Burton 53

Qué lucidez, Irene. Me ha fascinado cómo conectas la fragilidad humana de buscar señales en las hojas de otoño con el frío control de Silicon Valley.

En el Renacimiento, los pronósticos (almanaques anuales que predecían plagas, guerras o caídas de reyes) se imprimían masivamente gracias a la recién inventada imprenta. El monje Girolamo Savonarola utilizó sus profecías apocalípticas no solo para advertir a Florencia, sino para moldear activamente su política, derrocar a los Médici y transformar la ciudad en una teocracia militarizada.

Savonarola no «adivinó» el futuro de Florencia; lo fabricó infundiendo miedo. Es el equivalente renacentista del CEO tecnológico que anuncia que «la privacidad ha muerto» o que «todos usaremos su tecnología», forzando al mercado a cumplir su profecía por puro miedo a la exclusión.

Esa «frontera insalvable» de la que hablas es lo que Cathy O’Neil llama armas de destrucción matemática. Como ella misma dice, al alimentar los algoritmos con datos del pasado, lo que hacemos es codificar los prejuicios y proyectarlos: el algoritmo no predice el futuro, lo petrifica. Y ahí es donde encaja Shoshana Zuboff cuando advierte que el capitalismo de vigilancia ya no busca solo automatizar la información, sino automatizarnos a nosotros, convirtiendo nuestra experiencia en predicciones vendidas al mejor postor.

Cuando entregamos la soberanía de nuestras decisiones a un sistema supuestamente infalible, nos volvemos dóciles.

P.S. Gran artículo, Irene. Cada día es usted más sabia. Un abrazo.

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