Qué mosaico; un sampling o cut up alusivo y tapizado (con no poca efectividad y elegancia) à la Kathy Acker. No pillé todas las referencias; las más célebres, sí.
Yo estudié en Boston y no descubro ningún Mediterráneo —ni hace falta haber vivido allí— al observar lo paletos y aldeanos que son lo que etiquetaríamos como el ‘americano medio’. Bastante cutres; solo hay que advertir al propio Trump, vulgar ejemplo de las peores infraliteraturas.
Pero no soy antiamericano en sentido estricto. Como explicaba Revel en «La obsesión antiamericana», el principal motor de este fenómeno en Europa ya no es la crítica de los defectos reales de su sociedad, sino la necesidad de encontrar un chivo expiatorio para nuestras insuficiencias. Sostener que EE. UU. es la encarnación del Mal permite a intelectuales y políticos dispensarse de analizar por qué sus propias fórmulas fracasan. El antiamericanismo no es un análisis, sino una neurosis colectiva.
Aceptado esto, la excelencia de su alta cultura es indudable. Europa descubrió con fascinación a Faulkner, Hemingway o Fitzgerald porque revolucionaron la narrativa, no porque lo ordenara el Pentágono. Por eso leemos hoy a Emerson, Melville, Hawthorne, Roth, McCarthy, Whitman, Bloom, Quine o Kripke, y disfrutamos de su cine por igual. Lo mismo ocurre con la ciencia: Revel desmontó esa explicación perezosa de que monopolizan los Nobel solo por presupuesto. El dinero no genera inteligencia; lo hace la flexibilidad de sus universidades y su falta de dogmatismo frente a la rigidez y el corporativismo europeo que termina expulsando el talento.
Sin embargo, pretendiendo la osadía de contrarrazonar al propio Revel, lo trágico es que el modelo digital contemporáneo ha globalizado la superficialidad. Ya no es que falten medios intelectuales en un sitio u otro; es que el soporte digital actual —inexistente con esta agresividad en 2002— tiende a disolver la densidad que tanto la literatura como la ciencia necesitan para madurar.
Se avecinan tiempos oscuros.
