Miren, llámenme snob, antipatriota o innoble elitista, pero esta tarde voy con Austria. Y lo digo sin el menor rastro de culpa.
Me resulta insoportable este simulacro de identidad nacional que se activa solo cuando once protosimios persiguen una pelota. ¿De verdad eso es la patria? ¿Esa es la «gloria» de la que enorgullecerse? Sentir orgullo por nacer en el mismo mapa de fronteras arbitrarias que un futbolista es el consuelo de quienes carecen de logros propios; una forma bastante barata de colgarse medallas. «¡Hemos ganado!», se vocea en los bares. No, usted no ha ganado nada; solo ha gritado mientras su alquiler sigue subiendo y la educación de sus hijos es un desastre sin paliativos. Es más fácil embriagarse con banderas que exigir una ciencia puntera o una industria que no dé vergüenza ajena. Pan y circo, opio del pueblo, festín de las casas de apuestas.
El fútbol no es cultura. En los estadios se ve una regresión evolutiva: masas uniformadas, tribalismo y una agresividad flotante que roza la xenofobia. Sinceramente, mientras el país entero se mimetiza con una célula eucariota debido a los goles, yo prefiero quedarme en casa, en silencio, refugiado en Händel. Llámenlo decadencia intelectual: ahora la máxima catarsis colectiva depende de la roja, y no de un hito científico o literario.
Al final, todo este misticismo no es más que el engranaje de un negocio hipercapitalista diseñado en despachos de Suiza para inflar las cuentas de cuatro magnates de los derechos televisivos. Emocionarse con la selección es, textualmente, tan absurdo como aplaudir los resultados financieros de Amazon.
En fin, disfruten de la alienación. Yo veré el partido de reojo, esperando el gol austríaco.
