Burton 82

El flujo de savia en primavera, el brotar de la hoja, la expansión de la flor, el crecimiento del fruto, sí, e incluso su caída final, son solo procesos hermosos. ¡Qué agradables a la vista son las manzanas colgadas de los árboles! Algunas son rojas como las mejillas de los niños; otras, doradas como el sol del poniente; otras, verdes como las hojas que las ocultan.

Del mismo modo deslumbra el mango tropical: su piel, pintada de verdes, amarillos y rubores rojizos, esconde una pulpa de un dorado tan brillante que parece contener luz atrapada. Al morderlo, la textura es densa, casi untuosa, y el hilo de sus fibras se enreda en los dientes como un recordatorio de su origen silvestre. El perfume del mango se queda en la piel durante horas.

Taronges, decimos en catalán para nombrar a las naranjas. Cuando las clavas con las uñas y levantas la cáscara, un rocío agridulce salta a los ojos como un gas bendito. Y luego están los gajos: gemas húmedas, arquitectura de agua y azúcar unidas por hilos de plata. Comer una naranja en pleno invierno es un acto de rebeldía; es morder un trozo de sol puro y dejar que su fuego baje por la garganta helada.

Al llegar el estío, buscamos las fresas de un rojo lacado, casi cónicas. Poseen un aroma tan concentrado que parece una destilación de la resina de los pinos y el calor de la tierra. Al comerlas en el campo, directamente de la mata, todavía tibias, la pulpa cede con una delicadeza líquida. No es un simple sabor; es el sabor mismo de la libertad.

Y en agosto, el higo maduro es una fruta que ha aprendido a rendirse. Hay que cogerlos cuando tienen el cuello de ahorcado y la piel agrietada, exudando una lágrima de almíbar espeso en la base. Comerse un higo fresco, recién sacado de la nevera, a las tres de la tarde, mientras las chicharras revientan los pinos, es una experiencia lasciva. La pulpa roja, granate, cuajada de semillas minúsculas, se deshace sin resistencia en la boca, pastosa, dulce como un pecado antiguo.

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