Burton 51

Fue Ervin Wardman, editor del New York Press, quien acuñó el término «prensa amarilla» de forma despectiva. En este fragmento editorial describe con repulsión la falta de ética de esta nueva corriente y el origen del nombre (vinculado al cómic The Yellow Kid, que se disputaban Hearst y Pulitzer)

»Los llamamos amarillos porque no tienen el valor de ser completamente negros ni la decencia de ser blancos. El periodismo amarillo es aquel que sustituye la tinta por la bilis, el que no busca informar sino conmocionar las bajas pasiones de la masa. Sus reporteros no son recolectores de noticias, sino inventores de agonías. Es la degradación del oficio, donde un crimen común se convierte en una tragedia griega y un chisme de esquina en una crisis de Estado. Su único dios es el centavo del lector, y para conseguirlo no dudarán en pisotear la reputación del inocente, inventar declaraciones de mandatarios o empujar a la nación hacia un conflicto sangriento solo para poder imprimir letras más grandes en su portada».

Qué importa la precisión milimétrica, la relevancia de la noticia, frente al efecto emocional. Es detestable el aplauso de los académicos, son remilgados puritanos los que no aman la infidencia y el escándalo. La prioridad ya no es qué necesita saber el ciudadano para gobernar su vida en democracia o para elucidar y aproximarse a la verdad, sino qué historia mantendría al lector lo suficientemente perturbado, fascinado o indignado.

Para mí el periodista debe ser íntimo de la verdad y de la libertad; ahora lo es de la chismografía y las alcobas.

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