Ante todo, desearía felicitar al editorialista. Es un texto de factura periodística impecable, con una prosa elegante y una estructura retórica muy sólida. Cumple a la perfección con la función del género (sentar la posición ideológica del periódico con un tono institucional, pero firme)
Pero, si no yerro (y leí tres veces el texto), creo que hay una contradiccción lógica. Aclarémoslo.
El autor plantea una argumentación histórica e institucional irreprochable: explica el origen de la Decimocuarta Enmienda, define la maniobra de Trump como un absurdo jurídico y celebra que los contrapesos del Estado (jueces federales y el Supremo) hayan funcionado. Hasta aquí, la premisa es: las instituciones estadounidenses han resistido el envite autoritario. En el cierre, el editorialista quiere dejar claro que, a pesar de la victoria, el Tribunal Supremo sigue siendo una amenaza trumpista. Para ello, hace una pirueta lógica contradictoria:
Por un lado, admite que «cuando el Supremo ha tenido que elegir entre la literalidad de la Constitución y los deseos de Trump, ha elegido la Constitución». Es decir, reconoce que el tribunal actúa con independencia judicial y lealtad constitucional, incluso teniendo una mayoría conservadora (y tres jueces nombrados por el propio Trump) Sin embargo, inmediatamente después afirma que «todo lo demás sigue a su disposición [de Trump] para transformar Estados Unidos de acuerdo con sus sueños autoritarios».
Si el propio texto demuestra que el Supremo ha establecido una «línea roja» infranqueable basada en la literalidad de la Constitución frente a un decreto del propio presidente, es lógicamente insostenible afirmar que el tribunal está «a disposición» de los «sueños autoritarios» de Trump. El texto confunde deliberadamente la ideología conservadora del tribunal (sobre el aborto, las agencias federales o las donaciones, que son debates políticos y jurídicos legítimos en EE. UU.) con una complicidad autoritaria. El Supremo falló en contra de Trump; presentarlo como un peligro para la democracia precisamente en el editorial que reporta su fallo histórico contra el presidente es una incoherencia forzada para no rebajar las alarmas del periódico.
P.S. Mi capacidad lógica siempre es perfectible (aunque estudié Exactas como oyente) No terminaba de convencerme mi propia tesis y dudaba de que, sensu stricto, el editorial afirmara simultáneamente «A» y «no A». Por eso consulté la cuestión con una IA. Su observación me pareció atinada: aquello que yo llamaba una «contradicción lógica» se describe con más precisión como una tensión argumentativa, un salto argumentativo o una sobregeneralización retórica. Acepto la precisión terminológica. Siempre es preferible corregir un concepto que aferrarse a él por orgullo.
