Burton 80

Liria acierta al criticar el mesianismo irracional de Peter Thiel o Elon Musk. Su transhumanismo, la obsesión con la inmortalidad digital y la desconexión de la realidad material no son progreso, sino un gnosticismo tecnocrático que desprecia la condición humana. Es una falacia creer que toda novedad técnica implica un avance moral; el verdadero progreso es institucional, jurídico y cultural, no la última actualización de un algoritmo.

Sin embargo, Liria cae en un grosero error metodológico al amalgamar el anarcocapitalismo de Milei, el populismo proteccionista de Trump y la Neorreacción de Yarvin y Land. Intelectualmente, ese totum revolutum es insostenible. Curtis Yarvin defiende un modelo neofeudal y corporativo donde el Estado es una empresa liderada por un CEO, justo el polo opuesto al anarcocapitalismo de Milei, que busca disolver el Estado en favor del mercado libre. Ninguno de los dos tiene nada que ver con los aranceles y el nacionalismo de Trump. Liria fabrica un espantapájaros ideológico a la medida de sus prejuicios.

Tampoco sostiene un análisis riguroso su afirmación de que «quien depende del mercado laboral no es un ciudadano, sino un proletario», pretendiendo que la Renta Básica otorgue la verdadera libertad ilustrada. Frente a esta abstracción filosófica, conviene recuperar el realismo pragmático de un escritor como Josep Pla. Para el pensamiento conservador y el liberalismo clásico, la propiedad privada no es una cadena, sino el escudo del ciudadano frente al poder absoluto. Si el individuo pasa de depender del mercado a depender por completo de una asignación estatal, no se vuelve libre: se convierte en vasallo del gobierno de turno. Como recordaría Valentí Puig, la libertad civil nace de la autonomía material y de las instituciones intermedias —familia, empresa, asociaciones—, no de un Estado providencia hipertrofiado. El «reino de la libertad» de Marx siempre ha terminado históricamente en el reino de la burocracia y el racionamiento.

Por otro lado, su intento de separar a Robespierre del «Terror» y las ejecuciones en masa es un malabarismo histórico perturbador. La tradición conservadora, desde Edmund Burke, ha demostrado que el jacobinismo es el verdadero padre de los totalitarismos modernos. Cuando Robespierre brama aquello de «perezcan las colonias antes que renunciar a un principio», retrata a la perfección el peligro del intelectual puro: prefiere destruir el mundo real antes que adaptar sus dogmas abstractos a la realidad. La prudencia política, virtud conservadora por excelencia, brilla por su ausencia en el modelo de Fernández Liria.

El orden constitucional moderno, los derechos individuales y la división de poderes nacieron y prosperaron en simbiosis con el desarrollo del capitalismo y la burguesía. No son una «ficción», sino un proceso histórico indisociable. Pretender mantener el edificio de los derechos ilustrados demoliendo los cimientos de la libertad económica es una utopía teórica que el siglo XX ya refutó a sangre y fuego. Frente a un Marx romantizado y un jacobinismo peligroso, la prudencia reformista sigue siendo el único garante real de la libertad civil.

P.S. Releo mi texto y advierto que, por momentos, es endeble y poco matizado, con cierta tendencia a lo napoleónico. En la frase «La tradición conservadora ha demostrado» incurrí en un exceso al emplear el verbo «demostrar». «Ha defendido» o «sostuvo» serían formulaciones más cautas e intelectualmente honestas, pues no existe un consenso historiográfico al respecto. Del mismo modo, cuando afirmo que «el orden constitucional moderno nació y prosperó en simbiosis con el desarrollo del capitalismo», expongo una tesis defendible, pero también discutida. Esta rectificación no implica que el resto de mis argumentos deban considerarse verdades definitivas e indiscutibles; simplemente recuerda que conviene distinguir entre una convicción razonada y una demostración histórica. Mi felicitación al señor Liria por un ensayo que merece ser leído y discutido.

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