
Mi alma es una rastrera y enojosa vid enredada a una psique corriente.
Soñé en ella babilónicos caballitos de mar y apabullantes brasas toltecas
pero solo registra aburridas vasijas de barro.
No temáis, no soy peligroso, pienso poco.
Solo oiréis estrépito de orugas en el oscuro herbazal.
Y bordea la niebla andrajosa el torno del alfarero.
Insípido y normativo, incapaz de fascinar, no despliego brillantes pechinas de cacao sobre la nieve.
Mis atributos postulan hechos, no dioses.
Como anacoreta rebaño mi desgastada olla de cobre.
Dejadme custodiar la exuberancia raquítica de mi afásica soledad.
Nadie escucha mis palabras.
