Charles 207

Estoy harto de mi propia imbecilidad. Una aguja rompe el hielo de mi sangre. Rompen piedras contra la nada de mis dientes. No debería haber escrito una sola línea. El barro, los huesos y mi madre muerta junto a mí. Escribo solo con una especie de persistencia obsesiva. Mi hígado debe ser quemado, las desorganizadas líneas de mi campo de pensamiento borradas; solo me obedece un baboso reino de sombras. Arabescos y osamentas de leprosos me poseen. Perdí el lenguaje y el yo.

Sois violentos cuervos comiendo mis ojos. Los hombres son siempre iguales: feroces ante el débil. Os gustaría verme muerto y callado. He vivido como una rata, escondiéndome, inventando razones para no ser lo que soy. Me parecéis odiosos. Convulsionando espero más palabras mutiladas. Caminando por el espejo se avivan memorias del miedo. Pero, aunque os fastidie, tengo mucha más inteligencia que vosotros, y la mitad de mi locura vale lo que el total de vuestra salud.

***

Pronunciáis y formáis, sin que sobrevivan, palabras babosas, hilos de baba, cenizas venenosas. Con la corola de la carne y la boca hinchada, con vuestras vidas fétidas que hieden a descomposición y a súbita pudrición de los dientes, os pavoneáis inconscientes ¡Cómo apesta el disfraz de vuestro orgullo de seres que se creen cultos y sabios! Y solo sois tipos de un valor infinitesimal.

***

Cuando me acuesto (yo, roído por el diluvio), no tengo otro deseo que morir, no volver a despertar, pero entonces vuelvo a despertarme y el proceso espantoso se repite durante medio siglo -los hombres me disparan, escupen y ríen de mí, mis ojos se alimentan del vidrio roto de las cosas.

Pensar que durante cincuenta años no deseé otra cosa que mirar una rosa sin que se pulverizase en mis ojos.

¡Ninguna capacidad musical!, ¡ninguna capacidad para la vida!

Charles 206

(Breve tratado sobre las alucinaciones)

La alucinación no es un simple error de los sentidos ni una imagen añadida al mundo. Solo es posible porque el cuerpo está ya en relación con un mundo; y cuando ese vínculo se altera, el sujeto no se queda sin mundo, sino que produce una especie de cuasi-presencia.

Lo alucinado no posee la articulación interna de lo percibido: le falta la plenitud, la resistencia, la coherencia de la cosa real. Sin embargo, no se presenta como imaginario, sino como algo que reclama presencia.

El comienzo no es aún el delirio formado. Es un estado en el que algo ha cambiado sin que pueda decirse qué. El mundo adquiere una tonalidad especial, una tensión, como si estuviera cargado de un significado que todavía no se revela.

Todo parece en suspenso, expectante. El enfermo siente que algo se aproxima, pero no sabe qué. No hay aún contenido, pero sí una atmósfera. No hay todavía objeto, pero sí una inquietud que invade la totalidad del campo de experiencia. La percepción auténtica posee un carácter de realidad que no depende de nuestra voluntad. Se impone.

Del mismo modo, en la alucinación verdadera, el sujeto no ‘imagina’, sino que ‘percibe’. La experiencia se le da con el mismo carácter de imposición que la percepción normal. No puede modificarla ni suprimirla a voluntad; la padece.

Lo esencial no es el contenido, sino ese carácter de realidad que acompaña a la experiencia. Las voces no son meros pensamientos o recuerdos. Se experimentan como algo ajeno, autónomo, dotado de intención. Hablan, comentan, ordenan, discuten. El sujeto no las produce: las recibe. Y esa ajenidad es precisamente lo que las distingue de la vida interior normal.

El mundo se transforma en un escenario enigmático. Lo familiar se vuelve extraño sin dejar de ser reconocible. Todo parece cargado de significado, como si cada detalle fuera una señal dirigida al sujeto. No es que aparezcan nuevos objetos, sino que el modo de aparición de los objetos cambia radicalmente.

El alucinado es un hombre que tiene la convicción íntima de una sensación actualmente percibida, cuando ningún objeto exterior actúa sobre sus sentidos. Para él, la imagen no es una representación: es una percepción. Vive en un mundo que se le presenta con la misma evidencia que el mundo real. Hay momentos en los que la realidad pierde consistencia, como si estuviera hecha de una materia demasiado ligera.

Entonces todo se vuelve posible, pero nada es seguro. El mundo no desaparece: se vuelve incierto, como si no tuviera suficiente ser para sostenerse.

***

Aluciné a las cinco y media de la mañana y, lentamente, las imágenes y voces fueron perdiendo pregnancia, se fueron, paulatinamente, deshilachando y deshilvanando. Ahora leeré las entrevistas de «The Paris Review», dos volúmenes, Acantilado. Desarrollo mi rareza psíquica no sin pesar. Oigo trinar los pájaros fuera de mi pazo. Un nuevo día brota. Es extraña la vida.

Charles 205

Umberto Eco, gran bibliófilo, habló de su biblioteca en términos que rozan lo metafísico: “Una biblioteca privada no es un apéndice del yo, sino una extensión de la mente. Los libros no leídos son mucho más valiosos que los leídos: son la reserva de lo posible, el mapa de lo que aún no sabemos”.

Y añade —esto es esencial—: “La biblioteca no está hecha para exhibir lo que sabemos, sino para recordarnos constantemente lo que ignoramos”.

En mi caso, con 20.000 o 25.000 volúmenes, esa idea se vuelve casi vertiginosa: mi obra no es un conjunto de certezas, sino una organización del desconocimiento.

Alberto Manguel, lector profesional y hombre de bibliotecas, escribe: “Toda biblioteca es autobiográfica. Está hecha no solo de lo que hemos leído, sino de lo que hemos soñado leer. Es un relato en suspenso, una promesa de tiempo futuro”.

Y en otro pasaje: “Los libros que aún no hemos abierto son los que más intensamente nos pertenecen: son los que todavía pueden cambiarnos”.

Esto introduce una dimensión muy importante en mi caso: mi biblioteca no es solo pasado acumulado; es un futuro diferido, la vida que aún podría desplegarse.

Virginia Woolf: “Nada es más extraño, más misterioso, que una estantería de libros. Allí están los restos de innumerables mentes, los ecos de vidas pasadas, y sin embargo parecen esperar, en silencio, a que alguien los despierte de nuevo […] Cada libro, al volver a abrirse, trae consigo no solo sus palabras, sino el tiempo en que lo leímos, la habitación, la luz, el estado de nuestro espíritu”.

George Steiner: “En una época que ha perdido muchas de sus certezas religiosas, la biblioteca personal se convierte en un santuario. Allí se guarda lo que ha sido pensado con mayor intensidad, lo que ha resistido el paso del tiempo”.

Una gran biblioteca es una vida paralela: contiene lo que hemos sido, lo que podríamos haber sido y lo que ya no seremos nunca. Es una obra sin firma, pero no sin autor: el autor es el tiempo que hemos decidido dedicar a aquello que nos excede.

Charles 204

Aldous Huxley

“Bajo el efecto de ciertas músicas, el mundo parece adquirir una intensidad desconocida. Los objetos más simples se cargan de una presencia casi sagrada, como si cada cosa revelara una profundidad que normalmente permanece oculta. No es que la música añada algo al mundo, sino que modifica la estructura de nuestra percepción. Nos hace ver —oír— más, sentir más, ser más conscientes de lo que ya estaba ahí. Es una expansión de la sensibilidad que roza lo visionario”.

Vladimir Nabokov

“Hay pasajes musicales que producen en mí una sensación casi insoportable de plenitud, como si el tiempo se detuviera y cada instante adquiriera una densidad extraordinaria. No es una emoción simple, sino una especie de hiperconciencia en la que todo se vuelve más preciso, más luminoso. En esos momentos, el mundo parece reorganizarse según una lógica secreta, y uno tiene la impresión de haber accedido a una forma superior de percepción, en la que la belleza no es un adorno, sino la estructura misma de la realidad”.

Thomas Mann

“La música posee una ambigüedad profunda: eleva y seduce, pero también puede apartar al hombre de la claridad del espíritu. En su poder de sugestión, en su capacidad de abolir las distancias críticas, hay algo de hechizo. Quien se abandona a ella sin reservas experimenta una forma de transfiguración en la que el yo se diluye en una corriente emocional que lo sobrepasa. Y en ese abandono hay grandeza, pero también riesgo: el de perder la medida, el de confundir la intensidad con la verdad. La música puede hacernos sentir más vivos, pero también más indefensos ante lo irracional que habita en nosotros”.

Marcel Proust

“Y de pronto, como si el músico hubiera buscado, más allá de las notas, el alma misma que en ellas se escondía, la frase musical se elevó, se desplegó en el aire con una gracia sobrenatural, y yo sentí que algo en mí —algo que no había vivido aún— encontraba su forma. No era un recuerdo, ni un pensamiento, sino una región de mi ser que hasta entonces había permanecido muda, sin nombre, sin acceso. La música no me decía algo: me convertía en aquello que escuchaba. Me hacía ser de otra manera, más intensa, más verdadera, como si mi existencia habitual no fuera sino una versión empobrecida de una vida más profunda que solo ella podía convocar”.

***

A veces la música parece comprendernos mejor que nosotros mismos. No dice nada que podamos repetir, pero expresa con una exactitud insoportable aquello que llevamos dentro.

Hay días (hoy, con intensidad, es uno de ellos) en que todo parece vacío, sin relieve, sin sentido, como si el mundo fuera una figura aplastada y húmeda de cartón. Entonces la música —una música lenta, grave— comienza a llenar ese espacio, no con solo un contenido, sino con una vibración que lo hace perceptible.

No desaparece la tristeza; al contrario, se vuelve más nítida, más presente. Pero ya no es un caos informe, la tristeza ya no es un desorden nostálgico: adquiere una especie de contorno, como si pudiera ser contemplada desde dentro.

Hay en ciertas músicas una tristeza tan perfecta que uno desearía no salir de ella. No porque sea agradable, sino porque posee una coherencia que la vida rara vez ofrece.

La música triste no cura: perfecciona el dolor, lo vuelve casi bello, casi necesario.

Y en esa contemplación hay algo parecido a la calma, cierto apaciguamiento interior, aunque no sea estrictamente felicidad.

Charles 203

Terminé los significados. No hay retorno afectivo a lo que creí el proyecto de mi vida: escribir libros. Ultimé el undécimo y me siento vacío. Todo me parece igualmente inútil, incluso aquello que más amé. Es como si hubiera agotado el significado de las cosas sin haber vivido su sustancia. Uno queda frente a lo esencial: una vida que no se justifica por sí misma. Escribir me sostenía. Ahora siento que incluso eso se me escapa. Ya no puedo apoyarme en nada. Lo que era núcleo se vuelve exterior.

***

No remonto. Soy incapaz de vivir con los hombres. Como si me hubieran dejado fuera de la construcción del mundo y ahora tuviera que imitar gestos cuya lógica desconozco. No participo: desaparezco.

A veces me parece que no soy nadie en absoluto; que no hay centro en mí, sino solo percepciones que pasan, se rozan y se disuelven. Y entonces pienso: ¿quién siente esto? Y no hay respuesta. Mi existencia, considerada en sí misma, no tiene más valor que la de cualquier insecto que nace y muere sin dejar rastro.

Todo lo que hacemos es ridículo. Pensar, escribir, hablar… todo carece de fundamento. Nos movemos dentro de una farsa que solo se sostiene porque nadie quiere admitir su vacío.

***

No soy del todo libre mentalmente. Hay verdades que prefiero no soportar, mi lenguaje interior no está limpio del todo, y no me desprendo de la inercia y presión invisible del mundo.

La mayoría de las conciencias no piensa: repite. La libertad mental comienza cuando uno advierte hasta qué punto su pensamiento está compuesto de fragmentos ajenos. Michel de Montaigne escribió:

“La mayor cosa del mundo es saber ser dueño de uno mismo. No seguimos nuestras propias ideas: seguimos las de otros, y vivimos como arrastrados por el torrente común.”

Aquí la libertad no es crear ideas originales (eso es secundario), sino interrumpir la obediencia automática. Pensar por cuenta propia es ya una forma de resistencia.

Me resulta dolorosa esa música cognitiva de Montaigne por la desafinación de mi lenguaje interior.

***

Me duele escribir sobre Noelia. Ahora ya está en la playa del universo, en un cielo galvanizado de rosas. D.E.P.

Lo que quiero resaltar es el repugnante circo mediático que se montó con su suicidio. Se transgredieron elementales principios de decencia y privacidad.

Susan Sontag: “Hay algo obsceno en la contemplación del dolor ajeno cuando no se traduce en acción. Ver demasiado puede insensibilizar. La imagen del sufrimiento puede convertirse en una forma de consumo, una experiencia más entre otras”.

El medio no necesita mentir: le basta con intensificar. Donde hay un hecho, introduce una escena; donde hay una escena, introduce una emoción; donde hay una emoción, introduce repetición. Y así, sin necesidad de falsificar del todo, logra algo más eficaz: vuelve irrelevante la verdad. El mundo no desaparece: se vuelve indistinguible de su caricatura.

Descansa, Noelia. El hombre no es bueno ni noble. Descansa en la dulce refracción de las estrellas.

LIMINAR A «EL LÓGICO DE LA MORGUE»

LIMINAR A «EL LÓGICO DE LA MORGUE»

Las reuniones en mi infancia eran una proliferación de detalles: vestidos que parecían pintados más que cosidos, voces que se entrelazaban como hilos de música ligera, y en el fondo, siempre, la conciencia de que todo aquello era ligeramente maravilloso. Estaban llenas de una luz oxigenada, de conversaciones que flotaban como lebreles del viento, de adultos que parecían pertenecer a un mundo perfectamente ordenado. Solo más tarde comprendí que aquella perfección era ya una forma de futura decadencia.

Los sabores de aquellas tardes infantiles de mis cumpleaños —el dulzor de los pasteles, la ligereza de los refrescos, el aroma tenue de las flores que adornaban la mesa— no eran para mí simples sensaciones, sino como signos que se imprimían en mí con una fuerza que no comprendía entonces, pero que más tarde habría de reconocer como el verdadero tejido melancólico de mi vida

Desde joven todo cambió. Brotó la rata negra de la psicosis. La enfermedad mental no detiene el tiempo: te detiene a ti. Y entonces el tiempo —indiferente— adquiere una cualidad cruel, porque sigue avanzando sin tu participación. Yo estaba enfermo y el mundo no lo estaba. Esa fue la primera injusticia. El enfermo vive en una especie de presente inmóvil, mientras los otros habitan el fluir del tiempo. Para él, cada día no es un paso, sino una repetición. Sentía que la vida era un tren al que ya no pertenecía: podía oírlo, incluso verlo alejarse, pero no tenía ya el derecho ni la fuerza de subir a él. Uno queda retenido en una estación interior, mientras la biografía de los demás progresa.

Las fiestas me parecían desde entonces un exceso de afirmación. Yo no tenía nada que afirmar. Rehusaba asistir a celebraciones no por desprecio, sino por incapacidad: hay estados del alma que no toleran la alegría ajena sin sentirse violentados. No ir a una fiesta es a veces la única forma de no mentir, porque hay días en que el simple hecho de felicitar a alguien se convierte en una impostura intolerable. La alegría obligatoria es una tiranía suave, pero una tiranía.

Cuando la vida se vuelve demasiado dura, demasiado confusa, uno puede refugiarse en los libros y la escritura, donde todo —aunque no sea más sencillo— es al menos más verdadero. Escribo para no estar completamente solo.

Hoy, 25 de marzo, acabé de escribir mi undécimo libro. Me regalé una botella de champán y bebí a sorbitos dos copas. Por cierto, así es como se deben leer mis libros; no de corrido, sino en sucesivos pequeños sorbitos. En cada burbuja asciende un mundo diminuto que estalla con una precisión casi cruel en el paladar, dejando tras de sí una sensación que no es exactamente placer, sino algo más refinado: la electricidad del placer. Primero la frescura, luego una ligera aspereza que se disuelve, y finalmente una expansión casi imperceptible que, más que placer, produce una forma de atención. El champán no exalta: obliga a percibir y atender.

Ojalá que en el futuro se atiendan y perciban mis libros.

SOLAPA INTERIOR A «EL LÓGICO DE LA MORGUE»

Christian Sanz estudió en universidades barcelonesas y estadounidenses. Su válvula pilórica es un barómetro perfecto de la decadencia moderna. Cada vez que el mundo se hunde un poco más en la vulgaridad, se cierra, se rebela, protesta en silencio.

Christian es un piojo, como todo el mundo. Su vida empírica le pareció pobre, repetida e insuficiente, y buscó en los libros no una evasión, sino una intensificación: una forma —quizá ilusoria— de vivir más y mejor. Cree —con reservas— que eso valió la pena.

Vivimos en una época en la que todo es posible, y nada es necesario.

Christian fue, y sigue siendo, un estudiante perpetuo: cuanto más aprende, más precisa se vuelve la conciencia de la extensión de su ignorancia, y más diminuto —casi nulo— el alcance de su saber.

Y, sin embargo, sigue leyendo.

CONTRATAPA A «EL LÓGICO DE LA MORGUE»

CONTRATAPA A «EL LÓGICO DE LA MORGUE».

«Toda mi obra es una única autobiografía mitificada. Escribo siempre el mismo libro, bajo formas distintas», afirma el autor del libro que el lector tiene entre sus manos, el undécimo de la serie, «El lógico de la morgue».

Fiel a una visión, el escritor auténtico no produce obras: desarrolla obsesiones …o tentativas de obsesiones. El autor rechaza la idea de la producción mecánica y, ciertamente, hubiera preferido un solo libro que sobreviva a cien que se olviden. Se publica demasiado. La inflación de palabras amenaza con vaciar el lenguaje de sentido.

Nadie lee libros serios. Si uno se fija en los libros que los lectores compran en las librerías o piden en una biblioteca, la depresión puede llegar a psicosis. Mucho colorín y nada de latín.

El mundo moderno no es trágico, es administrativo. La muerte ha sido sustituida por la gestión. Todo continúa, pero sin finalidad, sin impulso, sin necesidad interior. Una civilización que ya no cree en el sentido de sus palabras está condenada a multiplicarlas indefinidamente. Se escribe y habla de más porque ya no se dice nada.

Queremos cultura sin tradición, libertad sin disciplina, inteligencia sin verdad. El hombre moderno quiere gozar de las consecuencias de una civilización cuyas causas ha rechazado.

Adiós, esfuércense y buena suerte.

Charles 202

Desearía una prosa rica, abundante, material, casi táctil, de una plasticidad extraordinaria. Sin quincallas de tosca sequedad ni deshilachada pobreza: todo color, sonoridad. Donde cada frase parezca modelada con un cuidado extremo, como si quisiera apurar todas las posibilidades del idioma. Un nevero bajo un cielo de zinc, un azul de Patinir, donde el agua misma —ese elemento traicionero, móvil, y corruptor de formas— aparezca domesticado, convertido en un espejo disciplinado que devuelve, sin rebeldía, la arquitectura de Venezia.

Iluminar hallazgos como si las palabras nacieran en ese instante, e ir arrastrando cadencias, donde los tejidos de esas cadencias —sedas, brocados, terciopelos— no fueron objetos musicales, sino acontecimientos ópticos. El ritmo no caería sobre ellos: se rompería en ellos, se fragmentaría, se multiplicaría en destellos que parecen escapar de cualquier intento de fijación. Y que el ojo del lector no reposara, se arrastraría de detalle en detalle de la incendiada masa verbal.

Una prosa de kirsch de cereza que deja un leve sabor ácido en la boca. De modulaciones continuas, impulsada por una energía en pinceladas sucesivas. Barandillas historiadas, ensortijados dedos, cúpulas naranjas del viento.

Charles 201

Me fabrico como máquina estilística o coro de voces con una prosa capilar y esponjosa. Hay un Christian colérico y otro piadoso, uno razonador lógico y otro visionario entre los enjambres poéticos. Demasiado bueno para mi tiempo. Y un autor de soporíferos coñazos. Deformo y critico, o estilizo y muestro, manipulo con sarcasmo aristocrático o siento compasión por los humillados y ofendidos, por los locos y desheredados, hasta volver físico ese malestar social. Pocas veces mi lenguaje es crudo y obsceno, pero puede ser -también conmigo mismo- violento. Parodio y caricaturizo a políticos y reyes y burgueses genopáticos, a tontos, horteras e incultos, aunque soy consciente de mis altos privilegios de clase. Finjo más locura de la que verdaderamente debiera admitir. Y sé que incomoda mi lucidez amarga o mi dolor estilizado.

Christian Sanz es, ante todo, un hombre de ideas claras, cartesianas. En una época en que el pensamiento se disuelve en vaguedades sentimentales, él representa la voluntad de forma, el gusto por la definición precisa. Su prosa no es un cauce donde el pensamiento fluye descontrolado y a borbotones: es un hermoso molde donde la idea se fija. Escribe mucho y aparentemente muy rápido, pero reflexiona con ahínco antes de escribir y ninguna de sus páginas es puramente ocasional. Todo responde a una arquitectura secreta, bien trabada. No hay en él abandono ni descuido.

Hice de la conciencia humana, de mi egotista conciencia, mi territorio. Allí donde otros se contentaban con registrar acciones de especie generacional o sociológica, yo intento penetrar en las zonas más delicadas de la percepción, en los matices más sutiles de mi ego.

Atento a la frase deliberada, esa que me brota en colores. Crezco, me ramifico, miento, me repliego, plagio. Mi sensibilidad roza lo patológico, pero ha sido embridada por una inteligencia rigurosa. Una corriente me arrastra abajo y otra corriente arriba. Mi esquizofrenia no es mi identidad, pero es el lugar desde el que escribo. No quiero curarla con la prosa, pero quiero comprenderla, mirarla de frente, hacerla hablar. Convertí mi vida en un teatro verbal. A veces hago de la intimidad un bochornoso espectáculo.

Permítanme que les hable con la mano en el corazón: la tradición romántica embelleció el suicidio, lo convirtió en gesto heroico o estético. Pero la realidad es más áspera: no hay grandeza, sino desgaste, agotamiento, una erosión progresiva de la capacidad de vivir. En el extremo de la experiencia, el lenguaje se vuelve insuficiente. Sin embargo, algunos escritores —los más exigentes— no abandonan el lenguaje, sino que lo fuerzan hasta el límite para decir lo que parece indecible. En eso estamos, escribiendo y sobreviviendo.