Diario de un esquizofrénico XXVIII

Permítanme la vanidad desmedida, la soberbia desmesurada, la presumida petulancia, de observar que mi biblioteca rebosa o casi alcanza los veinte mil volúmenes.

Gasté peculio (no poco) y ojos al formarla, y es mi única hacienda, patria y desvelo. Cuando me vine a vivir a Galicia desde Barcelona, todo un señor tráiler, cargó con decenas y decenas de cajas -entre otros trastos, evidently.

Aunque sobre gustos y colores «non disputandum«, no hay querellas, he de admitir que es una biblioteca básicamente aburrida, a imagen y semejanza del lector que la sueña y vive. Excepto casi un centenar de títulos de libertinos dieciochescos franceses y dos centenares de novelas bizarras y extravagantes, excepto rarezas curiosas y muy divertidas, excepto los anaqueles de la literatura de ocasión, la de mero (y también feliz) entretenimiento, poca miga o chicha tiene.

Abundan los grandes nombres que gustan hoy poco, abundan sofismas inevitables, poesía, y plúmbeos o farragosos ensayos. Mi biblioteca es como una chica que enamora por sus calidades interiores intrínsecas, por su belleza interior, y no por su despechugado y llamativo escote. Es una biblioteca mohosa, tímida, pudibunda, gafuda, empollona, escolar, recatada, de esas que evitan las deliciosas vampiresas gamberras o los chicos malos.

Sería buena herencia para una diócesis y no así para los vestuarios de una sauna. La cultura es una señora vieja, arrugada y antigua, una anciana venerable, con peluca, desprovista o no ataviada todavía (creo) con piercings, tatuajes y cabellos teñidos de verde. La cultura está en trances de desaparecer, sino ha desaparecido y mutado ya, diluida en formas masivas y mercantiles de «divertissement«.

***

Los libros, por lo único que vale la pena vivir, tienen, como una navaja multiusos, muchas funciones diferentes. Una de ellas es CONSOLAR. Las palabras de los libros curan a los afligidos, son un método ideal para soportar el dolor, casi ninguna acedía se puede quitar de la mente con un libro esperándote en la mesita de noche.

Los daímones librescos intermedian entre el cielo y la tierra.

***

VARIACIONES A JENÓFANES

En invierno, alrededor del fuego,

recostado en beata butaca limpia,

el estómago lleno y la calma socrática

en el corazón, bebiendo dulce vodka,

un montón de libros sobre la mesa…

**

Y regresar así sano a la Muerte,

con fragrantes flores en los jarros,

con rosas armonías en las macetas.

A lo largo y ancho de mi camino,

libros -confiésalo- fueron mejor destino.

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