Thomas Jefferson (1743 – 1826). Tercer presidente de los Estados Unidos. Polímata que dominaba cinco idiomas, arquitecto, arqueólogo, paleontólogo y autor principal de la Declaración de Independencia. Para él, la política era una obligación cívica que le apartaba temporalmente de sus verdaderas pasiones: la ciencia y la filosofía. Un hombre extraordinariamente ilustrado y refinado; a diferencia de muchos políticos actuales, casi —o, mejor dicho, sin el «casi»— vulgares orangutanes.
Recuérdese a Weber: «El desarrollo de la política moderna en los partidos actuales ha transformado la actividad política en una empresa de profesionales orientada a la caza de votos… Lo que hoy domina es el funcionario de partido, un tipo de hombre sin cualidades carismáticas ni una profunda formación intelectual, cuyo único mérito es la obediencia al aparato del partido y la capacidad de oratoria simplificada para el consumo de las masas».
Cánovas del Castillo escribía poesía, poseía una biblioteca personal de más de 30.000 volúmenes y debatía en el Congreso citando clásicos en latín de memoria. Feijóo o Sánchez, según estimaciones muy optimistas, puede que hojeen a Coelho o Ken Follett durante el ocio veraniego. La política se apresura a apagar las luces para que todos estos gatos resulten pardos.
Como señalaba Ortega y Gasset, se ha confundido la igualdad de derechos con la igualdad de capacidades. Para no parecer «elitistas» ante el electorado, los políticos actuales adoptan a propósito un lenguaje plano, campechano y a veces deliberadamente vulgar para generar simpatía («es como uno de nosotros») Mostrar demasiada cultura o refinamiento se castiga electoralmente tachándolo de soberbia o desconexión con la realidad.
El nivel de Burke le permitía conectar la jurisprudencia romana, la teología y la economía política en un solo discurso improvisado. Lord Palmerston, educado en la Universidad de Edimburgo (bajo la tutela del filósofo Dugald Stewart) y en Cambridge, dominaba el latín, el francés y el italiano. Sus intervenciones parlamentarias eran lecciones magistrales de geopolítica clásica. Guizot fue Primer Ministro bajo el reinado de Luis Felipe I, pero simultáneamente era uno de los historiadores europeos más respetados de su tiempo. Ocupó la cátedra de Historia Moderna en la Sorbona y dejó obras colosales como la «Historia de la civilización en Europa». Su oratoria parlamentaria combinaba la rigurosidad del dato histórico con una elegancia conceptual soberbia; sus discursos no buscaban el aplauso fácil, sino la solidez argumental.
El líder debía demostrar que habitaba una estructura mental más elevada que el promedio de los ciudadanos. Hoy, muy al contrario, el diseño electoral enseña al político que para ganar poder debe disolver cualquier rastro de asimetría intelectual. Cuanto más compleja es la mente del gobernante, más difícil le resulta encajar en el formato de consumo rápido que demanda el votante acémila e informal del siglo XXI.
Políticos como Palmerston disponían de un patrimonio privado que les otorgaba independencia económica y tiempo para el estudio y la alta cultura. Eran hombres de letras que hacían política.
La democracia moderna requiere maquinarias electorales colosales (los partidos de masas) Esto profesionalizó la política, creando una nueva clase de individuos que no viven para la política (por vocación u honor), sino de la política. El tiempo que antes se dedicaba a leer a Tucídides o Adam Smith, hoy se dedica a la fontanería interna del partido, a negociar listas electorales y a diseñar campañas de mercadotecnia. El burócrata semi-analfabeto sustituyó al estadista.
La transición del sufragio censitario (donde solo votaba una élite educada y propietaria) al sufragio universal transformó las reglas del juego. Unas reglas que, no pocas veces, detesto.
