Profesora Camps, su artículo es una pieza de orfebrería que merece ser leída con la máxima atención, independientemente del ideario político de cada cual. Estamos ante una verdadera lección de civismo, rigor y honestidad intelectual, el reflejo de una de las mentes más preclaras de la filosofía española contemporánea.
Su elegancia en la expresión es, sencillamente, soberbia. Posee usted la rara virtud de los grandes ensayistas: la capacidad de ser profunda sin resultar críptica, y clara sin caer en el simplismo. Cuando nos recuerda que la socialdemocracia tuvo sus «treinta gloriosos» tras la Segunda Guerra Mundial, no solo hace historia; apela a la memoria institucional europea como un cable a tierra contra el cinismo imperante. Su prosa fluye con un ritmo preciso, donde cada palabra está medida. Qué maravilla. Frente a la grosería y la brocha gorda de la política actual, usted apela al debate civil, templado y fiel a Kant, recordándonos que la gesticulación vacía es el verdadero veneno de la democracia. Su cierre, recurriendo al Dante para advertirnos contra la bronca parlamentaria («Lasciate ogni speranza»), dibuja un retrato de su propia personalidad: armoniosa, deliberadora y noble.
Precisamente porque su texto es un monumento a la honestidad, creo que le gustaría tener un alumno —mucho menos capaz que usted— que se atreviera a pensar por sí mismo. De ahí que ose indicarle un par de desacuerdos desde mi modesto punto de vista liberal.
El primero es que afirmar categóricamente que el Estado de bienestar es «too big to fail» y que no caerá por «maquinaciones espurias» me parece una afirmación más normativa que empírica. Cuando la propia demografía nos muestra una pirámide invertida donde llegar a los cien años ya no es una extravagancia, la sostenibilidad del sistema no corre peligro por conspiraciones de la derecha, sino por pura contabilidad básica. Del mismo modo, al abrazar la tesis del «Estado providencia activo» de Rosanvallon para coordinar la formación y el empleo, temo que cae usted en la clásica utopía socialdemócrata. Creer que el burócrata tiene la capacidad de planificar y adivinar qué especialistas necesita el mercado es ignorar que los planes estatales de empleo en España han sido, históricamente, un pozo sin fondo de ineficiencia. Quien mejor coordina esa necesidad es el mercado libre a través de la flexibilidad y el sistema de precios.
Por último, cuando despacha el modelo del «Estado mínimo» asegurando que no merecería el apoyo de nadie, me parece que caricaturiza en exceso las posturas de centroderecha. Ningún partido liberal relevante en Europa defiende hoy el desamparo de los vulnerables o la abolición de la sanidad. Lo que se propone es introducir eficiencia mediante la colaboración público-privada, como el cheque escolar o las concesiones sanitarias. A mi juicio, usted asume que la única forma de garantizar un derecho es que el Estado lo gestione directamente, confundiendo la necesaria financiación pública de un servicio con su obligatoria prestación burocrática.
Me siento algo cohibido al discrepar amablemente con una mujer tan sabia, pero comparto de corazón su hartazgo ante la política de humo y trinchera. Aprovecho la ocasión para enviarle un saludo muy cálido.
