Charles 110

“Entre todos los instrumentos que la civilización ha inventado para resistir la barbarie, el libro sigue siendo el más humilde y el más poderoso. Un libro es un objeto silencioso, una pequeña caja de papel y tinta, pero dentro de él habita una voz humana capaz de atravesar siglos. Cuando leemos no estamos simplemente absorbiendo información: estamos entrando en conversación con una mente que ha vivido en otro tiempo y en otro lugar. La lectura es una forma de amistad con los muertos”, Auden.

“Leer es una de las pocas actividades en las que el individuo queda completamente a solas con una inteligencia que no es la suya. La experiencia es radicalmente distinta de escuchar discursos o ver imágenes. Un libro exige concentración, lentitud, paciencia. Por eso mismo transforma a quien lo lee. El lector no recibe simplemente ideas: se ve obligado a reorganizar su propia mente”, Cristopher Caldwell.

“Cuando abrimos a Homero o a Sófocles no estamos visitando un museo. Estamos entrando en una conversación que comenzó hace miles de años y que todavía continúa. Los libros de la antigüedad son documentos de la experiencia humana. Nos enseñan que los hombres de hace veinticinco siglos amaban, sufrían, luchaban y pensaban con una intensidad que sigue siendo reconocible para nosotros”, Bernard Knox.

“Leer poesía es una forma de atención extrema. El poema no se abre a la prisa. Exige una concentración casi física, como si las palabras fueran objetos delicados que deben ser tocados con cuidado. La lectura profunda no consiste en comprender inmediatamente, sino en habitar durante un tiempo dentro de la música de las palabras”, Anne Stevenson.

Charles 109

No paro de parlotear de mí mismo.

El egotismo es el hábito de hablar de uno mismo con lucidez y con sinceridad. No conozco otro camino para llegar a la verdad del corazón humano. Quien habla de sí mismo con franqueza termina por decir lo que todos sienten.

Mi espíritu gira sin cesar sobre sí. Me observo vivir, me observo pensar, me observo sentir. Mi vida interior se ha convertido en una novela.

Nunca fui otra cosa que un espectador en su propio teatro. Vivo contemplando la escena de mi existencia. Cada emoción se transforma en pensamiento sobre esa emoción, y cada pensamiento engendra otros pensamientos.

Tal vez no sea más que una forma elegante de narcisismo.

Charles 108

Tomo trece pastillas al día que me dejan como un zombi, de ahí mi poca adherencia al tratamiento. Uno de los dilemas del tratamiento es que algunos pacientes sentimos que la medicación reduce no solo la enfermedad, sino también parte de la intensidad de tu vida. No eres el mismo porque los estados de ánimo forman parte de tu identidad.

Durante décadas los psiquiatras trataron los trastornos mentales con medicamentos que no fueron diseñados a partir de una comprensión profunda del cerebro. Los medicamentos actuales fueron descubiertos en gran medida por accidente y siguen siendo herramientas relativamente burdas. La psiquiatría moderna depende de medicamentos que a menudo producen efectos secundarios significativos y cuyos mecanismos completos todavía no comprenden.

Los llamados fármacos psiquiátricos no curan enfermedades en el sentido en que la insulina cura la diabetes. Son sustancias que modifican tu comportamiento y tu experiencia. Al llamar ‘tratamiento’ a estos efectos, se corre el riesgo de olvidar que lo que realmente hacen es alterar tu estado mental.

Los psicofármacos funcionan principalmente produciendo una alteración global del cerebro. Esta alteración puede reducir temporalmente ciertos síntomas, pero al mismo tiempo puede disminuir tu energía mental, tu creatividad y tu espontaneidad.

No tomo los fármacos para no embotarme vilmente.

Charles 107

SÍNTOMAS: Devastación psíquica aplanando mi vida interior. Sentimientos sin volumen, huecos, insoportables. Remordimientos. Ideas suicidas. Desesperanza. Abolición del impulso vital. Agotamiento corporal, moral y cognitivo. Intensa agonía. Pensamientos sombríos. Vida descolorada y aislada. Tormento sin causa visible. Temor continuo. Espíritu deformado. Mudez del yo. Colapso del horizonte.

ESCOLIOS: La depresión no es tristeza vulgar. Es una tormenta cerebral devastadora. En mi caso es como si un vendaval rugiera dentro de mi cabeza, una fuerza destructiva que arrasa todo lo que encuentra a su paso. La energía se extingue, la esperanza desaparece y el mundo entero se vuelve un lugar inhabitable. El dolor es tan intenso que resulta casi imposible explicarlo a quienes nunca lo han experimentado; y sin embargo, desde dentro, uno tiene la certeza terrible de que no terminará nunca.

La mente cae como una casa que se derrumba. Todo lo que antes parecía claro y sólido se vuelve confuso, oscuro. Hay momentos en que siento que la vida se ha vuelto demasiado pesada para sostenerla, como si una ola inmensa se levantara dentro de mí y amenazara con cubrirlo todo.

Hay momentos en que todo se me vuelve absurdo, en que siento que mi vida es un error que alguien cometió al crearme. Me miro vivir como quien contempla desde una ventana una calle vacía. No soy nada, no puedo querer nada, no puedo ser nada.

CITAS: Timothy Bright (1551–1615) «A Treatise of Melancholie»: “La melancolía no consiste solamente en tristeza, sino en una perturbación profunda del juicio y de la imaginación. El enfermo se persuade de cosas que no son, teme males que no existen y pierde el gusto por los placeres ordinarios de la vida. A menudo desea la soledad, evita a los amigos y se entrega a pensamientos que giran continuamente sobre sí mismos».

Kraepelin: “En la depresión profunda el paciente experimenta una inhibición general de la vida psíquica. El pensamiento se vuelve lento y laborioso, la voluntad pierde su fuerza, y las emociones se tornan dolorosas. Incluso los actos más simples requieren un esfuerzo extraordinario. El enfermo siente que su energía vital ha sido extinguida”.

Binswanger: “En la melancolía el horizonte del mundo se estrecha. El paciente ya no puede proyectarse hacia el futuro; vive encerrado en una experiencia del tiempo que parece detenida”.

Andrew Solomon: “La depresión destruye no sólo la capacidad de experimentar placer, sino también la esperanza de que el placer pueda regresar. La enfermedad persuade al paciente de que el dolor es permanente”.

POEMA:

QUERER MORIR

Ya que preguntas, la mayoría de los días no me acuerdo.
Camino con mis vestidos, sin marcas de ese viaje.
Después el deseo casi innombrable regresa.

Ni siquiera entonces tengo algo contra la vida.
Conozco bien las briznas de hierba de las que hablás,
los muebles que pusiste bajo el sol.

Pero los suicidas tienen un lenguaje especial.
Como los carpinteros, quieren saber con qué herramientas.
Nunca se preguntan por qué hacerlo.

Dos veces me dije ingenuamente,
he poseído al enemigo, he devorado al enemigo,
me apropié de su oficio, de su magia.

De esta manera, pesada y pensativa,
más caliente que el agua o el aceite
conseguí dormir hasta babearme.

No pensé en mi cuerpo cuando me pincharon.
Hasta la córnea y los restos de orina se fueron.
Los suicidas ya han traicionado a su cuerpo.

Nacidos muertos, no siempre mueren,
pero deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce
que hasta los chicos mirarían con una sonrisa.

¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!,
eso, en sí mismo, se convierte en una pasión.
La muerte es un hueso triste; estropeado, dirías,

y sin embargo me espera, año tras año,
para deshacer tan delicadamente una vieja herida,
para liberar mi aliento de su cruel prisión.

Como equilibristas, los suicidas a veces se encuentran,
furiosos con el fruto, una luna inflada,
dejando el pan que confundieron con un beso.

Anne Sexton.

Charles 106

(Meditatio solitudinis)

Uno de los dramas de mi vida: una soledad privativa y excluyente, abrasiva, no fecunda, que daña. Estoy aturdido de soledad. Golpean mi cuerpo de momia en yunques nocturnos. Así, a menudo, mi mente es una turbina que gira muy veloz sobre sí misma y se sale de su eje. Ideas circulares en una habitación morbosa y caldeada. La soledad impuesta es un exilio indigno. Mi carne, frontera de vacío, se fatiga cada día más como un vidrio débil.

El hombre de imaginación vive rodeado de otros, pero rara vez vive con ellos. Hay en su espíritu alcobas secretas donde nadie entra (¿Cómo te arrastraste tanto tiempo dentro?) Allí se acumulan pensamientos que no pueden ser compartidos, sentimientos que no encuentran lenguaje. Y cuanto más intensa es la conciencia, más profunda se vuelve esa separación desesperada (las estrellas valsean rojas y negras y galopan desventrados pájaros de trueno)

Sé que el escritor vive apartado incluso cuando se encuentra entre los hombres. Observa la vida con una intensidad que le impide participar plenamente en ella. Su destino es contemplar, comprender, transformar en forma aquello que para los demás es simplemente existencia. Pero no son pocas las horas en que esa distancia entre él y el mundo es como una navaja afilada que rasga la piel. No pocas veces dioses ocuros son como simas en noches de invierno.

Muy frecuentemente me siento como si caminara sola por una ciudad vacía. La mente trabaja con intensidad, pero el corazón siente un inmenso desierto.

El hombre moderno está rodeado de sistemas, máquinas, instituciones, pero ha perdido el calor humano que daba sentido a la vida. Se encuentra solo en medio de una civilización gigantesca.

A nadie puedo comunicar las cosas que me parecen importantes. Estoy separado de todos por un abismo invisible.

La mente necesita otro cerebro donde resonar. La mente necesita alejarse de pestilentes letrinas.

Charles 105

Mi hermana Noemí es una mujer moderna que posee una mente rápida y móvil, capaz de saltar de una idea a otra con una agilidad que durante siglos se les negó a las mujeres. Tiene un espíritu curioso, irónico, dispuesto a cuestionar lo que antes parecía incuestionable. Su inteligencia se alimenta tanto de la experiencia como de la imaginación. Nunca aceptó que su destino estuviera fijado de antemano. Quiere pensar, decidir, experimentar. Buena amiga y ejemplar (y paciente) hermana. Su uso de la libertad la condujo a veces a contradicciones, a inquietudes, incluso a un cierto sentimiento de culpa; pero esas tensiones son el precio de una existencia auténtica. De ideología feminista, nacionalista e izquierdista. Vive según su propio ritmo. Ama la conversación, la risa, las noches largas llenas de música y de amigos. Tiene una mirada viva y una mente ingeniosa, siempre alerta. Su espíritu es joven porque no acepta envejecer en las costumbres. Analiza el mundo con ironía. Excelente madre. Chispeante. Experimenta la vida con intensidad. Puede reír, equivocarse, amar, viajar, cambiar de rumbo. La quiero con locura.

Charles 104

Mi padre caminaba con la seguridad tranquila de quien sabe que pertenece a una tradición respetable. En su porte había algo de autoridad natural, de racionalidad y disciplina, una mezcla de severidad y nobleza que inspiraba confianza. Era un hombre de finanzas, pero también un hombre de cultura: respetaba los libros, la música, las buenas maneras. Su vida estaba regida por el sentido del deber, por el rigor moral, por la conciencia de representar algo más grande que él mismo: una familia, unas lealtades, una tradición.

De temperamento simpático, pero reservado en lo íntimo, y profundamente honorable. Su figura representaba todo lo que la vieja burguesía barcelonesa consideraba digno: trabajo constante, seriedad, modestia en las palabras y rectitud en los actos. No era un hombre que buscara imponerse mediante la voz o el gesto; su autoridad provenía de una vida ordenada y de una conciencia moral que nunca transigía.

Amaba los libros, la conversación inteligente y la claridad del pensamiento. Era un hombre algo severo; pero había en él una especie de rectitud interior que hacía sentir que ciertas cosas simplemente no debían hacerse. A veces chocamos y sufrió indeciblemente con mi enfermedad.

Charles 103

Cada piedra de Venecia en una pintura de Canaletto está colocada con la exactitud de un arquitecto y, sin embargo, todo vive en una atmósfera de luz. Sus palacios se levantan con una dignidad tranquila sobre el agua verde del Gran Canal, mientras las góndolas negras atraviesan la escena como silenciosos pensamientos. Nada está exagerado; todo es serenidad, precisión y aire. Aquí vuelve mi madre.

Las Madonnas de Rafael poseen una serenidad que parece nacida de una emoción perfectamente dominada. En la Virgen del Velo, el gesto delicado con que la madre sostiene al Niño expresa una ternura silenciosa, una intimidad doméstica elevada a lo divino. Aquí vuelve mi madre.

Los nocturnos de Chopin poseen una cualidad crepuscular muy especial. La melodía parece iluminarse desde dentro, como una lámpara cubierta por un velo de seda. Hay en ellos una delicadeza tan extrema que cada nota parece temer romper el silencio del que ha nacido. Aquí vuelve mi madre.

Cómo te echo de menos mamá. Desde tu muerte ya no soy el mismo. Aquella parte de mí que vivía en ti ha desaparecido para siempre. Hay momentos en que la casa me parece llena de tu presencia y, sin embargo, sé que nunca volveré a verte. Todo lo que era dulce en la vida se ha retirado contigo, como la marea que abandona la orilla. Perdí a mi pobre madre. La casa está vacía y mi corazón también. Era el único ser que me comprendía completamente. Ahora todo me parece extraño y desierto. Nunca imaginé que la soledad pudiera ser tan profunda.

Recuerdo la sensación de su amor. Ese recuerdo me acompaña como una luz suave. A veces pienso que todo lo bueno que hay en mí proviene de aquella ternura que nunca dejé de conocer.

Charles 102

Quedé a las afueras de una biografía común. Como un tren parado de por vida en un andén. Entrando y saliendo de manicomios durante casi cuarenta años. Los demás “cumplían etapas” mientras uno apenas intentaba sobrevivir. De ahí brotaban la humillación, la envidia triste, la impresión de atraso, de mutilación civil, de destiempo. Mi única energía vital fue absorbida por la mera tarea de no hundirme definitivamente.

Se abría un gran hueco en la banquisa entre yo y las otras personas. Ellos estaban juntos en tierra firme, hablando entre sí. Yo estaba solo sobre el hielo. No saben, se lo aseguro, lo que es estar encerrado en una institución psiquiátrica. El cuerpo ya no te pertenece. El pensamiento tampoco. En la lucha contra el dolor, la ansiedad y el miedo cada día, el único método que encontré para seguir viviendo fue seguir creando. Abandonado. Arrojado por el viento. Permanecer en filas rotas esperando mientras las enfermeras cuentan nuestras cucharas. Los pacientes mirándose unos a otros sin verse, las enfermeras moviéndose como sombras cuidadosas.

El hospital de los lunáticos, donde se hallan confinadas diversas especies de locura. Algunos gritan como profetas poseídos; otros ríen con una alegría tan extravagante que resultaba más terrible que el llanto. Los hay que monologan con una gravedad filosófica sobre sistemas del mundo, mientras otros discuten con enemigos imaginarios. De repente uno empieza a agitar los brazos, otro escupe un gargajo verdoso, y, otro, finalmente, golpea de un puñetazo el televisor estropeándolo. Nadie, por cierto, ve la televisión y el comedor es fantasmagóricamente silencioso. Las salas son largas, húmedas, resonantes, con altas ventanas enrejadas por donde entra una luz fría.

Los pacientes deambulan erráticos en los jardines o permanecen sentados en silencio en las salas. Las habitaciones son limpias, con amplias ventanas que dejan entrar el aire y la luz. En algunos rostros se ve una paradójica expresión de paz melancólica; en otros, la inquietud de pensamientos que no logran expresarse. Algunos caminan sin descanso de un lado a otro, como si buscaran una puerta que nunca aparece. Otros se sientan en silencio, mirando el suelo con una obstinación terrible. Por las noches se oyen gritos repentinos, risas extrañas, discusiones con interlocutores invisibles. Es como vivir dentro de un sueño febril del que nadie puede despertar.

La rutina es simple: despertarse temprano, desayunar, distintas actividades aparentemente terapéuticas, paseos, largas horas de inactividad, disciplina, tratamientos farmacológicos rutinarios.

Yo me pasé décadas estirado en la cama de mi habitación hablando con los ruidos del techo.

Charles 101

Muchos escritores, pensadores y científicos vivieron adolescencias tormentosas: hipersensibilidad, aislamiento social, refugio en el pensamiento o, de manera omnímoda, refugio en los libros.

Mi gran precocidad intelectual, la sensibilidad psicológica, los intereses culturales muy diferentes del entorno analfabeto, la falta de habilidades sociales, convirtieron mi adolescencia en un periodo duro y amargo. El niño superior suele encontrarse desde temprano en una extraña soledad. Percibe cosas que los demás no perciben todavía. Su vida interior comienza antes. De ahí las burlas, ironías, indiferencia y ostracismo social. La vida de la mente rara vez coincide cómodamente con la vida social.

Además advertía que empezaba a desarrollarse una insidiosa esquizofrenia y me auto-diagnostiqué -correctamente- acudiendo a los libros de psicología y psiquiatría de la biblioteca. Me empezó a turbar el futuro de mi destino.

Los días de mi pubertad transcurrían en gran parte entre libros. Mientras los otros corrían y gritaban en el patio del instituto, yo permanecía en la biblioteca escolar leyendo durante horas. Los personajes de los libros me eran más familiares que muchos de los condiscípulos de mi edad. La literatura y la ciencia formaban una sociedad silenciosa y fiel que nunca me humillaba ni me rechazaba.

Siempre me sentí apartado de los demás. Entre mis compañeros me movía con torpeza, como si perteneciera a otra especie. Los libros eran mi únicos camaradas. En ellos encontraba una claridad y una compañía que la vida cotidiana me negaba.

No guardo rencor a mis compañeros, resentimiento ni agravios. Uno llega a ser lo que es gracias a lo que ha sufrido. La vida de la mente es, por naturaleza, una forma de soledad. La gran cultura siempre ha sido obra de minorías. La mayoría de los hombres vive necesariamente en otro registro de intereses y preocupaciones. La inteligencia puede separar, pero la madurez reconcilia con la diversidad humana. El dolor deja lugar a la lucidez.