorial con el mundo real. Los libros en las estanterías actúan como una multitud silenciosa y segura: son conciencias humanas que no increpan, no exigen, no juzgan y están listas para ser sostenidas en las manos. Sobrevivo gracias a esta bibliofilia terapéutica.

Mi biblioteca es mi espacio de seguridad, el lugar donde el sufrimiento del mundo se extingue. A veces entro en ella no para buscar un poema, o leer una novela o un ensayo, sino simplemente para estar entre ellos. Sostener un libro hermoso en las manos, sentir el peso de su memoria, hojear sus páginas al azar viendo pasar las palabras como pájaros, es —a qué dudarlo— un acto curativo. Los libros exigen muy poco y ofrecen un refugio incondicional.

Tomo en mis manos «Introduction to Mathematical Philosophy», de Bertrand Russell (George Allen & Unwin Ltd., Londres. Segunda edición, reimpresión de 1920/1930. Octavo mayor) El volumen está revestido con una tela editorial rígida de un tono azul cobalto profundo, casi nocturno, que ha resistido las décadas. Al pasar las yemas de los dedos sobre las tapas, se siente el grano grueso y áspero del tejido primitivo, una textura que ancla las manos a la realidad. El lomo, ligeramente descolorido por el sol de pasadas bibliotecas, exhibe el título y el nombre de Russell grabados en letras de oro viejo. El dorado ha perdido su brillo estridente; ahora es un destello mate, más sabio, que emerge de la penumbra del estante.

Al abrir la cubierta, lo primero que recibe al tacto son las guardas de un papel grueso, de un color crema pálido que huele a lignina y a vainilla oxidada. En la esquina superior de la primera página en blanco, hay una firma manuscrita con pluma estilográfica y tinta ferrogálica negra, ya virada a un tono sepia: el rastro de un dueño anterior, una presencia humana borrada por el tiempo.

Las páginas están salpicadas de teoremas aislados en el centro de la hoja, rodeados de generosos márgenes blancos que dan aire y fluidez a la mente. Símbolos existenciales, cuantificadores, variables, implicaciones lógicas. Me olvido de la vida y soy feliz.

Cornaro 131

Vivo solo, completamente solo. No hablo con nadie, nunca; no recibo nada, no doy nada. Cuando se vive solo, ya ni siquiera se sabe lo que es narrar, hablar o compartir vocablos; incluso el laconismo desaparece junto con los amigos y la energía. Las frases se deshacen, las palabras se vuelven opacas y con filos puntiagudos, los objetos pierden su nombre y se quedan ahí flotando: enormes monstruos mudos, monstruos patéticos y ridículos.

Estoy solo en medio de estas voces alegres y razonables, rezumantes de fiesta y apandilladas de regocijo cómplice y calor de abrazos. Todos estos tipos pasan el tiempo explicándose, poniendo su vida en común en palabras amigas, gesticulando al unísono, reconociendo con satisfacción que están de acuerdo y son altos, indestructibles camaradas. ¡Dios mío, qué importancia le dan a pensar todos juntos las mismas cosas! ¡Amar a las mismas personas y objetos! ¡Tener en los valles el mismo color verde de los sueños!

Me da pánico pensar que soy un ser humano, pero que no tengo a nadie en el mundo y que, sin embargo, existo. Me da pánico el muro invisible que me rodea: el hombre sin padres (un don nadie) viviendo en una aldea minúscula y anónima, en una casa con un jardín como una escombrera o un vertedero lleno de ratas.

Iba cayendo, caía por un abismo, pero no tocaba el fondo. Estaba completamente solo, abandonado en la orilla del mundo, como un marinero que ha sobrevivido al naufragio y contempla desde una roca desolada cómo el barco se hunde en el mar. La gente pasaba a mi lado, hablaban, sonreían, pero sus voces me llegaban desde una distancia infinita, como el murmullo de un bosque lejano. Yo conocía la verdad que los demás ignoraban; estaba encerrado en el manicomio de mi propia mente, donde los pensamientos son monstruos reales y las palabras de consuelo no son más que ruidos vacíos, incapaces de cruzar la inmensa distancia que me separa de la raza humana. Así lo escribió, precisa y vigilante, Virginia Woolf; pensando en ella, en mí y en la devastación mental de todos nosotros, los locos.

La peor soledad no es la falta de compañía física, sino la ausencia de resonancia y humanidad: el peso mortal y sangriento de saber que, sea por las circunstancias de la vida o por la niebla de la enfermedad, uno se ha vuelto ya invisible para el resto del mundo.

Cornaro 130

La libertad de prensa no es un privilegio gremial de los periodistas, sino la garantía auroral de que el ciudadano no es reducido a un súbdito desinformado. Sin una prensa dispuesta a asumir el riesgo de incomodar, sin su papel de mosca cojonera, la opinión pública es sustituida por la propaganda o el miedo, lo que a la postre diluye la soberanía de una sociedad para su autogobierno.

En ese clásico de las ideas -y que debiera ser revisitado en estos tiempos de zozobra-, «Verdad y política», de Arendt, afirma la pensadora de adopción estadounidense: «La libertad de opinión es una farsa a menos que se garantice la información objetiva y que no se cuestionen los hechos mismos. En otras palabras, la verdad factual establece los límites del poder político». Sobre el peligro de silenciar la crítica sigue vigentísimo otro clásico de Mill, el magistral «Sobre la libertad». Grábemonos a fuego: «Si se silencia una opinión, no sabemos si esa opinión es verdadera; y si lo supiéramos, el silenciarla sería un mal todavía mayor, porque si es falsa, los hombres pierden el beneficio de una percepción más clara de la verdad, producida por su choque con el error». Y Revel: «La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira. La democracia no puede vivir sin la verdad, mientras que el totalitarismo no puede vivir sin la mentira. El hundimiento de la información es el hundimiento de la democracia». Y, last but not least, el gran Popper: «Necesitamos la libertad para evitar que el Estado abuse de su poder, y necesitamos al Estado para evitar el abuso de la libertad. La crítica libre es el único mecanismo que tenemos para detectar nuestros errores antes de que sea demasiado tarde».

Cornaro 129

Para Ockham el papa gobierna en lo espiritual; el emperador o príncipe en lo temporal y ninguno posee un poder absoluto que convierta a los cristianos en siervos. En el «Dialogus» sostiene: “Parece demostrable de varias maneras que en los asuntos temporales el papa no tiene poder directamente de Cristo. Pues así como el emperador se relaciona con los asuntos temporales, así el papa se relaciona con los espirituales en cuanto recibió directamente de Cristo su poder. Pero el emperador no tiene poder en los asuntos espirituales. Por tanto, en los asuntos temporales el papa no tiene poder directamente de Cristo”.

La Ilustración del XVIII suaviza las teocracias, no tanto destruyendo toda religión, como despolitizando la verdad religiosa. Locke lo formula con nitidez: “El gobierno civil no puede dar ningún nuevo derecho a la Iglesia, ni la Iglesia al gobierno civil. De modo que, tanto si el magistrado se une a una Iglesia como si se separa de ella, la Iglesia permanece siempre como antes: una sociedad libre y voluntaria. No requiere el poder de la espada por la llegada del magistrado, ni pierde el derecho de instrucción y excomunión por su retirada”.

España fue tradicionalmente católica. Aquí no encontramos una estricta separación liberal al estilo anglosajón ni un laicismo militante como el francés, sino una peculiar aconfesionalidad: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”, Constitución Española, art. 16.3.

Quizá entonces se entiendan muchas cosas.

Cornaro 128

Yo, Petrus Sánchez, no escribo solo la historia. La hago. La diseño. La modelo. Yo puedo rehacer el orden natural de los hechos, si así me lo exige la salud de España. El Supremo Dictador no es un hombre. Soy un principio, una idea, el eje sobre el cual gira el destino de este pueblo. Para gobernar un pueblo de ciegos no se necesita luz, sino una mano que nunca tiemble al cortar la mano del que intenta palpar las sombras. Mi mayor victoria no ha sido vencer a mis enemigos, sino extinguirlos, falsificarlos, trocearlos, expulsarlos de la memoria colectiva.

Yo, Sánchez Castejón, miento según mi arbitrio, manipulo a un ganado lelo, convierto este país en un nido de ladrones, de analfabetos y de cobardes. Un hombre de Estado no puede permitirse debilidades físicas ni morales. El día que un subordinado te ve pestañear o nota el olor de tu sudor, ese día dejas de ser un dios para convertirte en una presa. A los hombres no se les domina con discursos de libertad o prosperidad; se les domina conociendo sus vicios, sus deudas y sus ambiciones, participando de las corruptelas, haciéndoles saber que sus haciendas enteras penden de un hilo que yo sostengo con dos dedos. El día que yo falte, este país volverá a ser el muladar de donde lo saqué.

La chusma solo entiende la razón del fútbol y las tabernas. Los soñadores, los estudiantes, los intelectuales… todos sueñan con un país decente porque confunden la libertad con el desorden. Pero aquí, mientras Pedro Sánchez respire, la ley de la felonía se cumplirá a rajatabla. No me conmueven los llantos de los pobres ni las arengas de los poetas. La satrapía tiene un precio, y yo soy el encargado de cobrarla.

La verdad no es lo que ocurrió, sino lo que yo decido que aparezca en el boletín oficial. Si yo digo que la tierra es plana, la corte entera debe modificar la geografía y la ciencia. Qué hostias me importa a mí el juicio de la historia, si la historia la escribo yo a mi antojo y conveniencia, yo que he visto pasar más de diez generaciones de Ábalos, Leires, Koldos y Cerdanes, mientras sigo aquí firme en mi silla de mando oyendo el rumor de la UCO en los corredores del palacio, gobernando este mar de mierda donde nadie se atreve a decirme que el sol no brilla si yo digo que es de noche. Se gobierna como a mí me da la puta gana.

Cornaro 127

Comparteixo plenament la tesi central de l’article del mestre Llovet: el prestigi d’una literatura no depèn únicament de les seves obres mestres, sinó també de la capacitat d’una comunitat per establir-les, documentar-les, contextualitzar-les i transmetre-les amb rigor filològic.

Llegir un poema no és pas el mateix que saber quin poema va escriure realment l’autor, en quina versió, amb quines variants, en quin context editorial i després de quines revisions successives. En un poeta com Carner, que corregia, depurava i recomponia els seus versos amb una exigència gairebé incessant, aquesta tasca esdevé decisiva. Una tradició literària madura necessita filòlegs tant com poetes. Més enllà de la grandesa mateixa de l’obra carneriana, cal reivindicar aquest treball lent, discret, pacient i sovint invisible que fa possible que les interpretacions futures descansin sobre textos sòlidament establerts.

En elogi de Jaume Coll podríem recordar aquelles fórmules llatines que semblen escrites expressament per a la seva empresa: Textum restituit, memoriam servat, posteritati tradit; o bé Primum textum stabilire, deinde interpretari; i encara, en una formulació més humanística, Carnerum posteritati vindicat.

Recordem, així mateix, la Frankfurter Hölderlin-Ausgabe, un dels projectes filològics més complexos del segle XX, a causa de l’estat fragmentari de molts manuscrits; o les edicions Arden Shakespeare, Oxford Shakespeare i New Cambridge Shakespeare, veritables monuments de la filologia anglesa. Recordem també l’admirable edició de l’obra poètica d’Eliot a cura de Christopher Ricks i Jim McCue; el Quevedo de Blecua, fita major de la filologia hispànica contemporània; o la reconstrucció textual de Góngora duta a terme per Antonio Carreira.

Tot plegat ens recorda que una gran literatura no es compon tan sols de grans escriptors, sinó també de grans editors, grans filòlegs i grans lectors. La tasca de Jaume Coll situa Josep Carner dins d’aquesta noble tradició europea de les edicions crítiques exemplars. Una notícia excel·lent per a la cultura catalana.