Sra. Belmonte:
Me entusiasma —afinidades electivas— que haya rescatado a Pauline Kael en su columna. La crítica de The New Yorker analizó como nadie la crudeza de la política de masas en Estados Unidos a propósito de «All the King’s Men» (1949), aquella joya de Robert Rossen basada en la novela de Robert Penn Warren e inspirada en el carismático y corrupto gobernador de Luisiana, Huey Long.
El ascenso de Willie Stark —ese «hombre del pueblo» devenido en demagogo despiadado— le sirvió a Kael para destripar el maniqueísmo de Hollywood. En «I Lost It at the Movies» lo dejó por escrito con su lucidez habitual: «Un país que acepta las guerras como contiendas entre el bien y el mal sufre la ilusión de que las obras de teatro moralistas simbolizan los verdaderos conflictos políticos». Kael prefería la verdad incómoda de la corrupción real antes que el sedante de los dramas patrióticos.
Kael era divertida, culta, una escritora excepcional y de una lucidez salvaje. Leyéndola a usted, es inevitable encontrar el paralelismo: comparte con ella ese estilo punzante, irónico, libre de solemnidad y altamente cultivado, capaz de desmontar la pedantería patria con una sola frase mordaz. Es usted una magnífica heredera de ese espíritu libre en el columnismo en español.
Un saludo afectuoso,
Aleix Leví Carballo.
