Estefanía, Estefanía… Eres una analista con una capacidad de lectura política excelente: identificas con precisión las costuras del partidismo, manejas conceptos técnicos como el gerrymandering y desentrañas la hipocresía de los discursos con agilidad. Sin embargo, tu prosa es tu talón de Aquiles: utilitaria, a menudo deudora del lenguaje burocrático y lastrada por el tono más plano del academicismo periodístico.
Al escribir, careces de esa cadencia, de esa prosodia o tempo elegante que solo otorga la familiaridad frecuente con los grandes nombres de la literatura. Tus ideas no caminan; avanzan a trompicones, torpedeadas por muletillas de tertulia y construcciones sintácticas perezosas. Es un fluir traqueteante. Leerte es, a veces, como intentar nadar en un río lleno de pegamento.
Fíjate en estos pocos ejemplos:
«…tampoco hay que obviar que puede dar el vuelco de un escaño en ciertas circunscripciones. El PP obtuvo un representante más en las elecciones generales de 2023 por Madrid, tras el recuento del voto exterior, arrebatándoselo al PSOE. Es decir, que sean pocos o muchos, a veces se ha dado algún cambio, con independencia de a quién beneficie o perjudique. Es en esa tesitura…».
En apenas cuatro líneas repites la misma idea tres veces de forma redundante («dar el vuelco», «un representante más», «se ha dado algún cambio»). Además, hilvanas las frases con conectores de manual escolar («Es decir», «Es en esa tesitura»). Falta fluidez, falta ritmo. Un ensayista literario habría sintetizado toda esa acumulación de datos en una sola frase fulgurante.
O este otro:
«La cuestión es que el posicionamiento del Partido Popular nunca ha pivotado sobre abrir un debate epistemológico sobre la ley de nietos».
Prefiero callar sobre el término «posicionamiento». Pero es que la epistemología es la teoría del conocimiento científico —cómo sabemos lo que sabemos—. El debate sobre la ley de nietos es ético, jurídico o de filosofía política, pero jamás «epistemológico». Quien no lee literatura tiende a usar palabras grandilocuentes del ámbito académico creyendo que aportan prestigio, cuando en realidad emborronan el significado.
Para qué continuar. Vigila, ante todo, tu tendencia irrefragable a la cacofonía. No quiero hacer sangre; en el fondo, me caes muy bien. Pero recuerda que la decadencia del debate público comienza cuando los analistas sustituyen la metáfora viva y la sintaxis flexible por los clichés de la sociología de partido. Solo la familiaridad con los clásicos preserva al escritor de caer en la rústica jerga del burócrata.
«Hay una rara virtud en el observador político: la de no dejarse engañar por las pasiones del momento ni por las bellas palabras con que los partidos bautizan sus ambiciones. Esa lucidez, que disecciona la hipocresía sin cinismo, es el faro de la salud democrática», expresó Alexis de Tocqueville.
A ti no te falta esa lucidez, y te felicito por ello. Sobre el «qué», nos superas a la inmensa mayoría; el problema radica en el «cómo». El lenguaje, Estefanía, no solo tiene una dimensión informativa, sino también una irrenunciable dimensión estética. En el ensayo, el estilo no es el adorno del pensamiento: es el pensamiento mismo.
