Burton 81

Un catálogo de imprecisiones categoriales, metáforas biológicas mal aplicadas y un misticismo de las «entrañas» que confunde la respuesta fisiológica con el juicio ético.

Desde una perspectiva analítica, el principal defecto del escritor es la inexactitud expresiva: utiliza términos con carga emotiva para camuflar la ausencia de proposiciones con valor de verdad verificable. Analicemos minuciosamente algunas de sus tesis principales:

«Intento apelar a una razón narrativa o poética (…) porque muchas veces la razón no alcanza y sí alcanza la emoción». Este enunciado es un contrasentido semántico. La «razón» se define por su capacidad de operar mediante inferencias lógicas, conceptos unívocos y criterios de verdad o falsedad. Hablar de «razón poética» es un oxímoron deliberado (un conceder sin definir) Si la razón «no alcanza», lo que la sustituye es un estado neuroquímico o afectivo (la emoción), pero llamarlo «razón narrativa» es un intento tramposo de dotar a la emotividad de la autoridad cognitiva que solo posee el pensamiento lógico. Una emoción puede motivar una acción, pero jamás puede justificar la validez de una proposición ética. La emoción no «alcanza» una verdad; simplemente experimenta un estado.

«Hay un enorme potencial político en la náusea, en sentir el estómago revolverse (…). Quiero pensar que esas arcadas ante el desplegar de brutalidad nos puede llegar a pensar mejor».

El autor confunde un síntoma fisiológico (el reflejo de expulsión gástrica) con un criterio normativo. Carnap señalaría esto como una flagrante confusión de categorías. Las «arcadas» pertenecen al ámbito de la biología y los arcos reflejos; el «pensar mejor» pertenece al ámbito de la deliberación racional. No existe ninguna conexión lógica ni empírica entre la intensidad de un espasmo estomacal y la corrección de un juicio político. Los fanáticos inquisidores del siglo XVI también sentían auténtica «náusea» y repugnancia física ante los herejes, y eso los llevaba a quemarlos en la hoguera. Elevar la respuesta visceral a la categoría de brújula moral es un billete de ida hacia el irracionalismo político. El estómago no piensa; digiere.

«La tolerancia nació para encarar el fanatismo y hoy se asemeja más a la indolencia y la dejadez». La tolerancia liberal no es «indolencia»; es una virtud activa que exige contener la pulsión de aplastar al que piensa distinto. Al mezclar la tolerancia clásica con el acto de «hacer scroll» en Instagram frente a una desgracia, Díaz Álvarez emborrona el lenguaje. La palabra adecuada para lo que describe es apatía, anestesia o desensibilización, no tolerancia. Pero claro: decir «la apatía es indolencia» sería una tautología trivial; decir «la tolerancia hoy es indolencia» suena más profundo a oídos del lector desatento.

«Hay que narrar y pensar con toda la fuerza del lenguaje (…) justamente la palabra nos puede vincular, nos puede afectar». Este es el punto cumbre del «salivas» derridiano. El lenguaje, por sí mismo, no «vincula» ni «afecta» de manera unívoca. Las mismas palabras precisas que sirven para conmover ante el sufrimiento de un migrante pueden ser utilizadas —y de hecho se utilizan— por demagogos para encender los ánimos del nacionalismo más excluyente (Goebbels era un maestro de «la fuerza del lenguaje»). Tratar la palabra como una entidad mística y bondadosa per se es un pensamiento mágico que elude el problema real: la validez empírica y ética de lo que se dice, no la belleza poética con la que se enuncia.

Para qué continuar. Un museo de los horrores. Las democracias no se salvan con arcadas ni con poemas, sino con leyes precisas, instituciones transparentes, división de poderes y ciudadanos capaces de argumentar con lógica conceptual, no con las vísceras. El texto pertenece más al negociado de la autoayuda lírico-progresista que al de la filosofía política rigurosa.

Un buen filósofo es un filósofo con buenos argumentos, y para ello es condición necesaria, pero no suficiente, el estudio de la lógica matemática (un campo vastísimo) Las florescencias y delicuescencias de los vagos poemas universales, el uso de un lenguaje en permanentes vacaciones, poco (o nada) ayudan a razonar.

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