Charles 190

No duró ni ocho horas mi terminante e impulsiva decisión de dejar de escribir. Podría, sin duda, abstenerme de escribir, como se abstiene uno de comer o de respirar durante un tiempo; pero no indefinidamente. Hay en mí una presión, una necesidad inexorable y adherida a mi sangre, que no admite aplazamientos sine die. Callar sería una forma de mentira, una traición más profunda que cualquier exceso de palabra. No puedo callar. Pese a que nadie me lea y mis libros sean un absoluto y total fracaso estrepitoso, no puedo callar. Me resulta imposible.

He pensado muchas veces en dejar de escribir. No por pereza, ni por falta de ideas, sino por una especie de imposibilidad. Escribir me parece entonces una impostura, una actividad que se levanta sobre un vacío. Y sin embargo, en cuanto dejo de hacerlo, algo en mí se descompone, se tuerce y se desintegra. No escribir es mucho peor. Es como si me negara a mí mismo la única forma —aunque sea pobre e insuficiente— de existencia. Así permanezco: escribiendo contra la escritura, escribiendo sin lectores, traicionando cada día la vacilante decisión de no escribir más.

Me digo que ya he dicho demasiado, que mis palabras solo empobrecen. Me digo que el silencio sería más digno, más exacto, más maduro, más real. Pero esa resolución no dura. Es un mero impulso ocasional. Algo en mí se rebela contra ella. Vuelvo a escribir, sabiendo que es inútil, una gran estupidez, una tarea fútil, que es incluso una forma de auto-degradación. Se escribe siempre de más. Y sin embargo, no escribir sería peor: sería una perfecta rendición a la nada.

Escribo incluso para decir que no escribiré.

Charles 189

He perdido la facultad de escribir, o al menos así me lo parece. No porque no tenga palabras, sino porque las palabras no llevan consigo ninguna verdad. Se quedan en la superficie, como hojas secas. Y yo necesito algo que esté más hondo, algo que ahora no encuentro.

Todo lo que pienso me parece ajeno, como si no me perteneciera. Y así, escribir se convierte en una actividad mecánica, sin verdad. Prefiero entonces no escribir, porque escribir sin sentir es mentir.

Todo me parece ya dicho, arruinado antes de empezar. Escribir en ese estado es como añadir ruido a un mundo que ya es insoportablemente ruidoso. Escribir no es llenar un vacío, sino atender a una voz. Cuando esa voz se apaga, no queda nada que hacer.

No escribiré más, lo prometo

Charles 188

La depresión es la grieta en el amor. Es la ausencia en medio de la presencia. Las cosas que antes tenían sentido lo pierden, y no hay argumento capaz de restaurarlo. El mundo continúa, pero uno ha quedado fuera de él, como si hubiese sido expulsado sin ceremonia.

Nada consuela, porque nada logra atravesar esa distancia. No es una tristeza, ni siquiera una aflicción profunda; es algo mucho más cercano a una forma de tormento físico. Es como si una niebla negra descendiera sobre la mente, anulando toda capacidad de respuesta. Lo peor no es el dolor —aunque el dolor es intenso—, sino la imposibilidad de imaginar que ese dolor pueda cesar. Se pierde toda perspectiva, toda memoria del bienestar, y uno queda atrapado en un presente sin salida.

Veo mi vida ramificarse ante mí como el cerezo verde de la historia. De cada rama cuelga un futuro maravilloso, pero mientras me quedo sentado, incapaz de decidir, las hojas se marchitan y caen, una a una. No puedo elegir, y esa imposibilidad me paraliza. Así pasan los días, y yo sigo allí, mirando cómo mi vida se deshace.

Es como si estuvieras en una casa en llamas, pero nadie más ve el fuego. Y te dicen: ‘sal, es fácil’. Pero tú no puedes salir. No es una cuestión de voluntad. Es una imposibilidad estructural.

Soy infeliz. No siento nada que justifique seguir. La vida se ha vuelto una sucesión de horas vacías, perfectamente insoportables y absolutamente inútiles. No escribiré más.

Charles 187

Al despertar, siento inmediatamente una irritación sin causa precisa, como si el mero hecho de existir fuese ya una ofensa. Me levanto con desgana, cansado, con una especie de resentimiento hacia todo lo que me rodea, y sobre todo hacia mí mismo. El día no promete nada; es simplemente la continuación de una incomodidad que nunca cesa.

Tuve a las siete y cuarto un ataque de angustia que debí amortiguar con cinco gotas de Rivotril. Al abrir los ojos, todo vuelve: el tedio, la insuficiencia, los nervios, la imposibilidad de satisfacción, la enfermedad. Así, cada mañana es una confirmación de que nada ha cambiado y de que nada cambiará. Me despierto ansioso y con una especie de viscosidad en el pensamiento, como si las ideas estuviesen pegadas entre sí y no quisieran separarse. Todo es pesado, incluso los gestos más simples. No hay motivo para levantarse.

El sol entra, pero no ilumina; el cuerpo se levanta, pero el espíritu permanece tendido. Es como si la vida hubiese perdido su argumento y continuase por pura inercia. El despertar no es un retorno a la energía, sino a una forma más consciente de cansancio. La luz del día revela con mayor precisión la fatiga que la noche ha velado. Levantarse exige una voluntad que no siempre está disponible.

Me despierto con la impresión de que el día será inútil, exactamente como el anterior. No hay tragedia, pero tampoco interés. Solo una repetición gris, ligeramente más pesada cada vez. Levantarse es participar en una maquinaria absurda que uno conoce perfectamente, pero de la que no puede escapar.

Charles 186

Todos recordamos aquí en el pueblo a Christian. Algo excéntrico, tenía una educación y un trato exquisitos. No es que se pusiera a sonreír a todo el mundo, sino que sabía exactamente a quién, cuándo y cómo. La verdadera delicadeza no es universal: es precisa, como si en ese gesto hubiese siempre una lección implícita. Y por eso es tan rara. Exige más inteligencia que bondad, y más atención que entusiasmo.

A veces, para un buen observador, se le notaba algo sobreactuado y tenso, como si se filtrara el mucho dolor que todos sabemos que sufrió en vida. En la forma de dar las gracias, en la propina mecánica en los bares, a algunos nos parecía con un punto de tensión y reprimido dramatismo.

No solo honró a nuestro ayuntamiento haciendo que nuestros paisajes saliesen profusamente en sus libros, sino que siempre fue de una delicadeza de trato suprema. Un extravagante y un dandy a la vez.

Había en los modales de Christian —apenas perceptibles para quien no estuviese atento— una forma de generosidad más rara que cualquier don material. Era la delicadeza de no imponer jamás la propia presencia, de dejar al otro el espacio necesario para ser él mismo. Esa discreción, esa manera de retirarse ligeramente sin desaparecer del todo, constituía una de las más altas formas de la bondad.

Su verdadera cortesía no consistía en las fórmulas aprendidas, sino en esa disposición del espíritu que le hacía adivinar, sin esfuerzo aparente, lo que podía agradar o herir a otro. Hay personas que poseen este arte sin saberlo: su amabilidad no es un deber, sino una emanación natural de su sensibilidad. Y en su presencia, uno siente no tanto que ha sido tratado con atención, como que ha sido comprendido.

La verdadera amabilidad de Christian era siempre una elección estética. No se trataba de hacer el bien por obligación, sino de hacerlo con gracia. Un favor realizado sin encanto era apenas un deber cumplido; pero cuando se le añade un toque de estilo, se convierte en un acto de arte. Después de todo, lo que el mundo necesita no es solo más bondad, sino más belleza en la bondad.

Le cuadra como anillo al dedo a nuestro añorado escritor gallego-catalán la observación de Addison: “Hay una cortesía del corazón que es superior a todas las reglas de urbanidad. Consiste en una constante atención a los sentimientos de los demás, en una inclinación habitual a hacer su carga más ligera. Esta disposición, aunque se manifiesta en pequeños actos, produce los mayores efectos: suaviza la vida, reconcilia los ánimos y da a la sociedad ese aire de armonía que ninguna ley puede imponer”.

Quizá la amabilidad sea una de las últimas formas de resistencia en un mundo acelerado y grosero. No cambia las estructuras, pero cambia el tono de la existencia. Y a veces —solo a veces— cambiar el tono es ya empezar a cambiar el mundo

Le echaremos de menos.

Charles 185

Soy un exquisito de fondo, forma y opinión, de matiz y gusto. La época está dominada por una grosería satisfecha de sí misma, por una mediocridad que no solo se acepta, sino que se exhibe con orgullo. Todo se vueve uniforme, nivelado, trivial; el arte desciende al gusto brutal de la multitud, y la multitud, incapaz de elevarse, exige que todo descienda hasta ella. Yo, hastiado de esa nivelación universal, comprendo que el único refugio posible es el aislamiento, la celda monástica, una vida cuidadosamente separada de la estupidez reinante.

Son mías las solapas del smoking, el rico corazón de oro y jazmines, la luz de espuma tras mis visillos bordados. Intento abrazar a la luna en el río amarillo. Me irritan hasta el vómito vuestros clichés, el presente perpetuo sin profundidad temporal, la confusión entre popularidad y valor, la reducción del arte a producto, los espacios públicos sin estilo ni carácter, la ornamentación falsa, el chascarrillo como sustituto de la inteligencia, la estética hueca, el dramatizar lo trivial; y el léxico reducido, repetitivo, funcional, y las frases hechas en lugar de pensamiento, y la incapacidad de modular el tono, y el desprecio por la sintaxis. Yo quiero la plata serpenteando en mis tobillos, las colinas romanas y los pergaminos de las bibliotecas, las muchachas rubias con carmín y piel blanca.

La vulgaridad es la conducta de los otros. Nada es más peligroso que confundir lo popular con lo valioso. El gusto de la multitud no es una guia, sino una advertencia. Cuando una cosa agrada universalmente, conviene sospechar de ella: probablemente ha sido despojada de todo lo que la hacía singular. El arte verdadero no busca agradar, sino crear una sensibilidad que aún no existe.

La vida moderna tiende a la dispersión, a la trivialidad, a una sucesión de impresiones sin orden ni jerarquía. El peligro no es el exceso de sensibilidad, sino su ausencia: una especie de embotamiento que acepta todo sin distinguir nada. Solo una atención exquisita, una selección rigurosa de experiencias, puede salvarnos de esa vulgaridad difusa que amenaza con igualarlo todo.

Solo quiero quiero irme a vivir a Rembrandt y a las olas de cerezas de Bach.

Charles 184

Me asfixia vivir en estos tiempos romos, abajados, sin altura, donde triunfa la mediocridad y la grisalla analfabeta atroz. La vulgaridad no es solo fealdad; es una forma de agresión para quien ha aprendido a percibir matices. Degradación del gusto, del lenguaje, del pensamiento. Este tiempo mendaz en absoluto está a mi altura.

La mediocridad se ha convertido en la regla, y lo peor es que está orgullosa de sí misma. El desierto crece. ¡Qué época tan miserable aquella en la que hay que demostrar lo evidente! La multitud es como el agua: toma siempre el nivel más bajo. He nacido demasiado pronto o demasiado tarde para mi siglo.

Juvenal: “¿Qué puedo hacer en Roma? No sé mentir; si un libro es malo, no puedo elogiarlo ni pedir prestado lo que no quiero devolver […] Aquí, la honestidad es castigada, y el crimen prospera; la pobreza honrada es objeto de burla. Todo se vende: la lealtad, la justicia, la dignidad. Y quien no participa en esta corrupción es considerado un necio o un enemigo”.

Petrarca: “Vivo en una edad oscura, rodeado de sombras, donde el ingenio ha sido sofocado y la virtud ha desaparecido. […] Miro hacia atrás, hacia la antigüedad, y allí encuentro grandeza; miro a mi alrededor, y encuentro pequeñez. […] Nuestro tiempo no produce hombres, sino sombras de hombres”.

El mundo entero se desliza a la decadencia. Las costumbres se corrompen y el tonto juicio se debilita. Todo está al revés; se encumbra lo pésimo y lo bueno se desprecia. Los hombres perdieron el norte. Todo se vuelve trivial, rápido, superficial; el arte mismo se somete a la prisa y al comercio, y el espíritu pierde su gravedad.

Gregorio Magno: “Ecce iam mundus in senium vergit, et tamen in eo vitia iuvenescunt. Deficit virtus, et crescit iniquitas; languescit fides, et invalescit perfidia. Omnia quae olim erant robusta, nunc sunt infirma”, «He aquí que el mundo se inclina ya hacia la vejez, y sin embargo en él los vicios rejuvenecen. La virtud decae y crece la iniquidad; la fe languidece y la perfidia se fortalece. Todo lo que antes era vigoroso es ahora débil”.

San Cipriano: “Senuit mundus, et iam non est in eo vigor pristinus.

Deficit terra, deficit mare, deficit aer; omnia labuntur et cadunt.

Non est quod mireris si moritur mundus, cum ipse iam senectute consumptus sit”, “El mundo ha envejecido, y ya no tiene su antiguo vigor. La tierra desfallece, el mar desfallece, el aire desfallece; todo se desliza y cae. No debes sorprenderte de que el mundo muera, pues está consumido por la vejez».

León Magno: “Humanae conditionis fragilitas ad tantam devenit dissolutionem, ut nec pudor servetur nec disciplina teneatur. Omnia in licentiam versa sunt», “La fragilidad de la condición humana ha llegado a tal disolución, que ya no se guarda el pudor ni se mantiene la disciplina. Todo se ha vuelto permisividad”.

Charles 183

Ser aristócrata no es pertenecer a una clase, sino a una exigencia. Es elegir contra uno mismo, contra la facilidad, contra lo que halaga. La verdadera nobleza no se hereda: se conquista en cada gesto, en cada renuncia.

Toda forma de refinamiento conduce a la soledad. No porque el aristócrata la desee, sino porque no puede compartir aquello que ha aprendido a distinguir. Ver más es, inevitablemente, estar más solo.

La vulgaridad se impone por número; la exquisitez, por intensidad. No compiten: pertenecen a órdenes distintos.

Charles 182

Hay hombres que no pueden salir de la grosería. Sin urbanidad ni gusto. La desmesura zafia en el decir, la torpeza inculta en el obrar. Nos envuelve una acusada vulgaridad. Solo se tasa lo inmediato, lo útil, lo instantáneo. Palabras altisonantes y ruidosas, sin elegancia, el mal gusto orgulloso y deliberado.

La vulgaridad se fabrica y consume universalmente. El esfuerzo hacia lo elevado es excepcional. Todo lo que nos rodea está penetrado de vulgaridad. No hay refugio. La estupidez, el ruido, la grosería, se han convertido en el medio natural. Y lo más insoportable es que ya casi nadie las percibe.

Me refugio en la música y las letras. La exquisitez no es una acumulación de lujos, sino una forma de elegir. Saber decir no, rechazar lo que a otros satisface, apartarse de lo evidente. El gusto comienza donde termina la necesidad. Solo quien no necesita puede elegir, y solo quien elige con rigor alcanza esa rara forma de libertad que llamamos elegancia.

El gusto no nace: se adquiere. Es memoria, lectura, experiencia. Es haber visto mucho, haber amado mucho, haber rechazado mucho. Solo quien ha recorrido el mundo —o los libros— puede reconocer lo excepcional. Un hombre sin memoria estética está condenado a la repetición de lo vulgar. Cree descubrir lo que ya ha sido mil veces dicho, celebrado, consumido. La exquisitez exige conciencia del pasado.

El verdadero refinamiento es silencioso. No necesita proclamarse. Solo lo vulgar se anuncia, se impone, se repite. Lo exquisito se reconoce —y basta.

Charles 181

El escritor que usa palabras innecesarias traiciona su propio pensamiento. La exactitud no es una virtud secundaria: es la condición misma del arte verbal. Escribir exige elegir —y excluir—, porque cada palabra de más debilita la forma y enturbia la percepción.

Pero las palabras no son dóciles. Cuando se juntan, dejan de ser unidades fijas: se modifican unas a otras, adquieren matices, arrastran ecos, se cargan de historia. El lenguaje no es un sistema rígido, sino un organismo vivo que cambia con cada uso. Escribir consiste en entrar en ese flujo sin perder del todo el control, en darle forma sin anular su movilidad.

Por eso el lenguaje no puede entenderse como un sistema cerrado. Es un campo de posibilidades: se deforma, se expande, se mezcla. La tarea del escritor no es respetar sus límites, sino explorarlos —incluso a riesgo de tensarlos hasta el borde de la inteligibilidad.

En ese límite, la literatura deja de reflejar el mundo y empieza a producirlo. El lenguaje literario crea una realidad que obedece a sus propias leyes, donde cada elemento vale por su relación con los otros. No hay copia, sino reorganización: un orden que no existe fuera del lenguaje.

Y en ese orden, la lógica no basta. Las palabras no persuaden solo por lo que significan, sino por su ritmo, su cadencia, su tono. Hay en el lenguaje una música previa al concepto, y el estilo no es un ornamento, sino la forma sensible del pensamiento.

Sin embargo, toda esta construcción se sostiene sobre una paradoja. Decir es siempre deformar. Todo lo que se expresa queda alterado por el hecho mismo de ser expresado. El lenguaje no transmite intacto: transforma. Y aun así, no tenemos otra cosa.

Escribimos, entonces, en ese espacio incierto: buscando la precisión, sabiendo que traicionamos; aspirando a la forma, aceptando su inestabilidad.