Leo estas palabras de un artículo de José Andrés Rojo: «El historiador Tony Judt le explica en Pensar el siglo XX (Taurus) a su colega Timothy Snyder que no se le puede otorgar a ningún partido político o persona en concreto “la autoridad para regular y determinar todas las normas y las formas de un vida pública bien ordenada”. “La buena sociedad, como la bondad misma”, dice, “no puede reducirse a una sola fuente; el pluralismo ético es la condición previa y necesaria para una democracia abierta”».
Cuando una facción política pretende arrogarse el monopolio de la identidad —estableciendo quién es «buen ciudadano» y quién un disidente «equivocado»—, lo que está haciendo es dinamitar el suelo que pisa.
Para comprender el abismo al que nos asomamos, es imprescindible regresar a Isaiah Berlin y su distinción fundamental entre la libertad negativa (la ausencia de interferencias externas) y la libertad positiva (la capacidad de autorrealización bajo un único fin superior). Berlin nos advirtió contra el gran peligro de la Ilustración y de los mesianismos políticos: la falacia de que todas las grandes virtudes humanas —la justicia, la libertad, la igualdad, la piedad— deben ser compatibles entre sí y encajar en una única solución armoniosa. Esta ilusión monista es el germen del autoritarismo. Al creer que existe una única forma correcta de organizar la vida pública, el poder se siente legitimado para forzar la realidad y «encarrilar» al electorado díscolo. Contra este dogma, Berlin opuso el pluralismo de valores: la trágica, pero liberadora certeza, de que los bienes humanos chocan inevitablemente entre sí y que gobernar no consiste en imponer una verdad absoluta, sino en pactar compromisos precarios entre valores que son legítimos, pero incompatibles.
El síntoma más agudo de esta deriva monista y antipluralista se encarna hoy en el «temple democrático» de figuras como Donald Trump, un estilo político que ya ha hecho escuela a ambos lados del Atlántico. Su personalidad narcisista, impetuosa y autoritaria moldea una forma de liderazgo que es la antítesis de la templanza institucional. Para Trump, la discrepancia no es una discrepancia: es una traición personal; el adversario no es un competidor legítimo, sino un enemigo del pueblo. Su psicología, forjada en la lógica del espectáculo televisivo y el darwinismo inmobiliario, reduce la complejidad de la polis a una simple lucha de dominación y humillación. Carece del pudor republicano y de la contención que exige el juego democrático; en su lugar, despliega una teatralidad hipermasculina e hiperbólica donde las instituciones solo son válidas si le dan la razón, y las urnas solo son limpias si le otorgan la victoria.
El cesarismo es incompatible con la libertad. Cuando los sentimientos patrióticos o la pureza ideológica se sitúan por encima de la ley, la ciudadanía se disuelve. Si la sofisticación intelectual se sustituye por la consigna rápida y el foro digital por un coliseo romano de ejecución simbólica, la democracia deja de funcionar. Deja de ser el sistema donde los ciudadanos eligen a sus representantes para convertirse en el teatro donde los representantes eligen, purgan y dictaminan quién tiene derecho a llamarse ciudadano.
Tiempos de zozobra.
P.S.: Nota escrita bajo las paráfrasis de los magníficos libros «Cómo mueren las democracias» (2018), de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt y, del clásico de I. Berlin, «Cuatro ensayos sobre la libertad» (especialmente el nunca demasiado famoso ensayo «Dos conceptos de libertad»).
