Yoyó

Quise en mis adentros invasiones dorias y solo suena la mortuoria armonía de un yoyó.
Quise un silencio crudo, una hierba solitaria y dura y mágica, un sexo a gogó, y solo queda el mojigato mecanismo simple y obvio de mi yoyó.
Quise el canto de las ruedas celestes, el cajón áureo de las palabras satinadas, los tojos florecidos de luna, y resta, como una cría de ballena varada en la playa, el zumbido y la herida del bobo yoyó.
¿Y qué es el yoyó?
Pizzas frías,
ademán de subliteratura,
soledad de borracho de bar,
húmedas cuevas sin algas,
negras lenguas de murciélago,
negros confesionarios como oscuros anos,
monedas sin valor,
fábricas abandonadas,
manicomios abandonados,
casas desmoronándose,
mucha televisión de madrugada,
y la sutil perversión
-el mundo no es bueno, ni noble ni sabio-
o perpleja disposición
de que todo esto es inconcebible;
por inconmensurable,
por perecedero,
por efímero.

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