La avaricia, codicia o filargiria (hermosa palabra) ha sido catalogado como uno de los pecados más destructivos del alma humana. A diferencia de otros vicios que se agotan con la satisfacción del apetito (como la gula o la lujuria), el amor al dinero es una hidra: cuanto más se alimenta, más crece.
Para Quevedo, el dinero era un dios tiránico: «El avaro no posee las riquezas, sino que es poseído por ellas; es un esclavo que custodia el tesoro de su propio castigo. El oro es como el agua salada para el sediento: cuanto más bebe, más sed tiene. Mudan los hombres de parecer con el dinero, compran la justicia, venden la honra, y hacen de la virtud mercadería. El que ama desmedidamente las riquezas no tiene paz en la vida ni descanso en la muerte, pues vive con el temor de perder lo que tiene y muere con el dolor de no poder llevarse nada al sepulcro. Es la codicia una raíz de todos los males, que seca el alma y la deja estéril para cualquier buena obra».
Zapatero rascaba, arañaba, acaparaba y retenía todo lo que caía en sus manos. ¡Oro! ¡Oro amarillo, brillante, precioso! Un poco de él basta para volver blanco lo negro, hermoso lo feo, justo lo injusto, noble lo infame, joven lo viejo, valiente lo cobarde, exclamó Timón de Atenas.
Pobre Zapatero, rezando a un dios de papel y metal. Pobre Zapatero de joyas, organización criminal y comisiones desmesuradas.
