El mayor deber de un gobernante es evitar que su gobierno huela a podredumbre, porque los grandes hombres no solo vician la sociedad al corromperse ellos mismos, sino que la inundan de su propio veneno al acostumbrar a los ciudadanos a tolerar el fango, expresó hace siglos Cicerón de «De re publica». A Sánchez se la refanfifla. A cualquier mente sana nos parece de una mezquindad intolerable que un político, cuando las cosas salen mal o cuando la corrupción infecta sus ministerios, se limite a decir que él no sabía nada, que sus subordinados le engañaron o que sus intenciones eran puras. Para la ética de la responsabilidad (Weber), la ignorancia no es una eximente. Al caradura de nuestro líder por un oída va y por el otro sale.
Él solo se excita ante el escalofrío del poder absoluto. Ama la sumisión ignara de parte de su pueblo (manejados como polichinelas) y se deleita en su desvergüenza. Gobierna con ese rictus de momia que se le ha puesto últimamente y con los ojos de vidrio entelados de perfidia. De su astucia, de sus trampas, no asoma ni sombra de pudor. El tipejo es de órdago.
Godoy tejió una red clientelar donde jueces, corregidores y militares le debían el cargo directamente a él. Colocó a sus secuaces en los puestos clave de la administración y la recaudación, ignorando las críticas de una Ilustración que veía cómo la nación se hundía en la bancarrota y el descrédito internacional. La trampa de Sánchez con el censo tiene un obvio paralelismo histórico: Francisco Romero Robledo (1838–1906) Ministro de la Gobernación durante la Restauración, fue el gran artífice de la manipulación sistemática de las leyes y del censo electoral. Encarna al político amoral que ve las elecciones no como un ejercicio democrático, sino como una simple burocracia que hay que amañar. Nada nuevo bajo el sol.
