
Señor de la Tempestad, permíteme (como un cazador osado)
pasar la noche entera en la nieve, y soportar ser abrasado por el sol en las montañas.
Dame estudios, alfolís de luz, y quítame vastos harapos, y prolonga la vida de mi madre.
Y si consulto el hígado de los pájaros que vea en mi corazón Tu sudor en la cruz.
Señor de la Noche, ordena mis inviernos colmados de viandas calientes,
pon luceros a mi estulta voz, peludos cangrejos de mar en los culottes de las hipócritas,
abre los jardines al bulto de los innumerables perfumes, y que mi soledad al lado de la que amo nunca sea terrible.
Señor de las Estrellas, arranca mis ojos y los regalos banales de este mundo
para convertirme en santo y plenamente espiritual, que pueda despertar del sueño y decir:
«Dios está aquí, y no lo sabía» (las aves carroñeras nunca se pavonearán hirsutas sobre mi tumba)
Señor del Libro y el Fuego, Señor del Aire y el Agua, en tu guarida nocturna deseo letargo y clarividencia.
Y morir.
Como árbol plantado a la vera del arroyo
que nunca se marchita.
Y morir en el fruto dulce de tu paladar.
