Charles 150

Se odia al que parece superior no porque haya hecho daño, sino porque su sola presencia introduce una medida incómoda. No hiere con actos, sino con evidencia. Y esa evidencia —la de que otro ha llegado más lejos— es, para muchos, insoportable.

La multitud es la mentira. En ella, el individuo pierde su responsabilidad y se permite odiar aquello que, en soledad, quizá admiraría. La nivelación es su ley: todo lo que sobresale debe ser rebajado.

En España se persigue y odia al que se levanta un poco sobre los demás, no por lo que hace, sino por lo que es. Se le rebaja, se le niega, se le ridiculiza, porque su sola presencia desmiente la cómoda igualdad de la mediocridad.

Baltasar Gracián: “Todo lo excelente es odioso a los mediocres. No pueden sufrir lo que los excede, ni perdonan la superioridad. La eminencia despierta más enemigos que la culpa, porque no hay defensa contra el agravio de ser mejor”.

Para no ser odiado yo debo templar mucho mi lucimiento. A veces, debo introducirme en la sombra, enmascararme, para no cegar con mi modesta luz y dar pábulo a agresiones.

NOTA BENE: Para completar el argumento (que abunda en la pose, muy mía a veces, de falso aristócrata) Hay inteligencias que pueden volverse muy irritantes e irrespetuosas, por lo que, en cierto sentido, hay formas de lucimiento cuyo rechazo puede ser legítimo. Además la sensación -acaso autoengaño- de que uno fue un poquito más allá intelectual o culturalmente que la media, a no pocas personas les causa admiración y nulo odio.

Charles 149

En la esquizofrenia, el lenguaje puede permanecer formalmente intacto, pero su sentido se altera profundamente. Las palabras ya no sirven como vehículos transparentes de significación, sino que se convierten en entidades opacas, aisladas. El enfermo puede hablar correctamente y, sin embargo, no decir nada comprensible. El pensamiento pierde su dirección, y el lenguaje, que es su expresión, se disgrega en fragmentos que ya no se articulan en una unidad significativa.

No está simplemente empobrecido, sino transformado en su estructura más íntima. Se observan neologismos, condensaciones y desplazamientos que no obedecen a reglas reconocibles. A menudo, el paciente habla como si estuviera sometido a una influencia externa: las palabras parecen venirle dadas, no producidas.

El trastorno no reside únicamente en el lenguaje, sino en el mundo que el lenguaje intenta abrir. El esquizofrénico habita un mundo en el que las conexiones de sentido han sido desarticuladas. El discurso se vuelve extraño porque el mundo mismo ha perdido su estructura de significación compartida.

Lo que falta en la esquizofrenia no es la inteligencia ni el vocabulario, sino la evidencia natural del mundo. El lenguaje pierde su anclaje en la obviedad cotidiana. Las palabras ya no remiten a un mundo dado por supuesto, y por eso el discurso se vuelve extraño, excesivo o vacío.

El trastorno formal del pensamiento en la esquizofrenia se manifiesta lingüísticamente como descarrilamiento, tangencialidad, incoherencia y presión del habla. No es simplemente un problema del lenguaje, sino de los procesos cognitivos que lo sustentan. El discurso refleja una incapacidad para mantener el objetivo comunicativo.

El lenguaje en la esquizofrenia puede presentar alteraciones en múltiples niveles: fonológico, sintáctico, semántico y pragmático. La incoherencia discursiva refleja una disfunción ejecutiva que afecta la organización global del discurso.

***

Un término cualquiera empieza a irradiar alusiones, amenazas, dobles fondos, vecindades sonoras o simbólicas.El lenguaje muestra repeticiones, variantes mínimas, insistencias, fórmulas privadas, manierismos. El vocabulario común no basta. Las palabras tienen un filo que corta la lengua, te tientan como ojos cerrados de cuervos. Se agrupan como insectos y te dejan ronchas y picaduras. Patos hacia islas cubiertas de hielo. Atesoro esta miseria: miles de palabras escritas para quemar la noche, para hacer un falso día hermoso, para evitar conocer que la soledad forma el centro de este mundo.

Charles 148

«El odio, en política, no es simplemente una emoción privada trasladada al espacio público; es una forma de acción que tiende a destruir el mundo común. Allí donde el odio sustituye al juicio, desaparece la posibilidad de comprender. Y sin comprensión, la política se convierte en mera lucha de fuerzas. El peligro no es que los hombres discrepen, sino que dejen de reconocer en el otro a un interlocutor”, Hannah Arendt.

“El odio político es inseparable de la idea de que el otro no solo está equivocado, sino que es maligno. En ese punto, la discusión se vuelve imposible. Ya no se trata de persuadir, sino de derrotar. El lenguaje mismo se degrada, porque deja de servir a la verdad y pasa a servir a la hostilidad”, George Orwell.

“Nada hay más contrario a la naturaleza humana que el odio. Pues el hombre ha nacido para la sociedad, y la sociedad no puede mantenerse si cada cual considera enemigo a su semejante. Quien odia rompe el vínculo que lo une a los demás, y al hacerlo, se aparta de sí mismo. Porque la humanidad no consiste en otra cosa que en la comunión de los hombres entre sí”, Cicerón.

“El odio es una enfermedad del juicio: no ve las cosas como son, sino como le conviene verlas. El que odia no busca la verdad, sino ocasión para su pasión. Y así, cuanto mira, lo tuerce; cuanto oye, lo malinterpreta; cuanto piensa, lo envenena. No hay mayor miseria que vivir ocupado en aborrecer, porque el odio es un trabajo continuo del alma contra sí misma”, Quevedo.

“El odio es fuego que, encendido en el pecho, primero abrasa al que lo guarda. Ningún enemigo es tan dañino como aquel que llevamos dentro, pues no duerme, no descansa, no se aparta. Y así, quien vive odiando, vive en guerra perpetua consigo mismo”, Lope de Vega.

Charles 147

En mi cama releo a Stendhal. Sensación de Misa en sí menor de Bach en Chartres. La lámpara, con sus libélulas generosas de luz, ilumina la página, pero alrededor se extiende una oscuridad de caverna. En esa oscuridad, las palabras adquieren una resonancia distinta, más íntima, más profunda. No leemos entonces para saber, sino para ser.

La noche me devuelve a mí mismo. Noche: juguete enterrado en la arena de la playa, coral al fondo de Billie Holiday. Durante el día me disperso, me diluyo en mil solicitaciones; pero por la noche, en el silencio, recupero esa unidad que me permite leer verdaderamente. Leer de noche no es leer los libros, sino dejar que los libros nos lean.

Las lecturas nocturnas tienen un carácter distinto, casi mineral. Se incrustan en la memoria con una dureza que las hace perdurar. En la noche, el lector se vuelve más preciso, más atento. No hay lugar para la distracción. Es entonces cuando los libros revelan su verdadera estructura.

Charles 146

Hay días en los que la mente no avanza: se recoge mimosa. No piensa: solo escucha. No busca: se limita a esperar como la luna en la palma de la mano. Todo parece más lento, más difuso, más indeciso. Pero no es esterilidad: es una forma de incubación. La verdadera fecundidad del espíritu no reside en el movimiento continuo, sino en esos momentos en que el pensamiento se detiene, como el agua que se vuelve clara cuando deja de correr. Es entonces hora de tomar un libro -libros lentos-, por lo que mejor que sean de lógica («Logica est ars artium et scientia scientiarum», «la lógica es el arte de las artes y la ciencia de las ciencias»); leer Περὶ σκιᾶς συλλογισμῶν («Sobre la sombra de los silogismos») de Filón de Megara, o leer también «On the Algebra of Doubt», de George Boole.

Hay una sabiduría de la lentitud. La precipitación, ese aguijón en el ojo del perro, empobrece; la demora, lumbre sensual del cerebro, enriquece. El espíritu necesita esas estaciones en las que no produce, pero se prepara.

Porque hay días de tiempo espeso. Hay días en los que el tiempo no fluye, sino que se acumula. En la pantalla, tu autorretrato sale perfecto, admirable. Nada pasa: el tiempo, argent du soleil, se deposita en capas, como el polvo sobre los muebles olvidados. Y en esa acumulación, todo se vuelve más meditativo. Entras en tu biblioteca. «La muntanya d’ametistes», de Jaume Bofill i Mates, y «Horacianes», de Miquel Costa i Llobera. Paisajes civilizados, y equilibrio y serenidad.

La vida no siempre se despliega en movimiento; a veces se contrae. Y en esos momentos nos detenemos sobre la nieve. Esos días, que parecen estériles, son en realidad los más ricos: en ellos se forman, sin que lo sepamos, las impresiones más duraderas: un recuerdo del Canal Grande de Venecia, leer a Píndaro en voz alta desde Delfos, el sabor suspendido de la falta de sueño.

Charles 145

Mi tragedia privada… es haber tenido que abandonar mi lengua natural, mi lengua de pensamiento, formación y cultura, libre, rica e infinitamente dócil y dúctil—el catalán— por una versión de segunda categoría y degradada del español.

El catalán era la lengua de la calle y de la academia, de mis paseos por la rambla y por el puerto, una lengua verdadera y viva, precisa, elegante, refinada y civilizada; era la lengua hospitaria, abierta a otros mundos, quirúrgica y de una claridad casi matemática. Entre la roca y la biblia. Entre el Medievo luliano y la más osada vanguardia. El catalán era un sol cenital, una infancia de zoo pacífico, un hangar encendido en el pecho que me permitía levitar.

El español es, para mí, más un lenguaje de mármol y de estupor de cristal, que de corazón. Algo de cabeza y construcción conquistada. De posibilidad de escribir en un estilo gota a gota pensado. Una segunda vida, un nuevo humor. Nube, ojo y mano. Forma tallada y pulido cincel. Lengua abierta a injertos: simbolismo francés, ensayismo inglés, pensamiento oriental, tradición latina. Con el español ahora me siento en paz. Una lengua exuberante que me obliga a humedecer las palabras en un baño de oro.

El francés y el inglés son prótesis, complementos de estudio y escuela. Pese a todo son lenguas que amo mucho, verdaderos honderos y bulevares para la caricia. Y el gallego y el italiano, o, acaso, un achaparrado latín, son nuevas adquisiciones, bellas como un tanque, espadas japonesas con delicias de ideogramas.

El mundo del hombre es el mundo del sentido… y ese sentido se articula en palabras. No hay pensamiento fuera del lenguaje, ni experiencia humana que no esté atravesada por él. Cada lengua traza un mapa distinto de la realidad. Aprender otra lengua es adquirir otra alma. Habitar varias lenguas es vivir en varios mundos.

Charles 144

No me limito a la reescritura (tarea de tarugos), sino a la transcripción, al devoto, apasionado y amoroso plagio. Lo nuevo siempre se construye a través de lo viejo, y de lo ajeno. Soy un autor perezoso y deshonesto. Hurto, rapiño y usurpo. La mejor de las originalidades no deja de ser más que una imitación juiciosa.

No robo textos: los amo tanto que los rehago desde dentro. La cultura es una red de apropiaciones… copiar es pensar. Montaje, collage, sampleo; neologismos para un arte muy viejo.

Pero es desmotivador plagiar nuestra literatura. La literatura española ha confundido con demasiada frecuencia la viveza del habla tabernaria con la dignidad del estilo; y así ha elevado a categoría lo que no pasa de ser transcripción del burdel.

Aquí no hay ambición verbal, sino palabras verduleras y casticistas. Entre nosotros, el estilo no ha sido un problema: y ahí reside precisamente el problema.

Yo no soy solo un gran usuario de la lengua, sino un gran inventor de ella.

Charles 143

Vivir plenamente exige cierto grado de inconsciencia. El hombre que piensa demasiado se vuelve enfermo; la conciencia es, en cierto sentido, una enfermedad. Juro que tener demasiada conciencia es una enfermedad, una enfermedad real y completa (una felicidad que se analiza deja de ser una felicidad absoluta) Para el hombre sería más que suficiente una conciencia ordinaria, la mitad, o la cuarta parte de la que posee un hombre inteligente de nuestro desgraciado siglo (las mejores cosas de la vida no se dejan pensar sin perder algo de su sustancia).… La conciencia es un exceso, un lujo inútil que paraliza la acción. Lo peor es la lucidez excesiva. Se observa actuar, se corrige mientras actúa, se interrumpe… Hay un punto en que la inteligencia, aplicada a la vida, la destruye.

La conciencia no es una simple luz que ilumina el mundo, sino un prisma deformante. Todo lo que percibimos está ya modificado por la manera en que lo recordamos o lo anticipamos. Vivimos en una superposición de tiempos: lo que vemos está contaminado por lo que fue y por lo que imaginamos que será. La realidad no es nunca pura presencia: es un tejido de conciencia. Descomponemos la inocente percepción. Todo ocurre en la mente a través de crípticos lenguajes. En la espesura de la conciencia las cosas pierden contorno. Vacíos, interferencias…

Y frente a todo esto la conciencia dolorosa, desorganizada y, a veces, aterradora (y muy difícil de comprender) del esquizofrénico. Disolución entre pensamiento y realidad, entre interior y exterior, entre el mendigo del yo y el principesco mundo. Conexiones súbitas que te desbordan, extrañamiento radical («Unheimlichkeit»)

Desearía que lo comprendieran. Nuestro mundo interno adquiere una preeminencia tal que los hechos exteriores pierden su valor o se transforman según leyes propias. Las asociaciones no desaparecen, pero se reorganizan de manera peculiar: lo accesorio puede adquirir la máxima importancia, y lo esencial quedar relegado. El yo puede sentirse invadido, fragmentado, expuesto… como si ya no hubiera una frontera segura entre la realidad mental y la realidad extramental.

Los rayos divinos se dirigen a mi persona, las voces hablan de mí, los acontecimientos tienen un significado que me concierne directamente. No es una creencia: es una evidencia inmediata. El resultado no es ausencia de sentido, sino un exceso de sentido desviado. Se pierde la espontaneidad; tal es la autoconciencia de los procesos reflexivos.

La familiaridad con el mundo se nos rompe.

Charles 142

Pienso en las ramificaciones de mi destino si no hubiera estado enfermo. No hay un solo yo frustrado, sino una pluralidad de destinos coexistentes. Imagino versiones más exitosas (músico, matemático, novelista), pero también versiones peores o más oscuras (más infeliz, más inculto, incluso cruel) No solo renunciamos a vidas mejores, también evitamos vidas peores; de alguna manera eso me reconcilia con quien soy.

En efecto, siento que vivo vidas ajenas, que soy otros continuamente. Podría pasear por Estambul con un cielo de hilos de luna. En cada momento de mi vida hay alguien que podría haber sido yo, y que no lo ha sido. Podría haber sido un gran violinista y tenerla entre mis brazos. Me multiplico en posibilidades que no se realizan, y en todas ellas me fragmento.

Podría haber sido cualquier cosa… y sin embargo soy esto.

Y siento, en el fondo de mí, que esas otras vidas continúan existiendo de alguna manera, como si no hubieran sido completamente abandonadas. Permanecen acurrucadas en una galería verde de vidas en potencia. El yo es una cosa incierta, móvil, múltiple. No es más que un pobre punto de intersección de posibilidades.

No soy solo el que soy. Soy también la sombra de todo lo que no llegué a ser.

Charles 141

(Reflections on language)

Las palabras siguen existiendo, para perdieron su conexión con las cosas. La gente habla, pero no se comunica. El lenguaje ha sido dañado en su raíz y ya no puede decir inocentemente. Las frases se vacían y fragmentan.

Después de los actuales acontecimientos históricos, las palabras parecen haber perdido su inocencia, su rigor y su lucidez. Se usan para mentir, para ocultar, para hacer posible la ignominia Y, sin embargo, seguimos hablando (como primates) como si el lenguaje siguiera siendo un medio transparente a la verdad.

Las palabras abstractas, de las que la lengua debe servirse naturalmente para expresar cualquier juicio, se deshacen en la boca como hongos podridos. Ya no conseguimos pensar o hablar coherentemente sobre nada.

Las palabras se tensan, se agrietan y a veces se rompen bajo el peso de sí mismas, bajo la tensión, y resbalan, se deslizan, y perecen, se descomponen por imprecisión.

El lenguaje no es sólido. Todo nuestro lenguaje es incomprensible. Todo nuestro lenguaje es falso. Los nombres son polvo fino, gangrenado, sellando los labios. Una aureola oscura en los fonemas.

El diálogo continúa…pero es puro automatismo. Fibras deshilachadas del ser.

Toda palabra es una palabra de más. El silencio es el único lenguaje que no traiciona. Es imposible hacer comprender lo que nos sucede. Las palabras no son más que puentes frágiles tendidos sobre abismos. La gramática es una mala herramienta, una herramienta de peligros.

Se habla como siempre —quizá más que nunca—, pero las frases ya no designan nada. Se dice “árbol” y no hay árbol. Se dice “amor” y no existe el amor. Solo sonidos correctos, bien pronunciados, pero perfectamente vacíos. Una sensación: como si el mundo hubiera retrocedido varios pasos y las palabras ya no lo alcanzaran.