La estupidez es algo inquebrantable; nada la ataca sin romperse contra ella. Es de la naturaleza del granito: dura, compacta y soberana. A veces me agarra una melancolía que me sobrepasa cuando veo cuán generalizada está la imbecilidad humana. Necesito entonces desinfectarme leyendo a Suetonio o escuchando a Händel. Siento una ola de asco que me ahoga. Me dan ganas de vomitar sobre mis contemporáneos. Me enerva el paisaje y me asalta el deseo salvaje de aplastar a esos millones de memos como si fuesen cucarachas. Al fin y al cabo, la estupidez consiste exactamente en eso: en querer juzgarlo todo, en hablar de todo sin saber nada, en decretar la verdad basándose en prejuicios heredados y lugares comunes que se repiten de boca en boca como si fueran oráculos.
No me engaño. Sé que la imbecilidad es vasta, densa y que da vértigo. Y es impredecible; a diferencia de la maldad, que calcula y tiene un fin, la estupidez carece de brújula, lo que la vuelve infinitamente más peligrosa. Veo a diario una gentualla gobernada por eslóganes y por las mentiras más descaradas, gente incapaz de articular un argumento lógico o una sola oración de subjuntivo, que avanza dañándose a sí misma y a los demás con absoluta impunidad. Van embruteciendo el espacio social con la sombra de ameba de sus mentes; gentes que jamás dudan y que emiten juicios categóricos sobre campos de los que son completamente incompetentes. Son dóciles, gregarios, adictos al bulo, colonizados por una flagrante y voluntaria abdicación del pensamiento.
Sí, el censo de indocumentados aumenta exponencialmente; es una procesión de mentes obtusas que va desde los párvulos hasta la tumba. Lo sé. Pero la estupidez, bien mirado, es un elemento más de la naturaleza, como la lluvia ácida o la entropía. Comprenderlo es crucial, porque la exasperación es un veneno que solo me inoculo a mí mismo. No se puede litigar contra el paisaje.
La imbecilidad opera con la misma fría indiferencia que la ley de la gravedad o una granizada imprevista sobre la cosecha. Exigirle lucidez a la masa es tan estúpido como pedirle al invierno que no hiele. Por pura higiene mental, por mera supervivencia, debo aprender a tolerarlos. No desde la condescendencia —que es otra forma de soberbia—, sino desde la distancia del naturalista que observa una plaga inevitable. La mente humana se cansa e irrita en vano contra aquello que no puede cambiar.
Para vivir en este mundo es necesaria una enorme provisión de resignación. Contra la estupidez, los hombres más brillantes están indefensos si se empeñan en combatirla con la razón. Lo único que nos salva del desprecio absoluto hacia nuestros semejantes es la convicción de que la imbecilidad es un defecto constitucional de la especie. Cuando te encuentres con un hombre estúpido, insensato o grosero, no lo tomes como una ofensa personal; considéralo un hecho puramente objetivo: un obstáculo en el camino, una piedra roma, una rama seca.
Al final, gracias a los tontos, uno aprende el más sabio y necesario de los estoicismos.
