
Recuerdo a un amor de juventud
imposible como el álgebra
en la mente de un síndrome de Down.
Yo era el mongólico y él la cima
de un paraíso de misterios y piscinas.
Era todo como entrar en un invierno
con las manos muy sucias,
era como una tumba abierta
expuesta al helado cierzo.
Pero no maduré tras tanta cuáquera penitenciaría.
Del desamor no quedó algo agrario y sabio
como la poesía de Robert Frost, ni justo o noble
como los poemas de Robert Lowell.
Quedó un teclear breve, nervioso, en sordina,
un eco de campana de aldea lejana,
que hoy, con luna llena y lobos aullando excitados,
oigo como un sonido terso de ultratumba,
música de sangre con vidrios
flotando en las cámaras fúnebres
y alunadas del cielo.
