Charles 100

Hay escritores que no escriben para una élite ni para un pequeño círculo, sino para todos. Sienten una devoción casi mística por su público. Creen que cualquier tipo de lector, el que sea, hace vivir su obra, que el escritor no puede desear recompensa mayor que el afecto de sus lectores

Yo soy mucho más crítico. Mi punto de vista se acomoda a Flaubert: la masa no tiene gusto; tiene hábitos. Lo que hoy aplaude mañana lo olvidará. El artista no debe seguir la opinión común, sino trabajar con obstinación en su obra, aunque nadie la comprenda. El escritor que intenta agradar al público termina por degradar su arte.

La multitud busca siempre lo fácil y lo superficial. Las obras verdaderamente grandes suelen ser comprendidas solo por unos pocos. La muchedumbre es una criatura muy vaga y abstracta. El escritor que piensa demasiado en ella corre el riesgo de escribir no para nadie en particular, sino para una sombra.

Yo soy hostil con los lectores tomados como un gran número. Como escritor trabajo para un lector desconocido que todavía no existe.

Charles 99

Algunos de vosotros me estigmatizáis. La sociedad establece los medios para categorizar a las personas y el conjunto de atributos que se consideran naturales y normales para los miembros de cada una de esas categorías ¿Soy un anormal, un vulgar objeto de la subliteratura, un monstruo que no merece afecto y ternura? Cuando un individuo posee un atributo (digamos esquizofrenia) que lo hace diferente de los demás en una categoría determinada, ese atributo puede convertirse en un estigma: algo profundamente desacreditador. Yo he sentido ese proceso muchas veces. Demasiadas veces se me ha calumniado, repudiado y tachado, expulsado de vuestra comunidad moral de consideración y pertenencia. Entonces el individuo deja de ser percibido como una persona completa y corriente para convertirse, en la mente de los demás, en alguien marcado, reducido y desacreditado. En lugar de ver al individuo en toda su complejidad, la sociedad lo reduce a esa característica única, que eclipsa todas las demás (yo no soy mi enfermedad)

Nada es más punitivo que atribuir significados morales a una enfermedad. La enfermedad se convierte entonces en una metáfora de carácter, una señal de debilidad o corrupción interior. Este modo de pensar no solo es falso; es cruel. Impone sobre el enfermo una carga adicional de vergüenza y culpabilidad, cuando lo que necesita es comprensión y alivio. Se nos evita y elimina de cualquier delicada forma de amor. Las metáforas de la enfermedad son una forma de estigmatización que convierte el sufrimiento en acusación.

El estigma es cruel de muchas maneras. Obliga a quienes padecen enfermedades mentales a esconderse, a fingir normalidad, a vivir con miedo de ser descubiertos. Muchos prefieren el silencio antes que arriesgarse al rechazo social. Y así el sufrimiento se vuelve doble: el sufrimiento de la enfermedad y el sufrimiento de la soledad.

Cuando las personas son reducidas a un diagnóstico, se pierde la riqueza de su individualidad. Cada paciente es una historia, una vida, una personalidad única.

“Nadie ha escrito jamás, pintado, esculpido, modelado o construido sino para salir del infierno. Pero cuando el mundo llama locura a esa lucha interior, olvida que muchas de las formas más intensas de lucidez nacen precisamente en ese combate”, Artaud.

“La depresión y otras enfermedades mentales siguen rodeadas de un silencio cargado de vergüenza. Muchas personas sufren en secreto porque temen que los demás interpreten su dolor como debilidad o fracaso moral. Esa incomprensión social convierte una enfermedad tratable en un aislamiento devastador”, William Styron.

Charles 98

Pero, al igual que en las aguas sucias y turbias de un río en el desagüe de una fábrica, resplandece de vez en cuando un pez magnífico, en el río de papel viejo también brilla a veces el lomo de un libro precioso; deslumbrado, miro un rato hacia otra parte antes de cogerlo, lo seco con el delantal, lo abro y huelo el texto, y sólo entonces fijo los ojos en la primera frase y la leo como si fuera una predicción homérica; entonces guardo el libro entre otros bellos hallazgos.

“Los libros son los maestros que instruyen sin vara ni cólera; sin palabras ásperas ni dinero. Si te acercas a ellos, no te reprochan; si los interrogas, no se irritan; si cometes un error, no se ríen de ti. En ellos se conserva la memoria de los muertos, el consejo de los sabios y el espíritu de los antiguos. Los libros son los fieles custodios de la verdad; guardan el pensamiento de los hombres como el arca guarda el tesoro ¡Cuán grande es la utilidad de los libros! Ellos nos enseñan sin vergüenza, nos corrigen sin ofensa y nos guían sin violencia. En ellos conversamos con los sabios que vivieron antes de nosotros, y en su compañía aprendemos a despreciar la ignorancia», Richard de Bury.

“En los libros encuentro a los muertos como si estuvieran vivos; en los libros preveo las cosas futuras; en los libros se revelan las hazañas de la guerra y los secretos de la paz. Todas las cosas que el mundo encierra, todas las obras de los hombres, todas las reflexiones de los filósofos y los misterios de las artes están fielmente depositados en los libros”, Richard de Bury.

“Desde mi juventud sentí una pasión casi insaciable por los manuscritos. Mientras otros hombres perseguían riquezas o placeres, yo buscaba pergaminos olvidados, cartas antiguas, crónicas y códices medio destruidos. Mi deseo era rescatar los restos de la literatura antigua antes de que desaparecieran. Cada manuscrito salvado del polvo o de la destrucción me parecía un fragmento de la memoria del mundo arrancado al olvido”, Thomas Phillipps.

“Hay una felicidad particular en la compañía silenciosa de los libros. Ellos no compiten con nosotros ni nos juzgan; esperan pacientemente hasta que el espíritu esté preparado para recibirlos. El bibliófilo encuentra en su biblioteca algo más que conocimiento: encuentra un paisaje interior donde cada volumen es una presencia viva”, Richard Monckton Milnes.

Charles 97

Mi geografía ha sido esa ciudad poblada de fantasmas ilustres llamada biblioteca. Otros estuvieron en islas con montañas cubiertas de bosques que descendían en pendientes verdes hasta el mar azul profundo; donde los valles se abrían como pasajes secretos entre murallas de vegetación exuberante. O el aire estaba impregnado de perfumes desconocidos, y los árboles parecían pertenecer a una creación distinta, más antigua y más rica que la nuestra. Mi geografía son miles de horas pobladas leyendo gruesos volúmenes.

Otros vieron las cúpulas y los minaretes que se elevan entre brumas violetas; el Bósforo que se desliza silencioso entre orillas de jardines y palacios. Los barcos pasando como sombras. El cielo con un azul tan suave que ni el agua es capaz de reflejarse. Todo como envuelto en una melancolía infinita.

El drama esencial de mi vida no ocurrió en el exterior, sino en la conciencia. Todo me ocurrió lejísimos del lago Tanganica, del mar Arábigo, del río Limpopo, o del monte Fuji. Arrellenado en mi butaca, fui un hombre reducido a lo esencial, despojado de las ilusiones de la civilización, sumido en la ley implacable de la soledad.

Supe de la renovación del lenguaje poético por parte de Pound, del ritmo musical de diferentes personalidades verbales, de antiguas certezas y angustias religiosas desde la comodidad de mi sofá. Me heló la sangre Frankestein y Lovecraft. Oteé cómo respondía la imaginación de Wallace Stevens a la presión de la realidad. Observé cómo analizaba y revelaba su mundo Goethe.

Muy lejos de mí lagunas turquesas y palmeras. O los templos, los bazares, los carros tirados por bueyes, los mendigos y los comerciantes de la India.

Nunca permití que nadie entrara en mi biblioteca y nunca quise salir de ella.

Charles 96

Los libros no están hechos para ser venerados como reliquias, sino para ser abiertos, discutidos y puestos en cuestión. Para ser habitados, es decir, subrayados, pintarrajeados, dobladas sus páginas, escritos en los márgenes. Son una isla con un mapa secreto donde, para encontrar el tesoro, debemos arremangarnos y enfangarnos. Leer es un viaje sin equipaje. Basta abrir un libro para atravesar continentes de imaginación, ideas y sensibilidad. Un continente que hemos de explorar traicionando la noción neurótica del libro impoluto e intonso. Quien ama los libros vive rodeado de las tachaduras que hace en ellos. Los libros son testimonios manchados con nuestro diálogo, o anuencia o discrepancia. Los libros vivos tienen el sudor de los dedos del lector impregnados en ellos.

Charles 95

«Los libros son los verdaderos depósitos del ingenio humano. En ellos se conservan las luces de los siglos y las observaciones de innumerables entendimientos. Quien se entrega a la lectura no vive solamente su propia vida, sino que participa de la experiencia de todos los hombres que han pensado antes que él […] La biblioteca es el taller del entendimiento. Allí se recogen las ideas dispersas del mundo, y el estudioso aprende a ordenar, comparar y juzgar los pensamientos de los hombres», Lorenzo Hervás y Panduro.

«El comercio de los libros es uno de los mayores beneficios de la sociedad civilizada. Por medio de ellos los hombres se comunican sus descubrimientos, se corrigen mutuamente sus errores y adelantan en las ciencias y en las artes […] La lectura habitual forma el gusto y perfecciona el juicio. Un pueblo que lee buenos libros se acostumbra poco a poco a pensar con orden, a sentir con moderación y a estimar lo verdadero», José Agustín Ibáñez de la Rentería.

«Los libros forman la conversación más provechosa que puede tener el hombre consigo mismo. En el silencio de la lectura el entendimiento se ejercita, se examina y se perfecciona», Pedro Estala.

«No hay compañía más fiel que la de los buenos libros. Ellos instruyen sin soberbia, reprenden sin acritud y consuelan sin lisonja», Gregorio Mayans.

Charles 94

«La lectura es una de las más nobles ocupaciones del espíritu humano. Ningún hombre puede conversar con las edades pasadas sino por medio de los libros; y ningún placer intelectual se compara con aquel que sentimos cuando, en silencio, abrimos un volumen y nos encontramos de pronto en compañía de las mayores mentes de la humanidad. En una biblioteca bien elegida vive una sociedad más ilustre que cualquiera de las que pueden reunirse en el mundo real […] El amor por los libros no es una simple inclinación erudita: es una disposición del alma. Quien ama verdaderamente la lectura siente que cada volumen es una puerta hacia otra vida. Así, en una habitación silenciosa, el lector puede recorrer los siglos, conversar con filósofos y poetas, y enriquecer su mente con una libertad que ningún poder político podría otorgar», James Mackintosh.

«Los libros proporcionan uno de los más puros placeres de la mente. A través de ellos el espíritu se eleva por encima de las limitaciones del tiempo y del lugar. Cuando leemos, nos convertimos en ciudadanos de todas las edades y de todas las naciones; participamos en los descubrimientos de los sabios y en las imaginaciones de los poetas […] El hábito de la lectura refina el gusto, amplía el juicio y suaviza las pasiones. Ninguna ocupación solitaria es tan fértil en placer como esta tranquila conversación con autores ilustres», Alexander Gerard.

«Un hombre que posee libros posee también el poder de multiplicar su vida. Los volúmenes de una biblioteca no son simples objetos de papel: son depósitos de sabiduría, monumentos del ingenio humano y testigos de las más elevadas aspiraciones del espíritu […] La conversación con hombres ingeniosos es un placer grande, pero la conversación con libros excelentes tiene la ventaja de que siempre está a nuestro alcance y nunca se agota», Charles Gildon.

Charles 93

A veces hablé de mi infancia de oro y platino; riqueza material, amor y riqueza espiritual, clases particulares de idiomas, música y dibujo. Amor, ternura y delicadeza.

El jardín olía a mimosas y a hierba húmeda; el sol descendía lentamente detrás de los árboles; y yo sentía una felicidad tan plena que me parecía imposible que el mundo hubiese sido creado para otra cosa que para aquellas horas con papá, mamá y mis hermanas. La casa luminosa, con las ventanas abiertas en verano. Lilas, margaritas silvestres, y el cruel cristal de la enfermedad sin empañar. Todo grande, nuevo, todo convertido en aventura.

Los restaurantes lujosos como palcos de ópera. El aire impregnado de perfumes de cocina refinada. Las mesas cubiertas de lino blanco, las copas delicadas, las voces bajas de los comensales… todo componía una escena de civilización selecta. El restaurante estaba iluminado con una luz dorada que hacía brillar las copas de cristal y la plata de las cuberterías. Los camareros se movían con una precisión casi coreográfica.

Y el espejo azul del mar de Sitges. Las olas apenas respirando sobre la fina arena. El hotel, contiguo al paseo marítimo, se alzaba como un palacio moderno: mármoles brillantes, escaleras amplias y salones llenos de viajeros de la alta burguesía elegante y culta.

Las habitaciones de casa repletas de libros. La biblioteca era la habitación más noble de la casa: un largo salón silencioso donde los libros se alineaban en altas estanterías de roble. Sobre las mesas había volúmenes abiertos, y el fuego de la chimenea proyectaba una luz cálida sobre los lomos de cuero. Era el tipo de estancia que invita a la conversación lenta y al pensamiento.

Y en el búcaro la rosa despliega sus pétalos con una gracia que parece estudiada; el clavel levanta su cabeza perfumada como si quisiera ofrecer su aroma al aire; y las praderas, cuando la primavera las despierta, se cubren de colores tan variados que el ojo apenas puede recorrerlos sin sentirse sorprendido y agradecido. Cada flor, por humilde que sea, parece haber recibido una forma particular destinada a deleitar la vista y el olfato.

Juro que he sido el niño más feliz.

Charles 92

En la Universidad fui, en líneas generales, un feliz pura sangre intelectual. La Universidad no debe ser un simple lugar de enseñanza profesional. Es un lugar donde las mentes jóvenes se encuentran, se rozan y se encienden unas a otras. Yo lo viví esencialmente en soledad, pero el resultado fue fértil, fructífero. Leía a los clásicos y a los raros y herejes por mi cuenta, asistía a clases de matemáticas como oyente por curiosidad, conocí el amor (el único amor que ha existido en mi vida), iba al cine de vanguardia, disfrutaba de teatros y museos, paseaba cual flâneur por Barcelona la hermosa.

Me gustaba instalarme en la biblioteca de la Facultad durante horas, con una mesa entera ocupada por libros abiertos. El silencio tenía una cualidad especial, como si el aire mismo estuviera hecho de páginas. Al levantar la vista de la lectura veía las altas ventanas, el polvo flotando en la luz, y sentía que mi vida estaba hecha de eso: libros, silencio y la felicidad de la mente trabajando. Soy un estudiante eterno.

Cada libro abría un mundo. Cada conversación o pensamiento parecía una revelación. Cuando uno es joven y estudia, el pensamiento tiene la rapidez de un río recién nacido. Y qué extraordinario es estar vivo con veinte años en una mañana de verano. El aire parece lleno de luz; los árboles se mueven suavemente; y uno siente, de repente, que el simple hecho de caminar, de respirar, de mirar el cielo, es ya una forma completa de dicha.

El Patio de Letras de la U.B. en otoño tenía, bien de mañana, un silencio particular. Las hojas caían sobre la hierba de los cuadrángulos y los estudiantes atravesaban los arcos con libros bajo el brazo. A veces pienso que el verdadero aprendizaje no ocurría en las clases, sino en las largas lecturas nocturnas sobre poesía, filosofía y lógica.

Barcelona era un gran estímulo intelectual. Había librerías, cafés, discusiones interminables. Uno podía pasar la mañana en la universidad y la tarde leyendo en una biblioteca o paseando por el barrio antiguo. Es una ciudad que educa sin proponérselo. El estudiante que camina por sus calles acaba aprendiendo más de lo que le enseñan las aulas. La piedra gótica, los cafés llenos de conversaciones y las librerías de viejo forman una universidad paralela.

Las clases eran útiles, pero lo que realmente me educaba era la lectura solitaria. Fue un período luminoso de libertad. Cuando llegué a la U.B. sentí que entraba en un mundo nuevo. Durante los primeros meses mi mente estaba en constante excitación intelectual. Las matemáticas me parecían un paisaje puro, casi sobrenatural. No era tanto lo que aprendíamos en clase como el hecho de vivir rodeados de libros, profesores y estudiantes dedicados al pensamiento.

Fue hermoso vivir, amar a una mujer y creer que la cultura era la fuerza más poderosa de la existencia.

Charles 91

Muchísimos escritores —especialmente los que vivimos lejos de grandes centros culturales— hemos sentido exactamente una sed de conversación elevada y el cansancio ante la banalidad cotidiana. Contrasta mi hambre interior de ideas y conocimiento frente al entorno social dominado por trivialidades. Samuel Johnson lo observó con crudeza: el hombre que desea conversación inteligente a menudo se encuentra rodeado de personas que solo quieren hablar de lo inmediato.

La mayor desgracia del hombre que piensa es verse condenado a vivir entre personas que no piensan. Mi necesidad de conversación superior queda insatisfecha, y debe resignarse a una soledad espiritual incluso cuando se encuentra entre multitudes. La mayoría oye palabras, pero no escucha ideas ¡Qué íntima necesidad tengo de hablar de arte, de ciencia, de filosofía, de estilo, de libros! A veces siento que me aplasto entre graves mediocridades.

Samuel Johnson vivía prácticamente para la conversación. Boswell lo describe pasando horas en tertulias.

“There is no pleasure like that of conversation with a man of cultivated mind. Books may delight us in solitude, but conversation gives life to knowledge and warmth to the understanding”, “No hay placer comparable al de conversar con un hombre de mente cultivada. Los libros pueden deleitarnos en soledad, pero la conversación da vida al conocimiento y calor al entendimiento».

Sin duda las horas más felices de la vida son aquellas que se pasan conversando entre amigos que aman la literatura y la investigación. Yo aquí en el pueblo no puedo disfrutar ni celebrar mentes despejadas, despiertas y vivas. Brilla por su ausencia un elegante intercambio de ideas. Todo es como sin gusto, brutal y rústico.

Steiner insistió en que la civilización europea se construyó sobre la conversación intelectual.

«La conversación cultivada ha sido una de las formas más altas de la vida del espíritu en Europa. En los cafés, en los salones, en las universidades, los hombres han discutido libros, música, filosofía, historia. Esa conversación fue uno de los motores secretos de nuestra civilización».

Cómo añoro una buena discusión entre escritores que se parezca a una partida de ajedrez: cada observación anticipando la siguiente, cada movimiento abriendo nuevas posibilidades. O la mente saltando de un tema a otro, tocando el arte, la literatura, la memoria y la experiencia con una libertad imposible en el discurso formal o académico. Movimiento de olas que se siguen, se encabalgan, se superponen, regresan y avanzan de nuevo.

La conversación de provincias posee una monotonía casi matemática. Se habla de las mismas personas, de los mismos acontecimientos insignificantes, y las mismas opiniones reaparecen como si fueran nuevas. Se habla siempre de lo mismo: de quién ha comprado una vaca, de quién se ha peleado con quién, de quién ha dicho tal o cual cosa. La conversación tiene un aire circular; da vueltas y vueltas alrededor de las mismas historias.