La idea de que el verdadero poder político no radica en reflejar la realidad, sino en la capacidad de imponer un relato (o narrativa) sobre ella —especialmente cuando ese relato es manifiestamente falso— ha sido analizada por diversos pensadores a lo largo de la historia.
En La República, Platón es de los primeros en teorizar que, para mantener la cohesión social y la jerarquía del Estado, los gobernantes deben recurrir a un mito fundacional deliberadamente falso, pero políticamente útil: «Nosotros, los gobernantes, tendremos que recurrir a un gran número de mentiras y engaños por el bien de nuestros súbditos. (…) ¿Cómo podríamos idear una de esas mentiras necesarias de las que hablábamos hace poco, una mentira noble, para persuadir sobre todo a los propios gobernantes o, si no, al resto de la ciudad? (…) Les diremos: ‘Vosotros, todos los que habitáis en la ciudad, sois hermanos; pero el dios que os modeló, a los que de entre vosotros eran aptos para gobernar, mezcló oro en su composición… a los auxiliares, plata; y hierro y bronce a los labradores y demás artesanos’. (…) Si se les convence de este relato, cuidarán más de la ciudad y de los unos por los otros», «La República», Libro III
Los movimientos con tintes totalitarios (y, a mi juicio, el sanchismo propende a ello) conjuran un mundo mentiroso con más consistencia que el mundo de la realidad; un mundo en el que, mediante el puro poder de la imaginación, las masas desarraigadas se sienten como en casa y se salvan de los interminables choques que la vida real y las experiencias reales infligen a los seres humanos y a sus expectativas. Lo que las masas (o muchos votantes) buscan no son hechos, ni siquiera falsos, sino la consistencia de un sistema del que forman parte. La propaganda puede ultrajar al sentido común solo allí donde el sentido común ha perdido su validez. Ante la necesidad de elegir entre la caótica y total aleatoriedad de la realidad y la variante inventada, coherente y hecha por el hombre, las masas elegirán siempre esta última.
Es imprescindible, vital, una prensa libre. La tragedia de la prensa moderna no es que el gobierno la amordace con leyes draconianas, sino que los propios periodistas se amordazan a sí mismos por miedo a ser excluidos del consenso social respetable. Cuando la prensa se convierte en una casta homogénea que comparte los mismos prejuicios, la misma educación y el mismo desprecio por el ciudadano común, deja de actuar como un contrapoder para convertirse en el brazo propagandístico de la élite política en el poder. El verdadero valor de la libertad de prensa se demuestra cuando un periodista tiene el coraje de publicar una verdad que incomoda, desafiando la narrativa oficial que el poder intenta imponer a la masa para mantenerla dócil.
