La primera vez que sostienes un mangostán juegas con un engaño. La cáscara es un cuero grueso, de un morado oscuro e ingrato, que mancha los dedos con una resina amarga si insistes demasiado. No hay belleza en su fuera. Pero si clavas los pulgares con la fuerza exacta, el armazón restalla y se abre en dos cuencos perfectos. Dentro, encajados a presión, reposan cinco o seis gajos de una blancura húmeda, casi porcina de tan limpia. Al meterse uno en la boca, la resistencia desaparece: la pulpa no se mastica, se rinde contra el paladar. Sabe a un agua helada que hubiese corrido por un huerto de fresas salvajes, dejando atrás un rastro agrio, eléctrico, que te seca las encías y te obliga a salivar de inmediato. Al terminar, te quedan las manos sucias de savia y la certeza de que las manzanas de Europa son fruta para caballos.
La guayaba es una fruta plebeya, de patio trasero y tierra pisoteada. Su piel tiene la palidez de los enfermos de ictericia y un tacto áspero que no invita a nada. Pero el milagro no es visual, es un asalto al olfato. Un cubo lleno de guayabas maduras pudre el aire de una casa entera en una tarde; es un olor denso, almibarado, con un fondo de sudor vegetal y tierra caliente que se te mete en la ropa y no te suelta. Cuando la muerdes, la carne es de un rosa encendido, casi sangriento, atestada de semillas duras como perdigones que crujen bajo las muelas. Quien se ha criado en el Caribe lleva ese olor pegado al paladar como una marca de nacimiento; puedes pasar treinta años viviendo en el invierno de Nueva York o París, pero si alguien abre una guayaba a tres habitaciones de distancia, el trópico entero te cae encima como un mazazo.
En su monumental «Historia general y natural de las Indias» (1535), el cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo se encontró ante el dilema de describir la piña tropical a un público europeo que jamás la había visto. Oviedo describió la piña con una admiración extraordinaria. En esencia venía a decir: «Ninguna fruta de cuantas yo he visto en el mundo tiene tan hermosa vista ni se le iguala en el olor, ni en la excelencia del gusto. El árbol que la lleva es como un cardo… pero la fruta es la cosa más digna de ver que se pueda imaginar. Parece una piña de los pinos de Castilla, pero es mucho mayor, y está toda labrada de unas escamas que forman unos rombos perfectos, como obra de un sutil platero. En lo alto de ella tiene una corona de hojas verdes, recias y espinosas, que parece que la naturaleza la crió con insignias de reina. Cuando se monda con un cuchillo, queda una carne amarilla como el oro más fino, y al hincarle el diente, es tan jugosa y destila tanto caldo, que es menester comerla con gran tiento para no mojarse la ropa. Su sabor es una mezcla de melocotón, de membrillo y de melón, pero con una acidez tan delicada y alegre que conforta el estómago y despierta los sentidos marchitos por el calor del mar»
