Charles 160

A veces pienso que si no escribiera, me volvería mucho más loco de lo que ya estoy. La escritura no elimina el tumulto, pero lo ordena, lo exorciza, le da forma, lo hace habitable. Hay en el acto de escribir una especie de disciplina del espíritu, como si las palabras obligaran a la mente, por ciencia infusa, a no desbordarse completamente. El lenguaje escrito es como una brida al caballo negro del carruaje. Escribir no es escapar de la vida, sino hacerla posible.

Escribir es un testimonio Escribo para no desaperecer. Cuando la realidad se vuelve demasiado dura, demasiado incoherente, demasiado poseída por la discordia de las voces, los delirios o la melancolía, la escritura me ofrece un espacio donde puedo reorganizar la experiencia, darle una forma y distancia y que así no me destruya.

Leemos y escribimos para comprender, pero también para sobrevivir. En momentos de crisis, los libros, la expresión, no ofrecen soluciones inmediatas, pero proporcionan una estructura, una continuidad, una forma de sostener el pensamiento cuando todo parece fragmentarse.

Durante mis episodios más oscuros, los libros fueron a menudo lo único que mantenía una conexión con el mundo. Leer no curaba la esquizofrenia, pero me recordaba que existía una forma de pensamiento más amplia, más articulada, a la que podía intentar volver. Escribir, por otro lado, me permitía comprender lo que de otro modo habría permanecido confuso e inabordable. Poner palabras a la experiencia no la elimina, pero la transforma. Lo prueba la experiencia.

Admito que, en esos estados, incluso el lenguaje parece fallar. Sin embargo, el intento de describir la experiencia —por insuficiente que sea— constituye un gigantesco acto de resistencia. Escribir deviene una forma de afirmación: la prueba de que todavía existe un yo capaz de dar fe de vida.

Cuántas veces en Piñor, tomaba un bolígrafo, pedía unos folios en administración, y escribía para comprender y objetivar el sufrimiento, para soportar el caos, para desahogarme y poner rumbo a una vida en apariencia ingobernable. Una terapia imperfecta, pero muy real.

Charles 159

(Piñor)

El pabellón huele a una mezcla de jabón barato, sudor y miedo antiguo. Tres camas por habitación, como si esperaran una inspección interminable. Algunas mujeres hablan solas, algunos hombres palmotean al aire como si espantaran demonios invisibles; otras miran fijamente la pared, como si en ella hubiera algo que nosotros no podemos ver; otros aprovechan para fumar minúsculos restos de colilla. Se echan gargajos al suelo. Es obligatorio ducharse y hacerse la cama.

Por la noche, el sonido de los pasos de las enfermeras se mezcla con murmullos, risas súbitas, llantos sofocados, o bien con un helador silencio. No sé por qué pero todo lo asocio al lenguaje fragmentado de la música dodecafónica.

Lo peor no es el dolor, sino la espera: la sensación de que algo va a ocurrir —una inyección, una llamada, un traslado, el posponerse de tu estancia— y que uno no tiene ningún control sobre ello.

El hospital es limpio, como si la limpieza hubiera sido llevada hasta el extremo de borrar cualquier rastro de vida. Las luces no se apagan del todo nunca, y ese resplandor constante hace que el tiempo se vuelva indistinguible. Las enfermeras se mueven con eficiencia, pero sin historia. Son como parte del mobiliario. Algunas de carácter más distante, otras en cambio más empáticas.

Los días no avanzan: se depositan. No hay acontecimientos que marquen el paso del tiempo, solo pequeñas repeticiones: la comida, el paseo, el silencio. El calendario pierde su sentido. Uno deja de esperar algo concreto y empieza a habitar una duración indefinida. La vida se vuelve ligera, pero también irrelevante.

Debo admitir que dentro del manicomio soy un privilegiado. Al cabo de poco me dejan salir al pueblo, y, muy poco después, estar toda la mañana en Orense. Se enteran de todo: de los pastelitos que compré saltándome la dieta, de las latas de Pepsi bebidas de más, con qué paciente congenio mejor, mis humores y estados emocionales. Eres observado minuciosamente como en un estado policial.

El trato con mi doctora no es malo. Filosóficamente tienen una orientación lacaniana, cuya lógica, por momentos, parece reflejar la propia lógica del lugar.

No suelo estar muchas semanas, y, si alguien de los que trabajan por ahí me leen, de todo corazón, y sin asomo de doblez en mi corazón, les mando un saludo muy afectuoso y cariñoso.

Charles 158

A María José Vidal Prado

Lo que más me sorprende no fue el dolor de la enfermedad, sino la distancia que se abría entre el paciente y el médico. Los psiquiatras, incluso los mejores, pueden hablar con precisión clínica sobre la manía o la depresión o la esquizofrenia, pero hay algo en la experiencia vivida que escapa a su lenguaje. A menudo uno tiene la sensación de ser observado desde fuera, como si la intensidad de la propia vida hubiera sido reducida a una serie de síntomas enumerables. La medicina necesita categorías; el sufrimiento no las reconoce.

En el hospital, la identidad se convierte en algo prescindible. El nombre es sustituido por un diagnóstico, y el diagnóstico por un número. Los médicos caminan entre nosotros como si pertenecieran a otra especie. No es que carezcan de compasión, sino que su compasión está organizada, reglada, contenida en protocolos. Uno deja de preguntarse quién es, y empieza a preguntarse qué le harán después.

El doctor Pons -con rasgos psicopáticos- no escuchaba lo que yo decía. Escuchaba algo que ya había decidido que yo diría. Sentí que mi mente era un objeto defectuoso que debía ser arreglado, jamás comprendido. Y eso era lo peor: que la cura parecía consistir en hacerme aceptable, no en hacerme verdadero.

El médico se convierte en juez: no solo describe, sino que decide quién pertenece al orden de la razón y quién debe ser apartado. La clínica es, en este sentido, un espacio moral antes que científico (Foucault) Lo que llamamos enfermedad mental no es una enfermedad en el sentido médico tradicional, sino un conjunto de problemas en la vida. Al medicalizarlos, transformamos conflictos humanos en patologías, y otorgamos al psiquiatra una autoridad que no debería poseer. Así, el lenguaje médico sirve para legitimar formas de control social (Thomas Szasz)

La institución no busca curar, sino domesticar. Todo lo que sobresale, todo lo que no encaja, es limado hasta volverse inofensivo. Y los médicos, con sus batas limpias y sus palabras tranquilas, participan en ese proceso como si fuera un acto de cuidado. El diagnóstico es una forma de sentencia. No describe simplemente lo que eres: lo fija, lo inmoviliza, lo convierte en destino. El médico escribe, y lo escrito pesa más que la vida misma.

Yo no soy una enfermedad ni un diagnóstico. Mi experiencia no se reduce a una serie de conceptos del DSM-5-TR. Existe siempre un resto incomprensible, una interioridad que escapa a toda supuesta y falsaria objetivación. No debo ser analizado desde fuera, sino comprendido desde dentro. La psiquiatría fracasa cuando olvida que trata con formas de existencia, no con meras alteraciones funcionales.

No soy un expediente: soy una conciencia que aún no ha encontrado su forma en vuestro lenguaje.

***

Antonin Artaud, «Cartas desde Rodez»: «No acepto que se me trate como a un enfermo. No estoy enfermo: estoy separado. Separado de vuestra realidad, de vuestro lenguaje, de vuestra manera de ordenar el mundo. El médico pretende devolverme a lo que él llama lo normal, pero ¿qué es lo normal sino una construcción miserable, un acuerdo tácito entre hombres que temen mirar más allá de sus límites? Me han sometido a electrochoques como si quisieran borrar en mí no un delirio, sino una verdad que les resulta insoportable. El psiquiatra no cura: corrige. No escucha: ajusta. No comprende: clasifica. Yo no soy un caso. Soy un campo de batalla».

Charles 157

Durante años (sobre todo cuando vivían mis padres y por no avergonzarlos) oculté o falseé mis síntomas por miedo a ser rechazado, a ser considerado incapaz. Pero comprendí que ese silencio era una forma de prisión. Hablar de mi enfermedad no me definía menos como persona; al contrario, me permitía ser una persona completa. Quería que otros supieran que se puede tener una mente fracturada y, sin embargo, llevar una vida con sentido. Que la enfermedad no agota la identidad.

También decidí hablar porque el silencio alimenta el estigma. Mientras la enfermedad mental se mantenga oculta, seguirá rodeada de miedo y de incomprensión. Quería mostrar que detrás de los diagnósticos hay personas, con inteligencia, con sensibilidad, con vidas complejas. No somos caricaturas, ni peligros, ni sombras: somos seres humanos.

Escribir sobre la enfermedad es una forma de darle forma, de hacerla visible, de impedir que nos destruya en silencio. Lo que no se dice se vuelve más poderoso; lo que se nombra puede ser, al menos en parte, comprendido.

No escribo para justificarme, sino para existir. Si no escribiera lo que me ocurre, desaparecería en el silencio. Escribir es mi manera de permanecer.

No romantizo la experiencia. Es dura y cruel. Mucha gente reacciona con incomodidad, miedo o paternalismo. Eligo un grado de exposición más alto que bajo. Sé lo que arriesgo. No quiero que nada más me haga callar.

Charles 156

Esta noche hice confesiones explícitas de mi locura. Irremediablemente ello implica que muchos de ustedes no vean en mí a un semejante, sino a una figura que debe ser expulsada, indigna de consideración amistosa y moral. Mis perturbaciones probablemente les generan miedos, o incomodidad o distancia. No saben cómo comportarse, y esa incertidumbre se traduce en evitación o en una interacción artificial.

Mi familia me amó mucho. Para quienes aman a alguien con enfermedad mental, la experiencia es ambivalente. Ven al mismo tiempo a la persona que conocen y a alguien que no reconocen. Hay miedo, sí, pero también una profunda tristeza: la sensación de que algo esencial se ha desplazado. No saben siempre cómo ayudar, y a veces su impotencia se convierte en distancia.

Reflexionando me doy cuenta que me miran con una mezcla de preocupación y desconcierto. Algunos quieren ayudar, pero no saben cómo. A veces hablan conmigo como si yo no estuviera del todo presente, como si una parte de mí ya se hubiera ido. Y esa forma de mirarme es casi tan dolorosa como los propios síntomas.

Me tratan como a un alienado, como a un ser que ha perdido toda relación con el mundo. Pero lo que no comprenden es que mi mundo no es menos real que el suyo. Me excluyen porque no pueden soportar la intensidad de lo que digo. Siento que me observan como a alguien frágil, como si pudiera romperme en cualquier momento. Esa mirada, aunque nacida del cuidado, me hace sentir aún más separado. No ser tratado como un igual, sino como una excepción.

El enfermo mental plantea una dificultad fundamental: no siempre podemos comprender desde dentro su experiencia, pero tampoco podemos reducirla a un mero mecanismo. Oscilamos entre la empatía y la explicación, sin alcanzar plenamente ninguna de las dos.

Los pacientes no somos simplemente portadores de síntomas. Somos personas con historias, con identidades, con mundos propios. El reto es ver más allá de la enfermedad sin negar la enfermedad.

Charles 155

Las voces no cesan. No son pensamientos míos, aparentemente, sino palabras que me son dirigidas desde fuera, con una claridad que no deja lugar a duda. Comentan mis actos, anticipan mis movimientos, me insultan o me instruyen. No puedo escapar de ellas, ni siquiera en silencio. Es como si el mundo entero hablara a través de esas voces, como si mi mente hubiera dejado de ser privada y se hubiera convertido en un escenario público.

A veces aminoran (como ahora que escribo) y empieza una especie de murmullo constante, como una voz baja que no se apaga nunca. No dice nada concreto, pero está ahí, insistente, como una presencia que no logro expulsar. Es un ruido interior que me acompaña incluso cuando todo parece en calma. Algo difuso, como si alguien estuviera a punto de hablar, como si el mundo mismo se preparara para decirme algo. Esa expectativa constante me desgasta. No puedo dormir, porque siempre hay algo que está a punto de irrumpir.

El contenido intelectual exacto de lo que me dicen las voces solo lo sé yo y lo conoció mi madre. A ningún psiquiatra o enfermera se lo confesé. Solo diré que son voces que me hablan. No son pensamientos creo, son órdenes, ataques, voces que atraviesan mi cabeza como cuchillos. No vienen de mí, vienen de fuera, y sin embargo están dentro. Me acosan, me desgarran. No hay refugio contra ellas.

***

“En ciertos estados, las experiencias no se limitan a una sola modalidad sensorial. El paciente puede oír voces y, simultáneamente, percibir figuras o escenas que se imponen con igual carácter de realidad. Estas vivencias no son meras imaginaciones, sino percepciones que poseen para el sujeto la cualidad de lo dado. Lo decisivo no es su contenido, sino la transformación global de la conciencia en la que se inscriben”, Karl Jaspers.

“El mundo deja de ser un espacio unitario y familiar. Las percepciones ya no se integran de forma natural, sino que irrumpen como fenómenos autónomos. El sujeto puede ver y oír en registros que ya no se corresponden con el mundo compartido, lo que genera una profunda extrañeza”, Ludwig Binswanger.

“El paciente veía figuras que se movían por la habitación y, al mismo tiempo, oía voces que le indicaban que esas figuras tenían una intención específica. Como resultado, comenzó a reorganizar su espacio vital, evitando ciertas zonas, hablando con las figuras, y respondiendo a las voces. Su conducta era coherente dentro de su experiencia, aunque completamente incomprensible para los demás”, Oliver Sacks.

Charles 154

Siempre he sido un ser fallido, inconstante. Todo lo que hago está condenado al fracaso. No hay en mí nada que pueda llamarse sólido. Estoy hecho de negación, de resentimiento, de una conciencia que no cesa de devorarme. Mi vida no ha sido más que una acumulación de errores. Me odio. Odio mi debilidad, mi necesidad de aprobación, mi incapacidad para sostenerme por mí mismo. Hay algo roto en mí que no logro reparar. Vivir se me escapa.

Un impostor incorregible. Alguien despreciable que no vale nada. A menudo siento que interpreto un papel. No soy tan firme ni tan íntegro como quisiera parecer. Soy incapaz de existir como un hombre. Mi conciencia me separa de todo. Mi existencia entera es un error que se prolonga.

Siento que mi mente se rompe. Las palabras se deshacen antes de poder fijarse. No soy capaz de sostener un pensamiento. Me convierto en una especie de eco de mí mismo, una repetición vacía. Me pierdo. Me disuelvo. Las palabras se convierten en figuras que me arrastran. No soy yo quien escribe: son ellas. Yo soy solo el lugar donde ocurre. Y ese lugar ya no tiene forma. Mi cuerpo está sometido a influencias que no puedo controlar. Fuerzas externas actúan sobre mí. Soy objeto de un sistema que me utiliza. Mi identidad se ve afectada por poderes que no comprendo.

No soy más que un pequeño hombre, insignificante. No tengo importancia. Me paseo por el mundo como una sombra que no deja huella. Es mejor así: desaparecer sin ruido.

Charles 153

Llamé a mi hermana alarmado y me consoló. Siento un miedo que no sé de qué es. No es miedo a la muerte ni a la vida. Es un miedo abstracto, como si el mundo entero pudiera deshacerse en cualquier instante, como si todo lo que veo no fuera más que una apariencia frágil sostenida por nada. Una inquietud sin causa, una sensación de que lo que me rodea cambia de tono. Me siento separado del propio tejido de las cosas. Percibo amenazas ocultas, la evidencia que algo esencial está mal en la realidad.

No temo nada, y sin embargo estoy poseído por un terror total. Es entonces cuando descubro que el miedo más profundo no es a algo concreto, sino al hecho mismo de existir. Un ruido de fondo imposible de apagar. No está ligado a ningún pensamiento; es más bien una atmósfera, una presión que lo impregna todo, como si el universo entero estuviera inclinado hacia la catástrofe. Siento que algo terrible está a punto de ocurrir, pero no sé qué. El mundo sigue ahí, intacto, pero ha perdido su familiaridad. Es como caminar en un lugar conocido que, de pronto, se vuelve irreconocible.

Se presenta como certeza absoluta. Todo parece cargado de un significado ominoso. Como si algo en mí se rebelara contra la existencia, como si la vida, de pronto, se volviera hostil. Todo sigue igual, pero yo ya no estoy en el mismo mundo. No puedo entender por qué vivo, ni qué sentido tiene todo esto. Y ese desconocimiento no es neutro: es terrorífico. Noto que en cualquier momento todo puede derrumbarse, no fuera, sino dentro de mí.

El miedo está en el aire, en cada pensamiento. Miedo sin descanso. Una realidad sin centro. Un miedo sin nombre. Miedo sin frontera, sin causa, sin solución. No es miedo a algo, sino una transformación global del mundo vivido, en la que todo aparece cargado de una significación inquietante, como si algo terrible estuviera por revelarse.

El mundo ya no se me presenta como un espacio habitable, sino como un ámbito oscuro. No pánico a algo dentro del mundo: temo el mundo mismo, un mundo que perdió su antiguo carácter de hogar.

Charles 152

Un tal Jordi Rufianus, amb la seva magnífica Biblioteca Lupetus, de 32.000 volums envejables —tresor que més estima, segons confessa—, viu a l’Empordà fatigant llibres. En el seu inesperat èxit «Adéu al Congrés», hi llegim: «La cultura catalana contemporània ha estat progressivament colonitzada per un discurs identitari que tendeix a confondre el valor literari amb l’adhesió ideològica. El resultat és una literatura sovint previsible, moralment satisfactòria, però estèticament pobra.» I insisteix: «Quan els premis deixen de ser un reconeixement de l’excel·lència i passen a ser un mecanisme de confirmació d’una comunitat ideològica, la literatura deixa de ser literatura i esdevé litúrgia.»

Gabriel Ferrater, no sols s’enamorava de dona rere dona i bevia ginebra, sinó que pensava —i molt bé. Per exemple, quan afirmà: «La literatura no és una qüestió de bons sentiments ni de causes justes. És una qüestió d’intel·ligència i de veritat. Quan es confonen aquests ordres, el resultat sol ser dolent.» I afegí, amb sagacitat: «El pitjor que li pot passar a una literatura és voler ser útil.»

El seu germà, Joan Ferraté, amb un coeficient intel·lectual molt allunyat del del simi, ens advertí: «La lectura ideològica tendeix a substituir el text per una interpretació prèvia. El lector ja no descobreix: confirma. I això és, en essència, una forma de ceguesa […] Quan una cultura es protegeix massa, acaba asfixiant-se. La literatura necessita risc, no protecció.»

Les literatures nacionals són construccions històriques, no pas essències. Convertir-les en fonament identitari rígid implica falsejar la seva pròpia naturalesa, que és mestissa, mòbil i oberta. Tota literatura que s’encadena a l’afirmació de si mateixa corre el risc de deixar de dialogar amb el món.

Félix de Azúa, tot un Adonis, remarca: «El nacionalisme ha convertit la literatura en un gènere administratiu. Ja no s’escriu per explorar la condició humana, sinó per justificar una identitat prèvia. És la mort de la literatura com a aventura […] A Catalunya, la cultura oficial ha estat segrestada per un aparell que decideix què és digne de ser llegit en funció de la seva utilitat política. El resultat és una literatura subvencionada, domesticada, irrellevant.»

El text que se subordina a un programa —polític, nacional o sentimental— deixa de ser llegit com el que és: una realitat complexa, històrica, ambigua, resistent a simplificacions. Les literatures no existeixen per confirmar ideologies, sinó per incomodar-les. Quan una tradició s’administra com a patrimoni polític, s’empobreix: es converteix en consigna.

***

Internet, aquest organum diabolicum, no serveix només per veure vídeos de jovenetes contonejant-se ni per llepar-se els dits amb gatets encantadors. Vaig cercar asseveracions de popes de la comparatística contra la idea d’una literatura farcida d’ideari nacionalista. Valguin aquests arguments d’autoritat, entre molts altres que es podrien adduir:

Edward Said: «Les cultures no són monolítiques ni autosuficients. Són híbrides, superposades, en intercanvi constant. L’intent de reduir la literatura a l’expressió d’una identitat nacional homogènia és, en darrer terme, una forma d’empobriment intel·lectual».

George Steiner: «Quan una literatura es replega sobre la seva identitat, perd la seva capacitat de ressonància. Esdevé local en el pitjor sentit: incapaç de parlar més enllà de si mateixa».

Harry Levin: «Les literatures no coneixen fronteres naturals; les fronteres són imposades per historiadors, professors i buròcrates culturals. L’escriptor, en canvi, treballa en un espai molt més ampli, on les influències travessen llengües, èpoques i geografies».

Erich Auerbach: «La meva perspectiva ha estat sempre supranacional. La filologia, si vol ser fidel al seu objecte, no pot sotmetre’s a les fronteres polítiques. Les literatures europees formen un teixit continu de formes, estils i visions del món que s’entrellacen al llarg dels segles. Qualsevol temptativa de llegir-les com a expressions autosuficients d’una nació condueix a una simplificació empobridora».

Claudio Guillén: «El comparatista desconfia de tota delimitació rígida. Allà on es pretén afirmar una essència nacional, ell hi descobreix una xarxa d’influències, préstecs, traduccions i desplaçaments que desmenteixen qualsevol pretensió de puresa».

Però les meves idees podrien transubstanciar-se fàcilment a canvi de veure Eva Piquer i Bel Olid fent de pubilles, i Toni Soler d’hereu.

Charles 151

Mi padre, la medida de todas las cosas ¡Qué burgués superior! No había para mí otro tribunal que él, ni otra ley que su juicio. Con una inteligencia tan firme y tan clara que parecía no necesitar jamás elevar la voz para imponerse. Su autoridad no procedía de la fuerza, sino de la evidencia, del rigor, del ejemplo. Era indulgente sin debilidad y severo sin dureza. Muy noble. Recuerdo sus consejos como si fueran una luz tranquila, que no hería los ojos, pero que lo iluminaban todo.

De una honradez sin fisuras. No necesitaba dar lecciones: bastaba con verlo vivir. Había en él una coherencia tan perfecta entre lo que pensaba y lo que hacía que uno aprendía sin darse cuenta. Si hoy creo en ciertas cosas —en la dignidad, en la decencia—, es porque él las encarnó antes de que yo pudiera nombrarlas.

Podía convertir cualquier cena en una fiesta (su simpatía y don de gentes eran arrolladores), cualquier recuerdo en una epopeya. Había en él una alegría irreductible -que, de alguna manera, se manchó con mi enfermedad. De capacidades intelectuales prodigiosas. Con un amor por mamá irrevocable.

Creía en el trabajo, en la palabra dada, en la dignidad sin ostentación. No hablaba de valores: los vivía. Cuando pienso en él, no recuerdo solo discursos, sino gestos: una manera de saludar, de cumplir, de callar. Y en esos gestos estaba todo.

Su sola presencia bastaba para que uno se sintiera llamado a ser mejor. Nunca buscó dominar, sino comprender. Hay hombres que dejan huella por lo que hacen; él la dejó por lo que era. Su recuerdo me acompaña como una forma de calma, como una presencia que no juzga, pero que invita a la verdad.