Arte de supermercado y arte interlocutivo

El arte del supermercado parece hoy universalizarse. Es accesible, así logra ocupar más tarta del público, su idioma es un instrumento de género periodístico, neutro y sin articulación, la quilla estética no ahonda más allá de dos centímetros, su paradigma es el cine y las series de televisión, no cambia al lector, no resuena en otros escritores, no es culturalmente profético. Es un arte de envase aséptico y trivial. Un precipitado de la publicidad y el márketing. Se acabó la era de los genios solitarios, de aquellos que con su obra subían increíbles ocho miles. Pero hay una salida plausible a este desafecto sistema cultural; una literatura que se encuentra entre el supermercado y la solitaria cumbre de las montañas. Una literatura que dialogue con su sociedad, que concierna a los lectores (pero no como simple entretenimiento), que agudice nuestra percepción, nuestros presupuestos y prejuicios, y nos familiarice con ciertos problemas contemporáneos que flotan implícita o explícitamente en el ambiente. Mucha literatura inglesa y norteamericana sigue esta vía, mucha literatura española e hispanoamericana también. Vano citar nombres. Se acabó el genio épico. Bienvenido al registrador de nuestros usos y costumbres, manías y sueños, obsesiones y deseos, motivaciones y aventuras. Porque el arte siempre fue el mejor espejo para saber quienes somos aquí y ahora, aunque la imagen que devuelve no sea justamente halagadora.

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