Charles 200

En Benet la dificultad parece elevada a principio constructor y regla única. Pero, maticemos, no toda dificultad es fecunda: existe una oscuridad que nace de la complejidad, y otra que nace de la indecisión o del exceso. A veces su prosa parece complacerse, con un elitismo algo napoleónico, en no ser comprendida. La frase benetiana se dilata hasta el límite de su propia resistencia. Incisos, subordinadas, rodeos: la sintaxis se convierte en un intrincado laberinto donde el lector no avanza, sino que se pierde. Y no siempre esa pérdida es significativa. Sus personajes se desdibujan en la densidad del discurso. Más que individuos, son soportes, excusas de una reflexión que se impone sobre ellos. La novela se vuelve así una prolongación del ensayo. La dificultad, cuando se convierte en sistema, corre el riesgo de volverse previsible. Lo que en principio es desafío termina siendo hábito: el lector aprende a esperar la oscuridad como un rasgo fijo. La lectura de Benet exige un esfuerzo constante que no siempre se ve recompensado. Hay páginas en las que la densidad verbal no se traduce en intensidad, sino en un hermetismo pesado.

Charles 199

La prosa de Gabriel Miró no admite prisa. Exige una lectura demorada, casi contemplativa. Cada palabra ha sido elegida con una precisión extrema, como si cualquier alteración pudiera destruir el equilibrio del conjunto. Su estilo no reproduce el mundo, lo vuelve a hacer, lentamente, con una paciencia delicada y amorosa. Su dificultad no es gratuita: responde a la necesidad de expresar lo que no puede decirse de otro modo. No se trata de contar, sino de hacer sentir. Su escritura se acerca más al tacto que a la idea. Visiones intensas y sensaciones depuradas. Instantes en que las cosas empiezan a revelarse.

La prosa de Pérez-Reverte posee una eficacia indudable: fluye, avanza, sostiene la atención. Pero esa fluidez, que es su principal virtud, es también su límite. La frase no se detiene, no se repliega sobre sí misma, no crea resistencia. Es un estilo que transporta velozmente, pero rara vez obliga a pensar en el lenguaje. Hay en su escritura un tono reconocible, casi monolítico: una voz que afirma, que sentencia, que parece dominar siempre la materia que narra. Esa seguridad, que seduce a muchos lectores, empobrece sin embargo la ambigüedad y la vacilación que caracterizan a la gran literatura.

En Nabokov, la opacidad no es un defecto, sino una virtud. Su escritura resiste la lectura rápida, exige una atención constante, una relectura. Y en esa resistencia reside su grandeza. Su prosa es microscópica y, al mismo tiempo, expansiva, prolija. Nabokov representa una de las formas más altas de la inteligencia estética. Su escritura no busca convencer ni emocionar de manera directa, sino producir una experiencia de lucidez, de intensidad sensorial y mental.

Nabokov deja un repertorio de imágenes, frases y estructuras. Reverte, trama, escenas, historia, a menudo inanes y de un didactismo mecánico. En Nabokov el lenguaje se vuelve destino, en Reverte, fácil tránsito. Para Nabokov la literatura es una forma de percepción, para Reverte la literatura es solo una forma de relato.

***

“El sol caía en los huertos con una dulzura antigua. Las hojas de los limoneros tenían una luz quieta, como si el aire se hubiera detenido para escucharlas. Y en aquella quietud se sentía el latido de la tierra, un temblor escondido, una vida profunda que no se veía y, sin embargo, lo llenaba todo. Las palabras no bastaban para decirlo; había que demorarse, quedarse en el color, en el olor leve de la fruta, en la sombra tibia que se recogía bajo los árboles. Todo parecía estar en su sitio desde siempre, y, sin embargo, cada instante era nuevo, como si acabara de ser creado”, Gabriel Miró, «Nuestro padre San Daniel».

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita”, Nabokov, «Lolita».

“Lucas Corso cerró el libro y lo dejó sobre la mesa con cuidado. Luego encendió un cigarrillo y miró alrededor, evaluando el lugar con la atención de quien está acostumbrado a no confiar en nada ni en nadie. Había pasado demasiado tiempo entre libros peligrosos para ignorar que cada detalle podía ser importante. En su oficio, las cosas nunca eran lo que parecían a primera vista”, Pérez-Reverte, «El club Dumas».

Charles 198

Se ha extendido la idea de que escribir bien consiste en no llamar la atención sobre el lenguaje. Un lenguaje de teletipo periodístico y sin sabor ni relieve. Pero eso es una falacia: escribir bien es precisamente lo contrario, es hacer que el lenguaje sea insustituible, que la lengua no sea un producto de consumo, de mero usar y tirar, de una accesibilidad rutinaria y evidente, de solo mecanismos engrasados para entretener y no para explorar.

Un símbolo de esta hediondez lo representa las novelas de Ken Follet. Ritmo, sí, suspense, sí, el suspense de taller de plana universidad, la alternancia de escenas, los personajes planos -siempre de una cara- sin ambigüedad moral, el detalle documental de cartón piedra, pero ni un gramo de pensamientos e iridiscencias sobre el lenguaje. Millones lo leen, lo devoran, lo celebran, precisamente porque no ofrece resistencia, porque no obliga, porque no hiere, porque no exige, y esa ausencia de exigencia —que es su secreto y su triunfo— es también su más perfecta condena.

Su literatura siempre es una línea recta; la literatura verdadera siempre fue una curva, un desvío, un obstáculo, incluso un fracaso. Follet no fracasa nunca en ese sentido, y por eso mismo nunca logra nada. Las palabras no pesan, no resisten, no se rebelan. Pasan. Todo pasa. Y lo que pasa sin resistencia no deja huella, no se deposita, no se convierte en memoria. Se olvida con la misma facilidad con que se ha consumido.

La literatura no es un oficio respetable, de tipo bronceado y sonriente en su piscina, con su barbacoa y sus yorkshires, de ejecutivo millonario de las letras: la literatura es una forma de peligro. Todo lo que suene demasiado correcto, demasiado bien hecho, suele estar muerto. La verdadera novela no se somete a las expectativas del lector: las subvierte, las contradice, las pone en crisis. El lector de Ken Follet es guiado sin esfuerzo, pero también sin riesgo: todo está previsto, nada desborda.

El estilo es una forma de resistencia. Cuando no hay resistencia, no hay estilo, hay escritura corriente.

Charles 197

“Mi estilo no es natural: es una máscara deliberada, una construcción… cada frase debe tener la firmeza de un objeto tallado”, Nabokov.

La frase debe seguir el movimiento -sinusoides, parábolas, hexaedros- del pensamiento en toda su complejidad; simplificar es traicionar, ahuesar. La perfección estilística es incompatible con la vida: exige una vigilancia continua, una insatisfacción perpetua, una conciencia del límite; la tensión del arco. La claridad no es un valor en sí mismo… lo es la exactitud, aunque resulte ardua (bajo la transparencia se embosca mucha prosa que no levanta un palmo del suelo, mineral y baja en su usura)

¿Mi escritura? Mariposas nabokovianas. Siempre que me encuentro ante una línea de Christian, experimento una sensación de dicha que no puedo explicar del todo: es una mezcla de ternura, de curiosidad científica y de una especie de reconocimiento secreto. Como si esas pequeñas oraciones, vibrantes y efímeras, participaran de un orden más alto que apenas entrevemos. En su lenguaje hay dragones de azufre que embadurnan vocales, espuma de rubíes cruzadas en las consonantes, bultos de luz pronunciados en lagunas y jardines

Mi método consiste en degradar la realidad, en someterla a una fermentación secreta… hasta que revele su verdadera esencia, que no es visible a primera vista. Espeleología y obrador. Yo no escribo: corrijo, elevo. El acto de escribir es una larga corrección de lo que la lengua nos da de manera imperfecta. El escritor no debe someterse al lenguaje: debe deformarlo, forzarlo, hacerlo suyo, hacerlo íntimo como ropa húmeda femenina de la amada. Los tropos son contorsiones con la medida de tu elasticidad y agilidad. El estilo es una máscara… pero una máscara que revela más que el rostro. La frase debe avanzar como una obsesión, repetir, insistir, martillar… hasta que la verdad, o algo muy parecido, se imponga. Hasta que se imponga esa casi perfección de ti mismo. Las palabras tienen un cuerpo, una temperatura… debemos tocarlas, oírlas, sentirlas antes de colocarlas. Las palabras tienen colores, olores y tacto, caobas pulidas. La prosa debe ser como un tejido delicado donde cada hilo cuenta, donde nada puede sustituirse sin que el conjunto se resienta.

Mi lenguaje es un jazmín de oro puesto en pie, una columna de cellisca de madrugada, plata y sabor de las frutas.

Soy -algunos lo discuten- el mejor y más desconocido escritor de España.

Charles 196

El estilo del bestsellerista se reconoce por su docilidad y comodidad de forma: no irrita, no resiste, no obliga a detenerse. Es una prosa que se desliza como una superficie pulida, sin aristas, sin accidentes; por una pendiente al peor didactismo. Y en esa fluidez aparente reside su mayor pobreza: no deja huella, no produce pensamiento, no modifica al lector. La lengua antes de ellos queda exactamente igual que después de ellos. No hay torsión, hay nulos hallazgos expresivos. Hay sucesión y flujo de obviedades que nada exigen.

«-Calla -lo interrumpió ella-. No existe el pasado. No hay nada que perdonar. Empecemos a vivir desde hoy. Mira -le dijo separándose y cogiéndole de una mano-, el mar. El mar no sabe nada del pasado. Ahí está. Nunca nos pedirá explicaciones. Las estrellas, la luna, ahí están y siguen iluminándonos, brillan para nosotros. ¿Qué les importa a ellas lo que haya podido suceder? Nos acompañan y son felices por ello; ¿las ves brillar? Titilan en el cielo; ¿lo harían si les importara? ¿Acaso no se levantaría una tempestad si Dios quisiera castigarnos? Estamos solos, tu y yo, sin pasado, sin recuerdos, sin culpas, sin nada que pueda interponerse en nuestro… amor», Ildefonso Falcones.

«He pasado noches deliciosas hablando, jugando con Albertina, pero nunca tan dulces como cuando la miraba dormir. Hablando, jugando a las cartas, tenía esa naturalidad que una actriz no hubiera podido imitar; pero la naturalidad que me ofrecía su sueño era más profunda, una naturalidad de segundo grado. Le caía el cabello a lo largo de su cara rosada y se posaba junto a ella en la cama, y a veces un mechón aislado y recto producía el mismo efecto de perspectiva que esos árboles lunares desmedrados y pálidos que vemos muy derechos en el fondo de los cuadros rafaelescos de Elstir. Si Albertina tenía los labios cerrados, en cambio, tal como yo estaba situado, sus párpados parecían tan disjuntos que yo hubiera podido preguntarme si estaba verdaderamente dormida. Pero aquellos párpados entornados daban a su rostro esa continuidad perfecta que los ojos no interrumpen. Hay rostros que adquieren una belleza y una majestad inhabituales a poco que les falte la mirada.

Yo contemplaba a Albertina tendida mis pies. De cuando en cuando la recorría una agitación ligera y inexplicable, como el follaje que una brisa inesperada sacude unos instantes. Se tocaba el pelo, pero no se contentaba con esto y volvía a llevarse la mano a la cabeza con movimientos tan seguidos, tan voluntariosos, que yo estaba convencido de que iba despertarse. Nada de eso: volvía quedarse tranquila en el no perdido sueño. Y permanecía inmóvil. Había posado la mano en el pecho con un abandono del brazo tan ingenuamente pueril que, mirándola, me tenía que esforzar por no sonreír con esa sonrisa que nos inspiran los niños pequeños, su inocencia, su gracia. Conociendo como conocía varias Albertinas en una sola, me parecía ver reposando junto a mí otras muchas más. Sus cejas arqueadas como yo no las había visto nunca rodeaban los globos de sus párpados como un suave nido de alción. Razas, atavismos, vicios reposaban en su rostro. Cada vez que movía la cabeza, creaba una mujer nueva, a veces insospechada para mí», Proust.

Falcones avanza con eficacia; las cosas ocurren; transcurren paralelas al tiempo del lector; pero ese avance deja tras de sí un vacío, esas cosas que ocurren en cambio no permanecen, el lector olvida lo que lee a medida que lo va leyendo. Falcones es complaciente: frases y retórica fáciles, emoción elemental. El autor de «La catedral del mar» simula claridad engañando a la literaturiedad. Su voz avulgarada y uniforme evita cualquier asomo de singularidad, su prosa deviene clichés formularios. Prosa sin fiebre y sin peligro. Prosa sin matiz y sin espesor. Prosa como un espejo sin profundidad, de argumento y sin lenguaje, de organización pedestre. Todo está ya dicho antes de ser dicho: la emoción llega formulada, el sentido anticipado, la imagen cerrada. Nada obliga a volver sobre una línea, nada exige una segunda lectura. El lenguaje no modifica la experiencia, solo la transporta.

En Proust ocurre lo contrario: cada frase abre una demora, introduce una resistencia, obliga a mirar de nuevo. La percepción no se da hecha, se construye. El tiempo no pasa: se pliega, se reorganiza, se vuelve visible en su propia complejidad. Lo que en uno se consume, en el otro se transforma.

Ahí —y solo ahí— empieza la literatura.

Charles 195

Hay un momento —tan leve que apenas puede fijarse en los párpados— en que los árboles dejan de ser invierno sin llegar todavía a ser primavera. No han florecido, pero ya no están del todo desnudos. Algo en ellos se insinúa, una vibración contenida, una energía equinoccial, como si el tiempo dudara antes de decidirse. Y esa duda es quizá lo más hermoso: no la plenitud, sino el instante previo, cuando todo está a punto de suceder y aún no ha sucedido. Es la transformación silenciosa y secreta. Los brotes de savia ardiendo que nos invaden de vida.

El tiempo parece hacerse más lento, más denso, más verdadero, el sol calienta amablemente el cuerpo. Variaciones microscópicas para una atención eficaz y disciplinada. Indicios de pelusilla verde en la flor, tensión de muy pequeños capullos en las ramas, botánica de bulbos, blancos y bermellones pálidos. La dulzura que se viste como una dama coqueta. Expectación secreta, como si una materia invisible comenzara a circular en las ramas. No florecen: se transforman en algo que todavía no tiene nombre.

Algo se está organizando, y en esa organización hay como una impostura inevitable: la naturaleza cree fingir una espontaneidad que en realidad está regida por una compulsión obsesiva. Todo se cubre de una gracia excesiva, levemente teatral. La vida es una violencia con máscara de belleza. Fuerza de la tierra y del viento, y tardes largas, ligeras y luminosas. No es aún la floración, pero ya no es el invierno. Es el momento en que lo vegetal y sexual comienza a hacerse visible.

Charles 194

Los pájaros, aquí en la Ribeira Sacra, atraviesan el aire como pensamientos que no llegan a formularse. En el vuelo de un pájaro hay más verdad que en muchas obras humanas. No porque sea perfecto, sino porque obedece sin desviación a una ley que no necesita explicarse. Y no permanecen: pasan. Y en ese pasar dejan una impresión tan leve que parece que no ha ocurrido nada, y sin embargo el mundo queda ligeramente alterado, como si hubiese sido tocado por algo que no puede retenerse. El canto de ciertos pájaros no se limita a ser oído: se infiltra en la sangre, la desordena, la despierta. De pronto, un sonido breve, casi insignificante, restituye un paisaje entero, una emoción infinita, un yo que creíamos perdido. Escucharlos es atender a esa vibración mínima del tiempo que, por un instante, se hace audible. Tiempo de luz con forma, música y función. Tiempo agudo y nervioso, de crispados gestos en la adolescencia del aire.

Al igual que Nabokov, descreo de mitos de canciocillas, de moralistas políticos, o de líricos irreflexivos que presuponen los pájaros como símbolos de libertad; a mi juicio los pájaros son temas de percepción y dinámica de fluidos, de perspectiva y teorema de Bernoulli. Lo verdaderamente fascinante no es que vuelen, sino cómo lo hacen: el ángulo preciso, la interrupción, el atávico batir de alas, la manera en que el aire se pliega en torno a su cuerpo con una exactitud que ninguna máquina ha logrado imitar sin torpeza. Mirar un pájaro es asistir a una coreografía de leyes físicas en su superior ejecución. Escribirlo exige una disciplina semejante: no añadir emoción edulcorada, no simplificar el fenómeno a ripios de ocasión, no traicionar la exactitud de la majestuosidad togada de sus instantes.

El pájaro es una conjetura que el mundo lanza al cielo para probar la posibilidad de la ligereza. No pesa, no duda, no explica: atraviesa el aire como si el espacio fuese una aventura cumplida. El hombre, en cambio, necesita justificar cada uno de sus movimientos, y en esa necesidad se pierde lo esencial.

El pájaro no enseña nada, y sin embargo lo dice todo: que la belleza no se sostiene, que pasa evanescente como los siglos de la historia. Los pájaros no pertenecen del todo a este mundo. Son como fragmentos de una realidad anterior que, de vez en cuando, se infiltran en la nuestra. Su vuelo no es un desplazamiento, sino una especie de deriva en el espacio, como si el aire fuese una sustancia más densa, más íntima, que los sostiene con una familiaridad que nosotros hemos perdido. Mirarlos es recordar —sin saber qué— que hubo un tiempo en que el mundo era más ligero.

Tal vez nunca vemos un pájaro, sino la idea que de él nos formamos en ese momento, y esa idea está siempre contaminada por lo que hemos sido, por lo que tememos perder, por lo que ya no volverá.

Charles 193

Las flores no son nunca simples adornos. Están ahí como pequeñas interrupciones, variedades sin confusión, formas breves de la perfección, delicadezas sin debilidad, y recuerdos del tiempo. Una rosa en un vaso no es una rosa: es el recuerdo de todas las rosas, las de la infancia, del verano, de las rojas tardes morosas de lectura. Y sin embargo, su presencia es inmediata, obstinada, de belleza casi impersonal, esperando que nosotros les demos un sentido.

Al igual que Nabokov, las flores no me interesan como símbolos —eso es una vulgaridad sentimental y kitsch—, sino como problemas o ejercicios de percepción. Una flor es un acontecimiento óptico de extremo estudio lógico-matemático: el ángulo de un pétalo, la vibración -indecisa y enmascarada de carcajada- de un color que no existe en ninguna paleta humana, el modo en que la luz queda atrapada en su superficie como en una trampa minuciosamente dispuesta para la magia. Al observarlas, no pienso en su fragilidad ni en su destino, sino en la proeza de su exactitud. Escribir sobre una flor, sobre su pompa y muecas de gracia, exige la misma disciplina que describir un recuerdo o una parábola: intentar no añadir nada, procurar no simplificar nada, y no traicionar el milagro del detalle minucioso y coloreado de la fórmula.

Las flores son el lujo inútil del mundo, y por eso mismo su mayor verdad. No sirven para nada —y ahí reside su elegancia—: pura piel de color, pura frivolidad alegre, italiana y vegetal, puro capricho de la naturaleza que, de pronto, se pone literaria. Hay en ellas algo de mujer voluptuosa y algo de infancia en el campo, algo -también- de herida que se disfraza de belleza. Yo las miro y pienso que la vida, en sus mejores momentos, se parece a una flor: intensa, breve, innecesaria y absolutamente imprescindible.

Son una hipótesis de belleza tomista que el mundo ensaya por un instante. No dura, no insiste, no se defiende: aparece con una gracia inesperada y desaparece sin protestar. Tienen el sabor de las estaciones felices. Huelen a verano, a siesta, a cuerpos dorados por el sol y a tardes que parecen no terminar nunca. El hombre, que no sabe aceptar esa ligereza, intenta fijarla, nombrarla, domesticarla; pero en ese gesto la pierde. La flor solo existe plenamente mientras no se la retiene, mientras se la deja ser ese breve relámpago que ilumina —sin explicarse— la oscuridad del mundo.

Una luz que se queda adherida a la piel como un recuerdo que no se quiere ir.

Charles 192

Las flores no son nunca simples adornos. Están ahí como pequeñas interrupciones, variedades sin confusión, formas breves de la perfección, delicadezas sin debilidad, y recuerdos del tiempo. Una rosa en un vaso no es una rosa: es el recuerdo de todas las rosas, las de la infancia, del verano, de las rojas tardes morosas de lectura. Y sin embargo, su presencia es inmediata, obstinada, de belleza casi impersonal, esperando que nosotros les demos un sentido.

Al igual que Nabokov, las flores no me interesan como símbolos —eso es una vulgaridad sentimental y kitsch—, sino como problemas o ejercicios de percepción. Una flor es un acontecimiento óptico de extremo estudio lógico-matemático: el ángulo de un pétalo, la vibración -indecisa y enmascarada de carcajada- de un color que no existe en ninguna paleta humana, el modo en que la luz queda atrapada en su superficie como en una trampa minuciosamente dispuesta para la magia. Al observarlas, no pienso en su fragilidad ni en su destino, sino en la proeza de su exactitud. Escribir sobre una flor, sobre su pompa y muecas de gracia, exige la misma disciplina que describir un recuerdo o una parábola: intentar no añadir nada, procurar no simplificar nada, y no traicionar el milagro del detalle minucioso y coloreado de la fórmula.

Las flores son el lujo inútil del mundo, y por eso mismo su mayor verdad. No sirven para nada —y ahí reside su elegancia—: pura piel de color, pura frivolidad alegre, italiana y vegetal, puro capricho de la naturaleza que, de pronto, se pone literaria. Hay en ellas algo de mujer voluptuosa y algo de infancia en el campo, algo -también- de herida que se disfraza de belleza. Yo las miro y pienso que la vida, en sus mejores momentos, se parece a una flor: intensa, breve, innecesaria y absolutamente imprescindible.

Son una hipótesis de belleza tomista que el mundo ensaya por un instante. No dura, no insiste, no se defiende: aparece con una gracia inesperada y desaparece sin protestar. Tienen el sabor de las estaciones felices. Huelen a verano, a siesta, a cuerpos dorados por el sol y a tardes que parecen no terminar nunca. El hombre, que no sabe aceptar esa ligereza, intenta fijarla, nombrarla, domesticarla; pero en ese gesto la pierde. La flor solo existe plenamente mientras no se la retiene, mientras se la deja ser ese breve relámpago que ilumina —sin explicarse— la oscuridad del mundo.

Una luz que se queda adherida a la piel como un recuerdo que no se quiere ir.

Charles 191

Con el primer calor tenue de la primavera llega un despertar más sutil, como si los nervios mismos del mundo fueran tocados hacia una sensibilidad más fina. La luz parece alterarse—menos austera, más difundida—, como si se demorara amorosamente sobre las superficies. No es solo que las cosas crezcan, sino que empiezan a significar.

La primavera se desliza sobre mi aldea con una ligereza casi tímida; un temblor en el aire, un brillo en las hojas, como si algo largamente esperado hubiese llegado al fin, pero aún no se atreviera a declararse. Los árboles guardan sus brotes como secretos, y los pájaros pían más deprisa, como respondiendo a una llamada interior.

Los olores de tierra húmeda y de hojas nacientes, ascienden lentamente como una fiebre suave. Hay en el aire una voluptuosidad indecisa, una invitación oscura a vivir que se siente sin poder definirse. Las cosas parecen de pronto más próximas, más sensibles, como si el mundo se inclinara hacia nosotros.

La primavera enciende en los jardines una vibración de colores, como si cada flor fuese una llama breve, y el aire, cargado de esencias, se volviese casi visible. Todo parece transfigurado por una luz que no es del día ni de la noche, sino de un instante suspendido, donde la vida se ofrece con una intensidad casi dolorosa.

En mí, sin embargo, esa misma claridad no se limita a iluminar: insiste peligrosamente. Se vuelve presión, una forma de exceso que no siempre sé sostener. Lo que en las cosas es expansión, en mí se convierte a veces en desbordamiento; lo que fuera se ordena en una armonía delicada, dentro se tensa hasta el límite. Hay una euforia que no libera, una exaltación que aprieta como una mano demasiado firme. Y, aun así, no puedo sustraerme a su fulgor.

La primavera se derrama como un aceite dorado sobre las huertas, y cada cosa —las tapias, los árboles, los caminos— se impregna de una dulzura luminosa. Hay en el aire una caricia continua, una sensación de plenitud que se posa en los sentidos como una música lenta.

La primavera no es un estallido, sino una persistencia: el lento trabajo de la luz sobre las cosas, la repetición casi imperceptible de ciertos cambios. Lo que aparece como nuevo no es sino la variación de algo que ya estaba ahí, esperando. El mundo no renace: se modifica.