Burton 52

Qué limpio sale uno del baño de olas, qué ligero, con el cuerpo dorado por el sol y la sal. Me estiro sobre la arena caliente, entre los ajenjos, y siento cómo mi cuerpo se amolda a la curvatura de la tierra. Sentarse en la terraza a esas horas, sintiendo la brisa tibia que trae el aroma de las dunas y el calor acumulado en las piedras del jardín, es sumergirse en una paz tan densa que cualquier movimiento parece una profanación. Las cosas pierden su contorno rígido; la mente se abre y deja entrar, una a una, las oleadas de color, el azul purísimo del cielo, el verde encendido del césped, el zumbido de una abeja rezagada.

¡Olor a grosellas aplastadas y a paja caliente! ¡balanceo del trigo maduro! La felicidad cuajada en la copa de los olivos y en el oro encendido de los rastrojos. Sentirse vivir en estas horas de quietud calurosa es una de las mayores venturas. El pecho respira la resina de las higueras. El frescor de un tajo de melón, el sol ajedrezado colándose a través de las celosías, la chica en bikini como una Venus de Botticelli, el santo destello de la arena rubia… Alegría. FELIZ VERANO, amigos del Facebook.

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