Burton 84

Patética «prosa de madera» (langue de bois). El vivo ejemplo del lenguaje soporífero. No es que contenga faltas de ortografía de escuela primaria; es algo peor: una acumulación de lugares comunes, sintaxis inflada y clichés bienquedistas que buscan sonar solemnes, pero terminan resultando completamente carentes de pulso humano.

»Poner en valor» es una traducción perezosa del francés «mettre en valeur». El español tiene decenas de verbos mucho más elegantes, precisos y literarios, pero la jerga burocrática se ha enamorado de esta fórmula hasta la náusea. Ignoró alternativas mucho más ricas y elegantes: reivindicar, enaltecer, dignificar, destacar, subrayar, ponderar, defender… La autora lo usa tres veces en un texto corto:

«…nos impulsa (…) a poner en valor el Sistema Universitario Español…»

»…es el momento de poner en valor la Universidad…»

»…es el momento de poner en valor la Universidad como baluarte…»

Eso por no mencionar los clichés y frases hechas de manual de autoayuda institucional:

»En tiempos de incertidumbre y pesimismo»: La plantilla clásica para abrir cualquier discurso político en los últimos diez años.

»Terreno fértil para cultivar la esperanza»: Metáfora agrícola desgastada y cursi para cerrar un texto que pretendía ser académico.

»Garantizar el progreso responsable»: ¿Qué es progreso irresponsable? El uso de adjetivos comodín (sostenible, resiliente, responsable) que ya no significan nada porque se aplican a todo.

La autora (¡qué sintaxis de plástico!) se caracteriza por usar diez palabras donde bastan tres, abusar de los sustantivos abstractos terminados en -ción o -dad y encadenar incisos para no pillarse los dedos con ninguna afirmación categórica.

Para qué continuar. El artículo es una pieza del museo de los horrores.

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Estimada Rectora:

Su artículo es una paradoja andante. Usted clama con vehemencia por una Universidad que sea «el foro donde el rigor, el argumento y la palabra ocupan el terreno», un escudo contra «el ruido y el prejuicio». Sin embargo, para defender la palabra, usted utiliza una lengua muerta. Ha escrito un texto utilizando exactamente el mismo algoritmo lingüístico que denuncia: predecible, plano, trufado de la neolengua de la UNESCO y de los libros de texto de marketing educativo.

Si la Universidad debe ser el baluarte del humanismo y del pensamiento crítico, sus líderes no pueden expresarse como el folleto de un banco o la «hoja de ruta» de una comisión europea. Defender la palabra viva exige usar palabras vivas. Su prosa no habita el «diálogo cordial» de Adela Cortina; habita el despacho oficial, el papel timbrado y el PowerPoint de la conferencia de rectores.

Haga caso a George Orwell, a quien sin duda habrá leído: limpie su texto de harapos institucionales, destierre el «poner en valor» y permítase la audacia de la precisión. La democracia se defiende con ideas claras, no con clichés resilientes.

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P.S.: A ver. Usé demasiado vitriolo y bilis. Pese a que la autora abusa muy poco elegantemente de la prosa burocrática, le concedo que expresa tres o cuatro ideas de manera clara (ideas no baladíes). Asimismo, sobran en mi airada contestación partículas ad hominem (ese agresivo «puaj», el «patética» del inicio, etc.).

Debería medir mis palabras y ser menos cáustico y más irónico. La ironía es la estimación optimista de la inteligencia del que lee o escucha; el sarcasmo excesivo propende a formas de rusticidad, e incluso de barbarie.

La palabra es como el filo de la espada de los héroes: puede herir. Mi intención es argumentar, nunca golpear. Lamento mi pasión irrefragable.

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