Burton 92

Locomía no fue solo un producto de marketing para la España cañí; fue la voladura controlada de la represión nacional-católica a golpe de abanico. Frente al miedo al cuerpo y la obsesión por el control de las costumbres de puritanos y mojigatos, se opuso la libertad, la discoteca, la alegría descacharrante. Para el censor, el abanico de Locomía era «cosa de maricas de Ibiza»; para la historia de la sensibilidad española, fue la apropiación de un elemento del ajuar folclórico patrio para dinamitar el rígido decoro franquista desde el hedonismo.

Sade, aproximadamente: «¡Cómo! ¿Os imagináis que la naturaleza os ha dado esos miembros, esas formas, esa sensibilidad tan viva, para que los marchitéis con la abstinencia o los degradéis con la virtud? No lo creáis. Las pasiones son las únicas antorchas que nos guían en este mundo. ¿Hay algún placer comparable al de la lascivia? ¿Hay alguna sensación más aguda, más deliciosa, que la que experimentamos en el desborde de los sentidos?». Desarreglemos los sentidos. Oteemos a veces el palacio del exceso.

No quiero la libertad harapientamente concedida por el Estado; quiero la libertad que se arranca con las uñas en la oscuridad de un club, allí donde el dolor y el placer se confunden tanto que las palabras ‘correcto’ e ‘incorrecto’ estallan en pedazos. El libertinaje («libertino» viene de «libre») no es un juego de salón para ricos aburridos; es sublimidad estética.

El sexo, el deseo es una fuerza natural pagana y dionisíaca que la sociedad burguesa intenta inútilmente domesticar con sus manuales de buena conducta. La pista de baile, la pornografía, el erotismo y el exhibicionismo no son patologías que deban ser corregidas por terapeutas o comités de ética; son las válvulas de escape indispensables de una energía que se burla de la moralidad humana.

Lo que el Poder teme de verdad es la alegría desbocada, el tropiezo de los cuerpos bailando y que no marchan al ritmo de silbato de la producción. Nos han vendido una vida morigerada, una vida de túnel estrecho, donde el sexo está tasado y las costumbres vigiladas por el miedo al qué dirán o el miedo a la muerte.

D.E.P. Manuel Arjona. Que la orilla de las playas del cielo burlen tu soledad con barrocos abanicos y purpurina.

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