Burton 95

«Vivimos en un siglo de electricidad, de gas, de guano, de crinolina, de caucho, de fotografía, de drenaje y de sufragio universal; y, sin embargo, somos menos letrados, menos artistas, menos delicados y menos educados que nuestros contemporáneos de Luis XIV, e incluso de Francisco I». Edmond About escribió esto en Le Progrès allá por 1864. Sorprende la vigencia.

Porque la estupidez hoy no consiste en no saber, sino en creer que no hay nada que saber. Hay pueblos en los que la ignorancia todavía pesa como una carga; en otros, en cambio, se lleva con ligereza, casi con orgullo. Allí donde todo debe ser fácil, inmediato y accesible, el esfuerzo intelectual se vuelve sospechoso. La verdadera incultura no es la ausencia de conocimientos, sino la ausencia de deseo de tenerlos. Y esa ausencia, cuando se generaliza, produce una sociedad en la que la mediocridad ya no se corrige: se celebra.

Diversos filósofos han argumentado que, al masificarse la sociedad y democratizarse el acceso al consumo, la cultura tiende a buscar el mínimo común denominador para apelar a la mayoría, transformándose en entretenimiento y perdiendo su función crítica o elevada. Así es. Cada vez desaparece más la alta cultura, sustituida insensiblemente por una cultura mediana o baja. Cada vez son menos los verdaderamente letrados, hoy intercambiados por los medio-letrados.

La democratización de la cultura se entendió mal. En lugar de significar que todos tuvieran las herramientas para acceder a la alta cultura, se interpretó como que toda manifestación cultural es igual de válida y que la distinción entre «alta» y «baja» cultura era un simple prejuicio aristocrático. Al desaparecer el canon y la exigencia estética, el nivel general sufre una caída en picado hacia la frivolidad. La diferencia entre la cultura del pasado y el entretenimiento de hoy radica en que aquella aspiraba a trascender el tiempo, a dialogar con las generaciones futuras y a transformar la sensibilidad o la conciencia de los seres humanos; la cultura del espectáculo, en cambio, agota su razón de ser en el consumo instantáneo, en la diversión fácil que no deja huellas ni exige esfuerzos.

Al asumir que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, se infiere erróneamente la conclusión de que todas las opiniones y gustos culturales tienen exactamente el mismo valor, destruyendo la autoridad intelectual y los baremos de excelencia.

Podemos esperar que, si se cumplen las promesas de los reformadores de la educación, el número de personas que sepan leer y escribir aumentará constantemente; pero el nivel de lo que leen y de lo que escriben continuará descendiendo. Nos encontramos ante el peligro de una inflación cultural: cuanto más billetes culturales imprimimos y repartimos a la población, menos valor real tiene cada uno de ellos.

Una cultura de masas corre el riesgo de convertirse en una no-cultura. Cuando las distinciones de clase y las jerarquías espirituales se disuelven en nombre de un igualitarismo abstracto, la cultura deja de transmitirse a través de las familias y de las comunidades orgánicas para pasar a manos de burócratas, comités de expertos y medios de difusión. El resultado no es la elevación de la masa, sino la atomización y la vulgarización de la tradición. Nos encaminamos hacia una época en la que la alta cultura será considerada una excentricidad sospechosa y subversiva, mientras que la masa será alimentada con sucedáneos culturales diseñados científicamente para mantenerla satisfecha y pasiva.

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