Una mezcla de vaguedad y de pura incompetencia es la característica más marcada de la prosa en nuestro tiempo, y especialmente de cualquier tipo de orador político y deportivo. Tan pronto como se abordan ciertos comentarios, lo concreto se derrite en algo chuscamente abstracto —lengua de cuñado y cuñada— y nadie parece capaz de pensar en metáforas que no sean estofadas, desharrapadas, frases de relleno innecesarias, un idioma vestido de andrajos y harapos: la oralidad consiste cada vez menos en palabras elegidas por el bien de su significado y de la precisión, y más en frases pegadas unas a otras como el suelo pitañoso de un gallinero.
Quien no cuida sus vocablos, difícilmente cuidará sus juicios. Proferir esqueletos de aire, húmedo cartón piedra arrugado, chirridos y aullidos. Las palabras se convierten entonces en burdos envoltorios, en groseros retazos de tela que apenas cubren la desnudez de un pensamiento nulo o perezoso. El cliché y la muletilla son los detritos con los que el ignorante y el descuidado visten su vacuidad.
Cuando la palabra oral se degrada hasta convertirse en un mero vehículo de manipulación mercantil o en un ruido estridente para tapar el vacío, el silencio deja de ser una carencia para convertirse en el único espacio de dignidad y resistencia que le queda al «buen oyente».
P. S.: Felicidades, Sr. Boyero.
