Charles 170

Nabokov, en las entrevistas de «Opiniones contundentes», Anagrama, se sienta en su trono de gran escritor lanzando bolas de fuego y relámpagos y, muy de vez en cuando, algún destello de elogio. El lector encuentra encantadora la arrogancia y desdén olímpico -y su aristocrático desprecio- hacia algunos de los nombres más grandes de la literatura, muchos de ellos contemporáneos suyos, pero también escritores del pasado firmemente asentados en el canon. La extrema elegancia verbal no logra ocultar una crueldad implícita. Nabokov rara vez desmonta lo que critica: simplemente arroja barro -reluciente e ingenioso- hasta manchar. Algunos ejemplos:

«Los lectores no rusos no se dan cuenta de dos cosas: que no todos los rusos aman a Dostoyevski tanto como los estadounidenses, y que la mayoría de los rusos que lo hacen lo veneran como a un místico y no como a un artista. Fue un profeta, un periodista lleno de palabrería y un comediante chapucero. Admito que algunas de sus escenas, algunas de sus tremendas disputas farsescas, son extraordinariamente divertidas. Pero sus asesinos sensibles y sus prostitutas llenas de alma no se pueden soportar ni un instante —al menos para este lector».

«Desde los tiempos en que mediocridades tan formidables como Galsworthy, Dreiser, una persona llamada Tagore, otro llamado Maxim Gorki, un tercero llamado Romain Rolland, eran aceptados como genios, siempre me han desconcertado y divertido las nociones fabricadas sobre los llamados “grandes libros”. Que, por ejemplo, la asinina «Muerte en Venecia» de Mann, o el melodramático y vilmente escrito «Zhivago» de Pasternak, o las crónicas rústicas de Faulkner, puedan considerarse “obras maestras”, o al menos lo que los periodistas llaman “grandes libros”, me parece una ilusión absurda, como cuando una persona hipnotizada se enamora de una silla».

Y algo que ha degenerado a un nivel exponencial este último medio siglo, lo que llamó «poshlost», es decir:

“Basura sentimental, clichés vulgares, filisteísmo en todas sus fases, imitaciones de imitaciones, falsas profundidades, pseudoliteratura grosera, estúpida y deshonesta: estos son ejemplos evidentes. Ahora bien, si queremos localizar la poshlost en la escritura contemporánea, debemos buscarla en el simbolismo freudiano, en mitologías apolilladas, en el comentario social, en los mensajes humanistas, en las alegorías políticas, en la obsesión excesiva por la clase o la raza, y en esas generalidades periodísticas que todos conocemos”.

Nabokov es el escritor que convirtió la prosa en una forma de éxtasis. Cada frase suya parece compuesta con una intensidad que roza lo sobrenatural. Es uno de esos raros autores cuya relación con el lenguaje no es instrumental, sino absoluta: escribe no para decir algo, sino para mostrar lo que el lenguaje puede llegar a ser.

Su biógrafo principal, Brian Boyd (los dos tomos de su biografía también traducidos en Anagrama), escribió: “La grandeza de Nabokov reside en su capacidad para combinar una inteligencia analítica excepcional con una imaginación lúdica inagotable. Sus novelas no solo son construcciones formales de enorme complejidad, sino también experiencias de lectura profundamente vivas”.

El autor de «Lolita», «Pnin», «Pale Fire» y «Speak, Memory» nació un 23 de abril —el cumpleaños de William Shakespeare y Miguel de Cervantes— en 1899, y murió el 2 de julio de 1977.

En Nabokov, el desprecio no es un defecto del estilo: es una de sus formas más refinadas.

Charles 169

Y como no podía ser de otro modo en este país de todos los demonios, ¡a reinar siempre la televisión de baja estofa, el «telelixo», la “televisione spazzatura”!

Una televisión que encuadra y moldea una realidad de una exagerada rutina del mal gusto, que empaqueta una circulación de estereotipos sin ideas por su vida social. Una paleotelevisión cuyo único dios es la audiencia, y a ella lo rinde todo. Lo bueno es lo que se ve, lo malo es lo que no tiene audiencia. Ese es el unico criterio. Una televisión donde las diferencias entre información y entretenimiento deben desaparecer, donde una sugerencia de cultura y algo de nivel es juzgada como una jeremiada propia de una antigualla idealista y zombi. Intelectualmente al nivel de amebas, moscas y protozoos, por lo que, como tiene el monopolio sobre la mayoría de las cabezas, las cabezas de los televidentes raramente superan el nivel de caracoles y eucariotas.

Neil Postman, «Amusing Ourselves to Death»: “Lo que está ocurriendo es que la televisión está alterando el significado de ‘estar informado’ al crear una forma de información que podría llamarse con propiedad desinformación. Me refiero a información engañosa: no mentiras, sino información fuera de lugar, irrelevante, fragmentada o superficial, que crea la ilusión de saber algo cuando en realidad nos aleja del conocimiento […] El resultado no es que se nos niegue la información, sino que se nos inunda con ella en una forma que le priva de coherencia y de seriedad”.

La televisión produce una humanidad uniforme, previsible, incapaz de pensamiento crítico. La televisión es el espejo de un país que no quiere verse. Todo se simplifica, se reduce, se vuelve aceptable. La estupidez se convierte en espectáculo, la vulgaridad en lenguaje común, y lo que debería ser excepción se convierte en norma. No es la televisión la que es vulgar: es el país el que se reconoce en esa vulgaridad y la aplaude. La televisión no hace más que devolver, amplificándola, la imagen de una sociedad que ha dejado de pensar.

La televisión española ha elegido el camino más fácil: el del rebajamiento. No se trata solo de entretener, sino de simplificar hasta vaciar, de hacer todo digerible, inocuo, inmediato. El resultado es una cultura ligera no en el sentido positivo del término, sino en el de inconsistente, sin espesor, incapaz de dejar huella. La televisión en España (y permítaseme el desahogo o exabrupto) embrutece y abaja el poco cerebro de muchos españoles.

Cuenta el impacto inmediato, no la verdad ni la comprensión. Cuenta el instante, lo que pasa, lo que rápidamente se olvida. Ahí, el pensamiento complejo y la profundidad, son imposibles de mostrar, quedan automáticamente descalificados.

«La televisión participa en una empresa general de rebajamiento cultural. Sustituye el juicio por la reacción, el conocimiento por la emoción, la cultura por el entretenimiento. Todo se nivela, se simplifica, se vuelve accesible al precio de una pérdida de sentido. No es solo el mal gusto lo que triunfa, sino la desaparición misma de la exigencia», Alain Finkielkraut.

No es que la televisión degrade al país: es que el país, incapaz de pensarse, ha terminado por verse y reconocerse en ella.

Charles 168

(Contra España)

España es una gran farsa, una gran mascarada, una gran comedia o guiñol donde todos fingen lo que no es. Se habla de honor, de patria, de grandeza, de una historia magna, de un antiguo imperio, pero todo está podrido desde dentro. En nuestras guerras civiles enviamos hombres a morir por palabras vacías, por discursos que no significaban nada. Todo es mentira, y lo peor es que no todos lo saben.

«Aquí no ha habido propiamente sociedad, sino una yuxtaposición de grupos que no han logrado constituirse en un proyecto común. Falta un vertebrador que articule la vida nacional. Lo que hay es dispersión, particularismo, desagregación”, Ortega. España es un caos sin redención. Nada en ella funciona, nada en ella se sostiene. Todo se desmorona mientras se proclama lo contrario. España es un país que vive de la mentira que se cuenta a sí mismo. Un país de criminales, de hipócritas, de analfabetos. Aquí la virtud es una excepción ridícula. Lo normal es la trampa, la violencia, la corrupción. Una escuela del mal, una fábrica de desgracias. Una máquina de producir infelicidad. Quien nace aquí nace condenado. Todo es una farsa perpetua sostenida por la ignorancia y la complicidad.

Este país no tiene remedio. Está podrido hasta la médula. Todo en él es corrupción, putas y degradación. No hay una sola institución que no esté infestada. España es un derrumbe continuo, un despeñadero donde todo cae, donde todo se pierde, donde todo se envilece.

España es un país que odia a quienes piensan, a la inmensa minoría de españoles razonadores. Quien intenta argumentar queda destruido por ella. Es un país que solo tolera el tópico, la sumisión, la inercia. Todo lo demás es expulsado, eliminado o ridiculizado hasta desaparecer. Lo que se llama cultura es para desternillarse. Detrás de cada institución cultural hay vacío y liturgia burocrática, detrás de cada discurso hay enorme impostura o crasa ignorancia. Todo está construido para simular profundidad donde no hay más que superficialidad organizada, mediocridad embarazosa, trivial cultura de estado.

El español medio es incapaz de pensamiento independiente o medianamente avispado. Vive bañado en clichés, en fórmulas televisivas, impregnado de restos de una tradición que no comprende e ignora. Todo en España está orientado a impedir el pensamiento, a bloquear cualquier intento de claridad, de ideas claras y distintas. Aquí la inteligencia es sospechosa, peligrosa, indeseable, insultante.

Su historia es una larga operación de limpieza, de amputación, de empobrecimiento deliberado. Bajo la apariencia de unidad, lo que hay es miedo a la diferencia, rechazo de lo otro, incapacidad de aceptar su propia complejidad. Todo lo que desborda esa ficción es expulsado o silenciado. Ha vivido demasiado tiempo de espaldas a Europa y a sí misma. Su atraso no es solo económico o político, sino mental: una incapacidad persistente para cuestionarse, para revisarse, para romper con sus propios mitos. La España de la envidia, los toros, la paella, el flamenco, la Sema Santa, las tabernas, y la intolerancia.

Una nación hipócrita donde todo es apariencia. Se cuidan las formas, se preserva el decoro, pero por debajo no hay más que miseria, mezquindad y desoladora pequeñez. La gente vive atrapada en una representación constante, como si la vida fuera un teatro barato del que nadie puede salir. Todo en ella es impostura: la política, la cultura, la moral. El país entero parece un organismo enfermo. Todo está gangrenado: las ideas, las instituciones, las palabras.

***

“La historia de España es, en gran medida, la historia de sus desequilibrios: entre centro y periferia, entre tradición y modernidad, entre autoridad y libertad. La incapacidad para resolver esas tensiones ha producido crisis recurrentes que han marcado su desarrollo”, Vicens Vives.

“España ha caído en excesos de intolerancia que han empobrecido su vida intelectual. La persecución de las ideas ha sido una constante que ha limitado el desarrollo de la ciencia y del pensamiento.”, Menéndez Pelayo.

“España ha vivido muchas veces de espaldas a su propia realidad. Ha preferido la leyenda a la historia, el mito a la crítica. Esa inclinación a idealizar el pasado ha dificultado una comprensión verdadera de sí misma y ha retrasado su madurez histórica”, Menéndez Pidal.

Charles 167

(Ataque de angustia a las siete y media)

El corazón parece desollado. Late con una violencia que parece que hará estallar las costillas. Una angustia flotante, sin objeto preciso, te invade, una especie de inquietud que no puedes justificar ni disipar. La razón huye de vacaciones, los sentidos se erizan como hierros atraídos por un imán. Sientes que algo está mal en el mundo, pero no sabes qué; y ese no saber es más insoportable que cualquier certeza. La propia conciencia se vuelve contra sí misma, generando una presión constante, un zumbido, una corriente como por dentro de un embudo, una vibración picuda con láminas de acero que amenaza con rasgar el hilo del pensamiento.

***

“En la angustia vital, el mundo pierde su carácter de familiaridad. Todo se vuelve extraño, amenazante, pero sin objeto determinado. No es miedo ante algo, sino un estado en el que el ser entero está en peligro. El paciente no puede decir ‘temo esto’, sino simplemente ‘estoy en peligro’”, Jaspers.

“En ciertos estados de angustia, se pierde la evidencia natural del mundo. Lo que antes era obvio deja de serlo. El sujeto ya no confía en la realidad ni en sí mismo; todo requiere una confirmación imposible”, Wolfgang Blankenburg.

Charles 166

Me pasé toda la infancia y adolescencia en «restaurants» de lujo. Por lo que me permito citar un largo pasaje de Henry James en que la comida aparece como escena social y conciencia, en que comer es como filtrar el mundo social: «“Había en la disposición de la mesa —en la blancura excesivamente perfecta del lino, en la colocación deliberada de las copas, en la lenta ceremonia del servicio— una suerte de lenguaje que no todos sabían leer. Y, sin embargo, para quien atendía, cada plato traía consigo no solo su sabor, sino una insinuación moral, un matiz de carácter. Se comía, sí; pero más aún se interpretaba. La anfitriona ofrecía un faisán, pero ofrecía también una versión de sí misma: su ambición, su delicadeza, su deseo de agradar sin exponerse. Y el invitado, al aceptar, participaba en ese juego de percepciones donde el gusto era apenas el primer umbral».

Recuerdo, con una claridad casi insoportable, el frío exacto de las cerezas en el cuenco de cristal. Al morderlas, la piel cedía con una resistencia mínima, elegante, y el jugo —ni demasiado dulce ni demasiado ácido— se expandía en la boca con la precisión de una nota musical perfectamente afinada. Comerlas no era saciar un apetito, sino ejecutar una pieza musical, una operación de la memoria y del placer.

Recuerdo, con intensa claridad de símbolo, consomés de mamá donde parecía que en su interior se encontraba un secreto alquímico, o lampreas recién llegadas del Miño que guisaba mi abuela, cuyo sabor verdadero no estaba en la lengua, sino en la imaginación. Y cabrito, apenas sazonado con sal gruesa y una rama de romero, que giraba lentamente ante las brasas. No había en él artificio alguno: solo tiempo. Y ese tiempo, acumulado en la grasa que comenzaba a rendirse, producía un perfume que no era exactamente olor, sino una forma de lenguaje. La salsa, espesa sin pesadez, envolvía la carne con una suavidad que no anulaba su carácter, sino que lo prolongaba. Había en el conjunto un equilibrio difícil de explicar: cada elemento conservaba su identidad y, al mismo tiempo, participaba de una armonía mayor.

Y el pan rural, recién salido del horno, que tiene aún el calor de la tierra que lo ha producido. Al partirlo, el vapor se elevaba con una fragancia que parece contener no solo el trigo, sino las estaciones que lo han hecho posible: la lluvia, el sol, el esfuerzo de manos anónimas. Comerlo era, de algún modo, participar en ese ciclo silencioso en el que todo nace, madura y desaparece. Y había en ello una tristeza leve, inseparable del placer.

Charles 165

Antes, la ignorancia era una limitación vivida de un modo vergonzoso; hoy es una bandera que se enarbola con orgullo. El no saber perdió su antiguo pudor. Quien ni piensa ni sabe suele pecar de un exceso de suficiencia (efecto Dunning-Kruger) Al versado y erudito, en líneas generales, le acomete el síndrome del impostor (subestima sus capacidades)

Nada de esto es completamente nuevo. Poco se cambió respecto al realismo áspero que expresó Baroja: “El español medio —y no solo el español— no es que sea ignorante: es que se complace en serlo. La cultura exige esfuerzo, disciplina, soledad; y todo eso le repugna. Prefiere la opinión rápida, el juicio sin fundamento, la frase hecha. Así se forma una sociedad donde todos hablan y casi nadie piensa».

Este empobrecimiento se advierte de forma particularmente clara en el lenguaje. En la taberna y en el parlamento oigo hablar con palabras vagas, mecánicas, infladas, imprecisas. Pasión de hablar por hablar sin decir nada. Christopher Lasch analizó el narcisismo cultural: “La sociedad contemporánea produce individuos informados, pero incapaces de juicio. Están saturados de imágenes, opiniones, estímulos, pero carecen de un criterio estable. El yo se convierte en el único tribunal, y ese tribunal es voluble, superficial, inseguro. Así se configura una ignorancia nueva: no la de la carencia, sino la de la dispersión”.

En este contexto, se invierte la jerarquía tradicional del conocimiento. Se prefiere la intuición al estudio, la emoción a la razón. El experto es sospechoso; el ignorante, auténtico. Y, así, la ignorancia se reviste de virtud.

Nunca habíamos tenido acceso a tanta información, y nunca había sido tan escasa la atención. Los jóvenes no son analfabetos en el sentido tradicional: leen constantemente, pero leen fragmentos, mensajes, titulares. Carecen de continuidad intelectual. Saben navegar, pero no profundizar. Su cultura no es ignorancia pura, sino una forma de dispersión permanente.

“Las universidades han abandonado el rigor en favor de la complacencia. Se evita la dificultad, se simplifican los textos, se rebajan las exigencias. El estudiante ya no es desafiado: es protegido. Y en ese ambiente, la mente se debilita. La ignorancia ya no es un obstáculo: es el estado normal”, Camille Paglia.

La inteligencia, señala Marina, no es acumular información, sino saber qué hacer con ella. Nuestra época produce individuos informados, pero desorientados. Tienen datos, pero no criterio. Y, sin criterio, la información es inútil.

Vivimos en una cultura que privilegia la rapidez sobre la reflexión. El conocimiento exige tiempo, esfuerzo, continuidad; la cultura contemporánea ofrece lo contrario: fragmentación, interrupción, dispersión. No es que la información haya desaparecido, sino que ha perdido su contexto. Y, sin contexto, la información no se convierte en conocimiento.

La cultura contemporánea tiende a simplificarlo todo. Se desconfía de la complejidad, se evita la dificultad, se rebaja el lenguaje. El resultado es una forma de infantilización generalizada. Los ciudadanos son tratados como incapaces de comprender, y acaban siéndolo.

Diversos estudios (OCDE – PISA, PIAAC) indican que entre el 15% y el 25% de adultos tienen dificultades serias para comprender textos complejos. Un porcentaje significativo no puede inferir ideas implícitas, distinguir argumentos de opiniones o evaluar la fiabilidad de una fuente.

Según encuestas de hábitos culturales en España (Ministerio de Cultura, CIS, INE) las acividades más comunes de ocio son la televisión y las plataformas (Netflix, etc.) También son de uso diario masivo las redes sociales e Internet. Y una inmensa mayoría sale con amigos a bares y terrazas, o bien practica y mira algún deporte, o hace alguna corta escapada turística. Este es el núcleo real del ocio español medio.

Librerías, museos, lectura, bibliotecas, ópera, conciertos, son en cambio ocios residuales. España no es un país culto. Existe cierta (y menguante) cultura, pero no estructura los hábitos mayoritarios. Para un español -para la gran mayoría- la cultura no significa el centro de su vida, sino una lejana y poco frecuentada periferia.

Charles 164

Instantes ilusorios y efímeros de placer frente a la corrupción y enfermedad del tiempo. Dolor, aburrimiento, desidia, desengaño supremo hasta el colapso. La nada es la única verdad. La naturaleza solo engendra dolor y muerte. “Todo cuanto hay es corrupción: el tiempo lo devora todo, la edad lo marchita todo, el uso lo gasta todo […] Nada hay que no decline; todo comienza a morir desde el instante mismo en que comienza a ser”, Gracián.

La obra devastadora del tiempo. Nos roe. Nos devora. Nos aniquila. Somos una frágil caña a la que le cuesta mucho soñar. La vida, como la historia, se limita a acumular de escombros. Vivir es ir cayendo. El mundo termina con un gemido. “La verdad de este mundo es la muerte. […] Todo lo demás es ilusión, charlatanería, anestesia. […] Se nace roto, se vive reparando lo irreparable, y se muere sin haber comprendido nada, salvo que todo estaba perdido desde el principio”, Céline.

Cuanto más se vive, más evidente se hace que todo ha sido un error. «¿Qué será de lo que hago hoy o haré mañana? ¿Qué será de toda mi vida? […] La respuesta es clara: nada. […] Todo lo que vive se destruye; y cuanto antes lo comprendí, más insoportable se me hizo la existencia.”, Tolstói. “El hombre se acostumbra a todo, incluso a lo más espantoso. […] Esa es quizá la definición más exacta que puede darse de él.”, Dostoyevski.

Pero, a pesar de todo, hay momentos —al amor de la familia, con un libro, en un día repleto de sol, en una tertulia que se alarga sin motivo— en los que uno siente que la vida es suficiente.

Charles 163

Mi infancia fue un jardín cercado, pero no por muros, sino por la ternura. Todo en ella tenía una luz propia: las mañanas eran promesas, las tardes un juego sin fin. No conocía el peso del tiempo, ni la urgencia de las horas. Vivía en una especie de eternidad doméstica, donde cada objeto parecía tener alma y cada rincón guardaba una historia secreta.

Con Proust, puedo recordar ese paraíso intacto: “Pero cuando de un pasado antiguo nada subsiste, después de la muerte de los seres, después de la destrucción de las cosas, solas, más frágiles pero más vivas, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olor y el sabor permanecen todavía largo tiempo, como almas, recordando, esperando, sobre las ruinas de todo lo demás, llevando sin ceder, sobre su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo”.

No hay nada más delicioso que una mañana de verano en que uno no tiene nada que hacer, ni nadie que le obligue a hacerlo. El mundo parece entonces hecho a la medida del muchacho, y cada instante se abre como una posibilidad. El balón de fútbol, los patines, el regaliz, el rumor de la vega, las campanas, el agua. Las calles de Barcelona y el mar de Sitges. El corazón abriéndose inocentemente a los placeres simples. Un donut, un tigretón, una caña de chocolate, una pantera rosa. Basta con salir a la calle, mirar los árboles, las nubes, las piedras, y ya hay suficiente para la maravilla. El niño no necesita poseer: le basta con ver, con estar, con imaginar.

En la infancia todo es comienzo. Cada día es el primero. Cada cosa es nueva, y por eso tiene una intensidad que después se pierde. Vivíamos en un estado de descubrimiento continuo, sin saber que eso era la felicidad. Todo era vasto y suficiente en aquellos días. No había necesidad de ir más lejos: el mundo estaba contenido en lo inmediato, y lo inmediato bastaba.

Después vino el tiempo. Y con él, la pérdida.

Charles 162

Desaparición de toda forma de placer. Pero lo que resulta más desconcertante es que, incluso cuando el dolor disminuye, no siempre regresa la capacidad de sentir. Es como si algo esencial hubiera sido amortiguado, como si la vida se percibiera a través de un filtro que la hace menos intensa, menos inmediata.

Sientes que tu cuerpo ya no te pertenece del todo. Hay en ti una especie de rigidez, de lentitud impuesta, como si tus movimientos ya no fueran enteramente tuyos. No es solo una cuestión de la mente: es como si tu ser entero hubiera sido modificado.

Los tratamientos pueden aliviar, pero también transforman. No siempre sabemos qué parte de nosotros está siendo tratada y qué parte está siendo modificada de forma más profunda. Hay una zona de incertidumbre en toda intervención sobre la mente.

Mi pensamiento se ha vuelto más lento, como si caminara a través de una sustancia espesa. No es exactamente dolor, sino una especie de disminución. Como si todo lo que antes era inmediato ahora tuviera que atravesar una distancia.

***

La IA informa:

PRINCIPALES EFECTOS SECUNDARIOS DE LOS PSICOTRÓPICOS

I. Sistema nervioso (los más frecuentes)

Somnolencia / sedación

Fatiga, apatía

Lentitud mental (embotamiento, “mente nublada”)

Dificultad de concentración

Mareos / vértigo

Dolor de cabeza

Insomnio (paradójico en algunos casos)

Agitación o inquietud interna (akatisia, especialmente en antipsicóticos)

II. Estado emocional y cognitivo

Disminución de la intensidad emocional (“anestesia afectiva”)

Aplanamiento afectivo

Sensación de desconexión o despersonalización

Disminución de la motivación

Alteraciones de la memoria

En algunos casos: aumento de ansiedad o irritabilidad

III. Sistema cardiovascular

Hipotensión (mareos al levantarse)

Taquicardia

Cambios en el ritmo cardíaco (QT prolongado en algunos antipsicóticos)

IV. Metabolismo y peso

Aumento de peso (muy frecuente en antipsicóticos y algunos antidepresivos)

Aumento del apetito

Alteraciones metabólicas:

Diabetes tipo 2

Aumento del colesterol y triglicéridos

V. Sistema endocrino y hormonal

Elevación de prolactina (antipsicóticos):

Disminución de la libido

Disfunción sexual

Galactorrea (secreción de leche)

Alteraciones tiroideas (especialmente con litio)

VI. Sistema digestivo

Náuseas

Vómitos

Estreñimiento

Diarrea

Boca seca

VII. Sistema neuromuscular

Temblores

Rigidez muscular

Movimientos involuntarios (discinesia tardía, especialmente con antipsicóticos)

Inquietud motora (akatisia)

VIII. Función sexual

Muy frecuentes y poco mencionados:

Disminución del deseo sexual

Dificultad para la erección

Anorgasmia

Retraso en la eyaculación

IX. Efectos específicos por tipo de fármaco

Antidepresivos (ISRS, IRSN, etc.)

Náuseas

Ansiedad inicial

Disfunción sexual

Sudoración

Insomnio o somnolencia

Antipsicóticos

Sedación intensa

Aumento de peso

Síntomas extrapiramidales (rigidez, temblor)

Akatisia (muy angustiante)

Síndrome metabólico

Benzodiacepinas (ansiolíticos)

Somnolencia

Dependencia

Deterioro de memoria

Tolerancia (cada vez menos efecto)

Síndrome de abstinencia al retirarlos

Estabilizadores del ánimo (litio, valproato, etc.)

Temblores

Aumento de peso

Problemas tiroideos (litio)

Toxicidad en dosis altas

Problemas renales (litio a largo plazo)

X. Efectos graves (menos frecuentes, pero importantes)

Síndrome neuroléptico maligno (raro pero grave)

Síndrome serotoninérgico

Convulsiones

Ideas suicidas (al inicio de algunos antidepresivos, especialmente en jóvenes)

XI. Idea clave (más allá del listado)

Más allá de lo físico, muchos pacientes describen:

Sensación de “ser menos uno mismo”

Reducción de la intensidad vital

Estabilidad a costa de espontaneidad

Charles 161

(Contra la psicología)

Hay algo profundamente inquietante en la figura contemporánea del psicólogo: ese profesional que, armado con protocolos, escalas y formularios, se presenta como intérprete del alma humana y acaba por reducirla a un conjunto de síntomas cuantificables. No escucha: administra. No comprende: clasifica.

Su lenguaje —limpio, neutro, aparentemente científico— es en realidad un dialecto empobrecido, incapaz de acoger la densidad de la experiencia humana. Donde antes había tragedia, misterio, culpa, redención o conflicto moral, ahora hay “distorsiones cognitivas”, “patrones disfuncionales” o “déficits de regulación emocional”. Lo que se pierde en esta traducción no es solo el matiz: es el mundo entero.

La psicología convertida en recetario es una de las formas más sutiles de trivialización del sufrimiento. Al paciente se le entrega una lista: respire así, piense así, reformule esto, evite aquello. Como si la vida fuera un manual de instrucciones mal seguido.

Pero el sufrimiento humano no es una avería mecánica ni una desviación estadística: es, muchas veces, una respuesta comprensible a una realidad incomprensible.

El problema no es la psicología en sí, sino el empobrecimiento intelectual de buena parte de quienes la ejercen. Hay consultas en las que no ha entrado nunca ni Dostoievski, ni Shakespeare, ni Pascal, ni Unamuno. Lugares donde el alma humana es tratada sin haber leído una sola página que la explore con profundidad.

Se pretende comprender el delirio sin haber pasado por la tragedia, interpretar la angustia sin conocer la metafísica, tratar la desesperación sin haber leído una sola confesión verdadera.

Sin cultura, la psicología se convierte en una técnica ciega. Y una técnica ciega aplicada al alma es, en el mejor de los casos, inútil; en el peor, peligrosa.

La psicología contemporánea —en algunas de sus versiones más estandarizadas— parece orientada no tanto a comprender al individuo como a adaptarlo. No se pregunta si el mundo es justo, sino si el paciente se adapta al mundo. No interroga la realidad, sino que corrige al sujeto.

Así, la terapia se convierte en un mecanismo de normalización: una pedagogía de la docilidad emocional. Se enseña a tolerar, a aceptar, a resignarse, a reformular… pero raramente a cuestionar. El resultado es un alma más funcional, sí, pero también más domesticada.

Hay también una retórica de la profundidad que encubre la vacuidad. Ciertos discursos psicológicos emplean palabras solemnes —proceso, integración, autoconocimiento— que suenan a sabiduría, pero que a menudo no dicen nada preciso.

Es un lenguaje que simula comprender, pero que evita nombrar. Que rodea el problema sin afrontarlo. Que ofrece la sensación de avance sin producir transformación real. El paciente sale de la consulta con un vocabulario nuevo, pero con la misma vida.