El hombre produce el mal y la violencia de la misma manera que las abejas producen la miel. La estructura de nuestra sociedad, por muy civilizada que parezca, está construida sobre un abismo de agresividad latente; basta con quitar la autoridad para que la brutalidad se convierta en la nueva ley y el nuevo orden. No importa lo que los hombres opinen de la guerra. La guerra sigue. Lo mismo daría preguntarles qué opinan de la piedra. La guerra siempre ha estado ahí. Antes de que el hombre existiera, la guerra ya lo esperaba. El oficio por excelencia aguardaba a su artífice por excelencia. Así fue y así será. La opinión de que la violencia es una aberración social es un autoengaño de las épocas de paz. La verdad es que la sociedad humana se cohesiona y se define a través de su capacidad para ejercer la agresión contra el exterior o contra sí misma. La ley es, en última instancia, la institucionalización de la fuerza; el orden social no es el fin de la violencia, sino su distribución organizada y controlada.
El ciudadano de la sociedad tecnológica está sometido a una coacción constante; su mente es moldeada por la propaganda y la publicidad para que desee lo que el sistema necesita que desee. Esta es una forma de violencia intrínseca profundamente destructiva, porque no deja marcas en la piel, sino en el espíritu. Organizamos nuestras economías para la guerra y la competencia despiadada, y luego nos sorprendemos de que los individuos actúen con crueldad. La verdad es que la sociedad de consumo necesita la insatisfacción y la agresividad latente como combustible para seguir funcionando.
Las universidades, los negocios, el sistema legal y el propio hogar burgués están estructurados como campos de batalla en miniatura donde se premia la competencia despiadada, el orgullo posesivo y la capacidad de dominar al otro. Esta es una violencia estructural e invisible que impregna la vida pública: la exigencia constante de superioridad. La sociedad no es una idílica reunión de almas piadosas, sino un ordenamiento precario sobre un abismo de discordia y de sangre. Las leyes y los gobiernos son meros artificios, ficciones útiles que intentan poner orden a la barbarie esencial del hombre. Nos engañamos si creemos que la civilización elimina la agresividad; lo único que hace es cambiarle el nombre, darle uniformes, códigos de justicia y banderas. El coraje y la crueldad están en la raíz de nuestra estirpe.
La sociedad moderna es un matadero que se disfraza de supermercado. Al destruir las jerarquías naturales y las verdaderas autoridades espirituales, la democracia y el igualitarismo no trajeron la paz, sino la guerra de todos contra todos. La estructura social contemporánea está basada en la envidia legalizada y en la competencia vulgar. El hombre es una criatura lisiada, e inclinado de manera natural hacia la soberbia y la destrucción. Cuando el Estado moderno asume que el hombre es bueno por naturaleza, termina creando las estructuras más tiránicas y violentas para obligarlo a serlo. La paz social de la que se jacta Occidente es pura hipocresía burocrática.
La sociedad es una empresa de demolición mutua que funciona las veinticuatro horas del día. Nos enseñan a ser patriotas, a respetar las leyes y a amar el orden, pero todo eso no es más que el escaparate de un burdel de violencia. Los hombres se odian los unos a los otros de forma natural; la agresividad es el verdadero cemento de la humanidad. Toda la estructura de nuestra civilización está diseñada para que los de arriba puedan desahogar su sadismo sobre los de abajo con total impunidad y bendición legal. La vida en común es una tortura organizada; no hay amor en la base de la sociedad, lo único que mantiene unidos a los hombres es el miedo a la fuerza del vecino o el deseo de aplastarlo cuando se tenga la oportunidad.
NOTA BENE: Las voces y el genio son de Golding, McCarthy, Huxley, Woolf, Borges, Gómez Dávila y Céline. Me inspiré en ellos e hilé un texto coherente que describiera mi propia visión del mundo. Mi prosa siempre tuvo forma de esponja.
