
Estuve escuchando los 40 principales. Melodías rústicas resueltas en un fraseo rutinario y adaptable a cualquier contexto, letras de sentimentalidad kitch sonrojante y bochornosa, música que no permite sino evita el conocimiento moral y el incremento emocional, música rítmica coribántica de flujo y reflujo caótico y sin dirección. Una estética que en lugar de elaboradas líneas de imaginación se conforma con previsibles y bobos o estériles tópicos de la fantasía, un ruido repetitivo cuyas monótonas texturas armónicas y rítmicas simpatizan con lo que ahora parece ser el murmullo agramatical de la especie y acallan los susurros de la elevación y la nobleza. La música educa si se hila a la trascendencia y la majestuosidad, a cierta pertenencia comunitaria en lo más selecto y filtrado como excelente por la tradición. El reguetón y el pop son los símbolos de una civilización nutrida en el vientre de alquiler de la desmemoria y lo fácil, de lo instantáneo sin poso ni pasado.
