Burton 49

Me levanto a las cuatro y me pongo a trabajar. Hay una virginidad en el aire matutino, una frescura de página en blanco que se transfiere al propio pensamiento. El hombre que madruga posee un mundo que los noctámbulos jamás llegarán a sospechar: un mundo de sombras nítidas, de silencios que vibran y de una paz tan absoluta que el menor crujido de la madera parece un acontecimiento cósmico. El esfuerzo de la composición literaria se vuelve más puro a medida que la noche cede ante el alba. Siempre he sentido una profunda desconfianza hacia la medianoche romántica; la oscuridad espesa invita a la autocomplacencia y a la niebla verbal. En cambio, el despertar temprano, muy temprano, cuando el sol apenas empieza a teñir los bordes de la habitación, trae consigo una precisión y una alegría algebraica. La mente se despoja del pesado ropaje de los sueños y se encuentra de pronto en un estado de vigilia perfecta, lúcida, afilada como un bisturí. Es en esas primeras horas cuando el lenguaje se presenta con su verdadera textura: limpio, flexible y libre de las impurezas del día anterior.

El aire entra por la ventana con una pureza fría que limpia el polvo de los pensamientos del día anterior. En ese silencio, uno se siente suspendido en el tiempo, dueño absoluto de su propio destino. Es el único momento del día en que el alma puede sentarse tranquilamente a mirar el jardín, a escuchar el primer trino de los pájaros, sin la urgencia de tener que ser alguien para los demás. La mañana es el espacio donde el yo se recupera a sí mismo antes de disolverse en el torbellino de la vida cotidiana.

A las cuatro o cinco de la mañana, en verano, el silencio es absoluto, un silencio que impresiona más que el de los desiertos o las montañas, porque es el silencio de una multitud humana que duerme. Las calles, anchas y desiertas, parecen los pasillos de un palacio encantado. El aire es frío, limpio y libre. En esas horas, la mente se eleva por encima de las mezquindades de la vida; uno se siente como el único superviviente de un cataclismo benévolo, un espectador solitario de la creación del mundo, disfrutando de una tregua celestial antes de que el rugido de los hombres vuelva a comenzar.

No existe el «brogit» de las ambiciones de los hombres.

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