La velocidad con la que hoy se vive y se exige producir (un turbocapitalismo cruel) ha destruido el concepto clásico del «otium» (el ocio creador) y ha corrompido en gran medida la Universidad. Hoy los estudiantes ya no leen: escanean, leen en diagonal, surfean, picotean el texto en pizzicatos. Buscan el rendimiento inmediato, el dato rápido en la pantalla, la digestión intelectual instantánea. Pero el conocimiento verdadero y la maduración del espíritu son, por definición, y necesariamente, procesos muy lentos, no pocas veces penosos; la contemplación requiere un tiempo demorado. Al acelerar la educación y someterla a las leyes de la velocidad supersónica del mercado, no estamos formando ciudadanos más sabios, sino semi-analfabetos altamente tecnificados. Hemos olvidado que para entender y analizar un gran poema o una gran idea hace falta una cantidad enorme de tiempo.
Frente a esta masa gregaria que devora el instante corriendo hacia ninguna parte, es necesario reivindicar el derecho a la lentitud, que es -piénsese bien- el derecho, el mismo magno derecho al placer y a la belleza. El verdadero aristócrata del espíritu es hoy quien se atreve a ir despacio: el que saborea una conversación sin mirar el reloj, el que pasea por el mero gusto de mirar, el que convierte la vida en un arte lentamente «aggiornato». La velocidad democratizó el transporte, pero vulgarizó la existencia. Hemos sustituido la intensidad de la experiencia por la acumulación de la prisa.
La prisa de nuestra época actúa como una lija que borra el relieve del pasado y de la memoria. Vivimos en la tiranía del presente absoluto, donde lo que ocurrió ayer ya es viejo y lo que pasará mañana ya nos aburre. Frente a este vértigo iconoclasta, defender la lentitud es un acto de resistencia cultural y política. El arte, la poesía y la historia exigen una mirada demorada, una atención sostenida que se niegue a ser devorada por el consumo rápido. Ir despacio nos permite percibir las grietas del mundo, dialogar con los muertos a través de sus textos y construir una identidad que no sea un producto de usar y tirar. La prisa deshumaniza porque nos quita la perspectiva del tiempo histórico.
Vivimos bajo la superstición de la novedad y la urgencia. Todo ha de ser inmediato, evaluable, rápido. En mi oficio, la escritura, si vas deprisa, yerras; si buscas el atajo, destruyes el texto. Y sospecho que con la vida ocurre exactamente lo mismo. Esta manía moderna de querer opinar de todo al segundo, de publicar sin madurar, de viajar sin enterarse, solo produce ruido. El rigor, el verdadero rigor intelectual y vital, requiere una lentitud meticulosa, un respeto casi sagrado por los plazos naturales de las cosas. Quien corre demasiado por la vida llega antes a la meta, sí, pero llega con las manos vacías y los ojos ciegos.
La lentitud no es inacción; es la máxima concentración del ser, la única forma de habitar el tiempo en lugar de ser arrastrado por él.
