Biblioclastas y analfabetos de segunda categoría

La sociedad del futuro, valga el punto de exageración, estará conformada por la mitad de la población biblioclasta -con fobia a los libros- y la otra mitad como aquello que con sarcasmo llama Enzensberger analfabetos de segunda categoría. Cito al ensayista alemán: “El analfabeto de segunda categoría es afortunado. Su falta de memoria no le causa ningún sufrimiento; el no tener una manera de pensar propia le alivia de toda presión; valora positivamente su falta de capacidad para concentrarse en nada; considera una ventaja el no saber y no comprender lo que le sucede. Es activo. Es adaptable. Muestra una considerable determinación para conseguir lo que quiere. Así que no hay que sentir lástima por él. El hecho de que el analfabeto de segunda categoría no tenga ni idea de que lo es contribuye a su bienestar. Se considera a sí mismo bien informado, puede entender instrucciones, pictogramas, y cheques bancarios, y se mueve en un mundo que le aísla completamente de cualquier desafío a la confianza en sí mismo. Es impensable que pudiera sentirse frustrado por el ambiente que le rodea. Al fin y al cabo, es ese ambiente el que lo ha creado y formado para garantizar su supervivencia sin problemas” (In Praise of the Illiterate) Cualquier rasgo de profundidad o complejidad, cualquier expresión abstracta o de raigambre cultural, es rechazada como alienígena y extraña por este nuevo analfabeto en la amarga ironía descriptiva anterior. Paulo Freire llamó analfabetos funcionales a un tipo de lector sin competencia en el marco del tercermundismo. Este categoría de Enzensberger acaso es el correlato de Freire para los miembros de las sociedades industriales avanzadas. Universitarios -los vemos en la cuchipanda sabatina y en el botellón-, burgueses hacendados, oficinistas y comerciantes, forman esta clase autosatisfecha e ignara, que consume los productos infames de la tele o el divertissement de las videoconsolas e Internet. Más que no saber leer strictu sensu, su problema es el desprecio a lo que implica la cultura lectora. Recuerdo que una observación me dio que pensar; no venció -decía- la distopía de Orwell, el que nos prohibieran leer, sino la de Huxley, que, pudiendo leer, perderíamos totalmente las ganas y el afán de leer. El declive de la lectura como hábito y como principal medio de adquisición del conocimiento implica el deterioro de facultades cognitivas y cosmovisivas apremiantes. A veces, en mi melancolía, llego a convencerme de que el libro es un paréntesis de cinco siglos -S.XV-s.XX- en nuestro periplo fundamentalmente no libresco, una mera anécdota en la historia de humanidad. Y mi modesta experiencia del mundo confirma esa muy desapacible hipótesis. Cada vez que un profesor me explica que sus alumnos en el instituto son incapaces de concentrarse diez minutos seguidos ante un libro, tiemblo de miedo y asco pensando en el futuro que se avecina. Que ya está aquí.

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