

Leo a un autor de fama y renombre. Estupefacción: injurias y calumnias al buen estilo, estupro y prevaricación en nombres y adjetivos, hurtos, magnicidios y lesiones al lenguaje natural. El autor es espigadillo, montubio y feble, como lo que escribe.
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Estás en una playa, en cualquier ría, y con una “rapeta” o pequeño copo, traes al arenal dos o tres pulpos, algún que otro centollo, y una docena de “xardas” (verdeles) Limpias las “xardas” y las asas a la parrilla. En un botellín, una salsa de vinagre, laurel y ajo, con la que mojas la “xarda”. Literalmente, estás comiendo la carne más profunda del mar, tan rica en azules como un vestido de gala de la amada de Guido Cavalcanti.
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Soy un solitario. Un escritor fracasado y menor. Un aldeano sin mundo. Pero vivo en región célica al gustar la cecina de corzo, el lacón de cerdo con la carne, desde el codillo al corte, envuelta en unos mantelillos de grasa, y soy un dios, estoy entre serafines, querubines y tronos, cuando mojo el pan en la sardina intensamente perfumada y asada, o al salivar ante el dichoso timbal hojaldrado.
