Diario de un esquizofrénico VIII

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Florencia estaba bendecida con maravillosas colecciones de libros, desde la que habían creado los Médicis, una biblioteca pública en el monasterio de San Marcos, y otra particular en su propio palacio.

Venecia no disponía de nada parecido, así que el cardenal Besarión decidió legar su valiosísima colección.

Cito dos pasajes de la carta que escribió Besarión al dogo Cristóforo Moro:

“Pues, en efecto, no solo en vuestra ciudad confluyen casi todas las naciones del mundo entero, sino sobre todo los griegos. Cuando llegan en barco de sus provincias, la primera tierra que pisan es Venecia y, por tanto, ligados a vosotros por el vínculo de la necesidad, en cuanto desembarcan en vuestra ciudad tienen la sensación de entrar en una nueva Bizancio. Así pues, ¿de qué mejor manera habría podido disponer de este beneficio sino legándolo a los hombres con que estoy en deuda y a los que me encuentro ligado por los muchos beneficios que me han dispensado, y a la ciudad que, cuando fue sometida a Grecia, elegí como patria y en la que me habéis acogido y recibido con tanto honor?”

“Los libros contienen las palabras de los sabios, los ejemplos de los antiguos, las costumbres, las leyes y la religión. Viven, discurren, hablan con nosotros, nos enseñan, aleccionan y consuelan, hacen que nos sean presentes, poniéndonoslas ante los ojos, cosas remotísimas de nuestra memoria. Tan grande es su dignidad, su majestad y en definitiva su santidad, que si no existieran los libros, seríamos todos rudos e ignorantes, sin ningún recuerdo del pasado, sin ningún ejemplo. No tendríamos ningún conocimiento de las cosas humanas y divinas; la misma urna que acoge los cuerpos, cancelaría también la memoria de los hombres”

***

VENECIA Y LIBROS. Así desearía con desmedido fervor que fuera mi MENTE. Que mi mente descansara en la terracita de un bar entre la Riva dei sette Martiri y la Via Garibaldi, y por la noche contemplara el resplandor dorado de las puertas del Florian.

Y no tener esta mente como un andurrial con bostas de vaca y berzas saliendo del empedrado y chamizos de chapas de aluminio.

Que mi mente leyera los cuatrocientos ochenta y dos volúmenes griegos y doscientos sesenta y cuatro latinos (el legado de la importantísima biblioteca del cardenal Besarión), con encuadernaciones con decoración a candeliere y acotaciones en los márgenes al Almagesto, los Elementos o el Timeo.

Y no tener esta mente azote de los mares, un cepo tedioso con esculturas de Koons en lugar de a Ficino o Hesíodo, una mente, en fin, ilota agramatical, como profanada con prosa de carromato gitano.

NO PUDO SER.

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