Burton 114

Piotr Stepánovich Verjovenski en «Los demonios» es el líder de una célula revolucionaria; no le importa la justicia social, solo la destrucción del orden establecido y la manipulación de las personas como peones de ajedrez.

En este pasaje, Piotr Verjovenski expone a Stavroguin su plan maestro para controlar a la sociedad a través del caos, el chantaje y la destrucción de la moral común, reflejando una amoralidad política absoluta: «¿Sabe usted que ya somos terriblemente fuertes? Los nuestros no son solo los que degüellan e incendian, o los que hacen disparos clásicos. Esos no hacen más que estorbar. Yo no entiendo nada sin disciplina. Yo soy un ratero, no un socialista, ¡ja, ja! Escúcheme, los he contado a todos: el maestro de escuela que se ríe con los niños del Dios de ellos y de su cuna, ya es nuestro. El abogado que defiende al asesino culto demostrando que es más instruido que sus víctimas y que no pudo por menos de matar para agenciarse dinero, ya es nuestro. Los escolares que matan a un campesino para experimentar la sensación del asesinato, son nuestros. Los jurados que absuelven a los criminales a troche y moche, son nuestros. El procurador que tiembla en el tribunal por miedo a no ser bastante liberal, es nuestro, ¡nuestro! Entre los funcionarios, entre los literatos, ¡oh, son muchos, muchísimos los nuestros, y ellos mismos no lo saben! […] Escuche, nosotros haremos una revolución general. […] Se proclamará el trastorno; ¿por qué? ¿por qué idea? Pues porque el pueblo está aburrido del orden. Romperemos los cimientos, propagaremos los incendios… Crearemos una borrachera como nunca se ha visto, una borrachera tal que todo se tambalee. Dios no existe, la moral es una patraña de los débiles. Lo que hace falta es una fuerza que dirija esa masa borracha, y esa fuerza seremos nosotros».

El alma de Sánchez no le cabe en el cuerpo de lo pura roñosa que es. Solo le importa que el dinero corra y acabe en su cajón y en el de su pandilla de secuaces cleptócratas. Fluye como un río de hiel, chupado, sin sofocarse, inmune a la vergüenza, arrastrando la indignidad de los que le rodean con total pachorra. Desde Fernando VII no teníamos un amoral tal. Para él la verdad no cotiza en el mercado de abastos ni en la más elemental transacción humana. Felón pantanoso. Ruin pegajoso.

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